Evangelio del día

20 MARZO
IV semana de Cuaresma
"Yo no vengo por mi cuenta, sino que el Verdadero es el que me envía; a ese vosotros no lo conocéis."
JUAN 7, 28

Sabiduría 2, 1a.12-22

Se dijeron los impíos, razonando equivocadamente:

«Acechemos al justo, que nos resulta incómodo:
se opone a nuestras acciones,

nos echa en cara nuestros pecados,
nos reprende nuestra educación errada;

declara que conoce a Dios
y se da el nombre de hijo del Señor;

es un reproche para nuestras ideas
y sólo verlo da grima;

lleva una vida distinta de los demás,
y su conducta es diferente;

nos considera de mala ley
y se aparta de nuestras sendas como si fueran impuras;

declara dichoso el fin de los justos
y se gloría de tener por padre a Dios.

Veamos si sus palabras son verdaderas,
comprobando el desenlace de su vida.

Si es el justo hijo de Dios, lo auxiliará
y lo librará del poder de sus enemigos;

lo someteremos a la prueba de la afrenta y la tortura,
para comprobar su moderación

y apreciar su paciencia;
lo condenaremos a muerte ignominiosa,

pues dice que hay quien se ocupa de él».

Así discurren, y se engañan,
porque los ciega su maldad;

no conocen los secretos de Dios,
no esperan el premio de la virtud

ni valoran el galardón de una vida intachable.

Salmo 33, 17-18. 19-20. 21 y 23 R/. El Señor está cerca de los atribulados

El Señor se enfrenta con los malhechores,
para borrar de la tierra su memoria.
Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias. R/.

El Señor está cerca de los atribulados,
salva a los abatidos.
Aunque el justo sufra muchos males,
de todos lo libra el Señor. R/.

Él cuida de todos sus huesos,
y ni uno solo se quebrará.
El Señor redime a sus siervos,
no será castigado quien se acoge a él. R/.

Evangelio según san Juan 7, 1-2. 10. 25-30

En aquel tiempo, recorría Jesús Galilea, pues no quería andar por Judea porque los judíos trataban de matarlo. Se acercaba la fiesta judía de las Tiendas.

Una vez que sus hermanos se hubieron marchado a la fiesta, entonces subió él también, no abiertamente, sino a escondidas.

Entonces algunos que eran de Jerusalén dijeron:
«¿No es este el que intentan matar? Pues mirad cómo habla abiertamente, y no le dicen nada. ¿Será que los jefes se han convencido de que este es el Mesías? Pero este sabemos de dónde viene, mientras que el Mesías, cuando llegue, nadie sabrá de dónde viene».

Entonces Jesús, mientras enseñaba en el templo, gritó:
«A mí me conocéis, y conocéis de dónde vengo. Sin embargo, yo no vengo por mi cuenta, sino que el Verdadero es el que me envía; a ese vosotros no lo conocéis; yo lo conozco, porque procedo de él y él me ha enviado».

Entonces intentaban agarrarlo; pero nadie le pudo echar mano, porque todavía no había llegado su hora.

Reflexión sobre el evangelio del 20 de marzo de 2026

El peligro de creer que ya sabes

Los habitantes de Jerusalén no son malvados en el sentido ordinario. No son los impíos del libro de la Sabiduría que planean fríamente la eliminación del justo. Son personas razonables que aplican sus criterios conocidos a una situación nueva — y fallan estrepitosamente porque sus criterios conocidos no son suficientes para lo que tienen delante.

Saben de dónde viene Jesús. Tienen razón en eso. Lo que no saben — lo que no pueden saber con las herramientas que tienen — es de dónde viene de verdad.

Este es uno de los errores más característicos de la mentalidad moderna: confundir el conocimiento de la superficie con el conocimiento de la realidad. Tenemos más información que ninguna generación anterior. Podemos verificar los hechos biográficos de cualquier persona en segundos. Podemos analizar su origen social, su formación, sus influencias, su contexto histórico. Y con toda esa información construimos explicaciones que nos convencen de que ya entendemos.

