"Creo, Señor. Y se postró ante él."
En aquellos días, el Señor dijo a Samuel:
«Llena tu cuerno de aceite y ponte en camino. Te envío a casa de Jesé, el de Belén, porque he visto entre sus hijos un rey para mí».
Cuando llegó, vio a Eliab y se dijo:
«Seguro que está su ungido ante el Señor».
Pero el Señor dijo a Samuel:
«No te fijes en su apariencia ni en lo elevado de su estatura, porque lo he descartado. No se trata de lo que vea el hombre. Pues el hombre mira a los ojos, más el Señor mira el corazón».
Jesé presentó a sus siete hijos ante Samuel. Pero Samuel dijo a Jesé:
«El Señor no ha elegido a estos».
Entonces Samuel preguntó a Jesé:
«¿No hay más muchachos?».
Y le respondió:
«Todavía queda el menor, que está pastoreando el rebaño».
Samuel le dijo:
«Manda a buscarlo, porque no nos sentaremos a la mesa mientras no venga».
Jesé mandó a por él y lo hizo venir. Era rubio, de hermosos ojos y buena presencia. El Señor dijo a Samuel:
«Levántate y úngelo de parte del Señor, pues es este».
Samuel cogió el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. Y el espíritu del Señor vino sobre David desde aquel día en adelante.
El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar,
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R/.
Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R/.
Preparas una mesa ante mi,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R/.
Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por los años sin término. R/.
Hermanos:
Antes erais tinieblas, pero ahora, sois luz por el Señor.
Vivid como hijos de la luz, pues toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz. Buscad lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciándolas.
Pues da vergüenza decir las cosas que ellos hacen a ocultas. Pero, al denunciarlas, la luz las pone al descubierto, descubierto es luz.
Por eso dice:
«Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo te iluminará».
En aquel tiempo, al pasar, vio Jesús a un hombre ciego de nacimiento.
Entonces escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego, y le dijo:
«Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado)».
Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban:
«¿No es ese el que se sentaba a pedir?».
Unos decían:
«El mismo».
Otros decían:
«No es él, pero se le parece».
El respondía:
«Soy yo».
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
Él les contestó:
«Me puso barro en los ojos, me lavé y veo».
Algunos de Los fariseos comentaban:
«Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado».
Otros replicaban:
«¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?».
Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego:
«Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?».
Él contestó:
«Que es un profeta».
Le replicaron:
«Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?».
Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo:
«¿Crees tú en el Hijo del hombre?».
Él contestó:
«¿Y quién es, Señor, para que crea en él?».
Jesús le dijo:
«Lo estás viendo: el que te está hablando, ese es».
Él dijo:
«Creo, Señor».
Y se postró ante él.
Hay dos tipos de ciegos en este evangelio. Uno nació sin ver y ahora ve. Los otros siempre vieron perfectamente y al final del relato siguen ciegos — pero esta vez por elección.
Los fariseos no tienen un problema de información. Tienen un problema de voluntad. Saben lo que ha pasado. Han interrogado al hombre, han llamado a sus padres, han revisado el caso desde todos los ángulos posibles. Y aun así, su conclusión es la misma con la que empezaron: este hombre no puede venir de Dios porque no guarda el sábado como nosotros lo guardamos.
El sistema lo es todo. La norma lo es todo. El milagro, si no encaja en el sistema, no existe.
Nos resulta fácil condenar a los fariseos desde la distancia cómoda de veinte siglos. Pero el fariseo no es un personaje histórico muerto: es una tentación permanente del corazón humano, y la modernidad lo ha perfeccionado hasta extremos que habrían asombrado al propio Caifás.
Hoy el dogma no es la Ley mosaica — es la ideología. El mecanismo es idéntico: hay un marco de interpretación previo que decide de antemano qué hechos son aceptables y cuáles no. Todo lo que no encaje se reencuadra, se relativiza o se expulsa. El que señale lo incómodo — como el ex-ciego con su testimonio imposible de refutar — es silenciado o ridiculizado.
«Has nacido completamente empecatado, ¿y nos vas a dar lecciones?»
Lo hemos oído en otros registros. El que no tiene títulos, plataforma ni audiencia no tiene derecho a señalar lo que es evidente.
Pero hay otra ceguera más silenciosa en este texto: la del hombre que nació sin ver y no sabía que le faltaba nada, porque nunca había conocido otra cosa.
Hay una generación entera que ha nacido sin referentes religiosos, sin sacramentos, sin contacto con lo sagrado. No es que hayan rechazado la fe: es que nunca la conocieron. Para ellos, la dimensión espiritual de la vida es invisible no por obstinación, sino porque nadie les puso barro en los ojos ni los envió a la piscina.
A ese hombre Jesús no le pide que lo busque. Lo busca Él.
«Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo…»
La iniciativa es siempre de Dios. La tradición católica lleva dos mil años diciendo esto con una insistencia que la modernidad encuentra irritante, porque la modernidad ha convertido la autonomía en su único artículo de fe: tú te construyes, tú te buscas, tú te encuentras. El evangelio de hoy lo invierte: no es el ciego quien encuentra al que lo curó. Es el que lo curó quien encuentra al ciego, después de que el mundo religioso lo haya expulsado.
El ex-ciego no tiene argumentos teológicos. No sabe dónde está Jesús cuando se lo preguntan, no conoce su origen, no puede defenderlo con los textos de la Ley. Solo sabe una cosa: «Antes era ciego y ahora veo.»
Eso no se puede refutar. La experiencia del encuentro con Cristo tiene esa solidez que ningún interrogatorio puede desmontar, porque no se apoya en una teoría sino en un hecho. Por eso la Iglesia, cuando quiere transmitir la fe, no transmite en primer lugar un sistema de ideas: transmite un testimonio. Esto nos pasó. Así fue. Venid y ved.
La modernidad desconfía del testimonio porque no es verificable estadísticamente. La tradición lo pone en el centro porque sabe que la verdad más importante no cabe en un protocolo de investigación.
Señor, que antes de que yo te buscara, ya me estabas buscando tú. Abre mis ojos a lo que no quiero ver, al milagro que me incomoda porque desordena mis certezas. Y cuando el mundo me expulse por confesar lo que sé que es verdad, sal a mi encuentro como saliste al encuentro del que acababa de perderlo todo. Amén.