Pero el libro de la Sabiduría ya lo advirtió: «Desconocen los misterios de Dios.» No por falta de inteligencia sino porque hay una dimensión de la realidad que el análisis puramente horizontal no alcanza. La persona humana no se agota en su origen geográfico, su clase social ni su pedigrí académico. Y Dios menos aún.

La tradición católica ha mantenido siempre esta distinción entre el conocimiento que informa y el conocimiento que transforma — entre saber sobre algo y conocer desde dentro algo. El primero es necesario y valioso. El segundo es el que cambia la vida y que solo se alcanza por la fe, la oración y el encuentro personal.

Su sola presencia nos resulta insoportable

La primera lectura contiene una frase que debería hacer reflexionar a cualquier cristiano que vive en el mundo actual: el justo molesta no por lo que hace sino por lo que es. No porque ataque ni insulte ni imponga. Sino porque lleva una vida distinta de los demás y va por caminos diferentes.

Su sola existencia es un reproche silencioso. No hace falta que abra la boca. Con vivir como vive ya está cuestionando los criterios de los que lo rodean.

Esto explica una paradoja de la cultura contemporánea que muchos católicos viven sin saber bien cómo nombrarla: la hostilidad que genera no la religión ruidosa y agresiva — que genera rechazo por razones comprensibles — sino la fe serena, coherente y alegre. La familia que reza junta. El joven que no sigue los ritmos de sus compañeros. El profesional que no miente aunque le cueste. El que perdona cuando todos esperan que devuelva el golpe.

Esa fe no necesita proclamarse para molestar. Molesta por contraste. Porque señala, con el simple hecho de existir, que hay otra forma de vivir posible — y esa posibilidad es incómoda para quien ha decidido que no la hay.

Los impíos de la Sabiduría resuelven la incomodidad eliminando al justo. La cultura contemporánea tiene métodos más sofisticados: la ridiculización, la psicologización, la reducción de la fe a patología o trauma, la presión social que desgasta hasta que el diferente deja de serlo.

La respuesta de la tradición no es el enfrentamiento ni la queja permanente. Es la misma que tuvo Jesús: seguir caminando, seguir enseñando, seguir siendo lo que se es — sabiendo que hay una hora para cada cosa y que esa hora no la fija ningún enemigo.

Todavía no había llegado su hora

Esta frase aparece varias veces en el evangelio de Juan y cada vez resulta más significativa. Los enemigos de Jesús intentan atraparlo, detenerlo, matarlo — y no pueden. No porque Jesús sea más hábil estratégicamente, sino porque hay un tiempo que nadie puede adelantar ni retrasar.

La soberanía de Dios sobre la historia no es una idea abstracta en Juan. Es concreta, operativa, verificable en los hechos: mientras la hora no llega, nada puede suceder. Y cuando llegue, nada podrá impedirlo.

Para el creyente que vive en un mundo hostil, esto es algo más que un dato teológico. Es la base de una serenidad que el mundo no puede dar ni quitar. No la serenidad del que no siente el peligro, sino la del que sabe que el peligro no tiene la última palabra.

La modernidad gestiona la amenaza con seguridad, planificación y control. La tradición añade algo que ningún sistema de seguridad puede proporcionar: la certeza de que hay una hora que Dios conoce y que los enemigos de lo bueno no pueden adelantar.

Jesús enseñó en el templo rodeado de gente que quería matarlo. Y nadie pudo tocarle.

Oración

Señor, que enseñaste en el templo rodeado de enemigos sin perder la calma ni la palabra, danos la serenidad del que sabe que su hora la decide el Padre. Cuando nuestra fe resulte incómoda al mundo, no por agresividad sino por contraste, danos la fidelidad silenciosa del justo que no esquiva su camino aunque moleste. Y cuando creamos que ya sabemos de dónde vienes, ábrenos a la dimensión que siempre nos falta: que procedes del Verdadero, y que ese Verdadero no lo conocemos todavía tan bien como pensamos. Amén.