Evangelio del día

24 MARZO
V semana de Cuaresma
"Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que Yo soy."
JUAN 8,28

Números 21, 4-9

En aquellos días, desde el monte Hor se encaminaron los hebreos hacia el mar Rojo, rodeando el territorio de Edón.

El pueblo se cansó de caminar y habló contra Dios y contra Moisés:
«¿Por qué nos has sacado de Egipto para morir en el desierto? No tenemos ni pan ni agua, y nos da náuseas ese pan sin sustancia».

El Señor envió contra el pueblo serpientes abrasadoras, que los mordían, y murieron muchos de Israel.

Entonces el pueblo acudió a Moisés, diciendo:
«Hemos pecado hablando contra el Señor y contra ti; reza al Señor para que aparte de nosotros las serpientes».

Moisés rezó al Señor por el pueblo y el Señor le respondió:
«Haz una serpiente abrasadora y colócala en un estandarte: los mordidos de serpientes quedarán sanos al mirarla».

Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte. Cuando una serpiente mordía a alguien, este miraba a la serpiente de bronce y salvaba la vida.

Salmo 101, 2-3. 16-18. 19-21 R/.

Señor, escucha mi oración, que mi grito llegue hasta ti

Señor, escucha mi oración,
que mi grito llegue hasta ti;
no me escondas tu rostro
el día de la desgracia.
Inclina tu oído hacia mí;
cuando te invoco,
escúchame enseguida. R/.

Los gentiles temerán tu nombre,
los reyes del mundo, tu gloria.
Cuando el Señor reconstruya Sión
y aparezca en su gloria,
y se vuelva a las súplicas de los indefensos,
y no desprecie sus peticiones. R/.

Quede esto escrito para la generación futura,
y el pueblo que será creado alabará al Señor.
Que el Señor ha mirado desde su excelso santuario,
desde el cielo se ha fijado en la tierra,
para escuchar los gemidos de los cautivos
y librar a los condenados a muerte. R/.

Juan 8, 21-30

En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
«Yo me voy y me buscaréis, y moriréis por vuestro pecado. Donde yo voy no podéis venir vosotros».

Y los judíos comentaban:
«¿Será que va a suicidarse, y por eso dice: “Donde yo voy no podéis venir vosotros”?».

Y él les dijo:
«Vosotros sois de aquí abajo, yo soy de allá arriba: vosotros sois de este mundo, yo no soy de este mundo. Con razón os he dicho que moriréis en vuestros pecados: pues, si no creéis que Yo soy, moriréis en vuestros pecados».

Ellos le decían:
«¿Quién eres tú?».

Jesús les contestó:
«Lo que os estoy diciendo desde el principio. Podría decir y condenar muchas cosas en vosotros; pero el que me ha enviado es veraz, y yo comunico al mundo lo que he aprendido de él».

Ellos no comprendieron que les hablaba del Padre.

Y entonces dijo Jesús:
«Cuando levantéis en alto al Hijo del hombre, sabréis que “Yo soy”, y que no hago nada por mi cuenta, sino que hablo como el Padre me ha enseñado. El que me envió está conmigo, no me ha dejado solo; porque yo hago siempre lo que le agrada».

Cuando les exponía esto, muchos creyeron en él.

Reflexión del evangelio del 24 de marzo

La serpiente de bronce en el desierto es una de las imágenes más extrañas del Antiguo Testamento y una de las más ricas teológicamente. El pueblo ha sido mordido por su propia murmuración — por el veneno de la queja, del desagradecimiento, de la rebelión contra lo que Dios ha dado. Y el remedio no es una huida del veneno sino una confrontación directa con él: mirar a la serpiente elevada, reconocer el propio mal, y en ese reconocimiento encontrar la salvación.

La cruz funciona con la misma lógica. No es una evasión del mal humano sino su asunción total. Dios no salva al hombre apartándolo de su condición herida sino entrando en ella hasta el fondo. El que mira la cruz — el que mira de verdad, sin apartar los ojos — ve al mismo tiempo el peso del pecado y la medida del amor que lo carga.

La modernidad prefiere las salvaciones que no requieren mirar lo que duele. La terapia que evita el diagnóstico duro, la espiritualidad que habla solo de luz sin nombrar la oscuridad, la religiosidad que consuela sin exigir conversión. El evangelio de hoy propone lo contrario: mira la serpiente elevada. Mira la cruz. No apartes los ojos. Y en ese mirar honesto está la vida.

¿Qué nos enseña el evangelio del 24 de marzo?

Mirar lo que duele es el primer paso de la curación. El pueblo del desierto no sanaba cerrando los ojos sino abriéndolos hacia el símbolo de su propio veneno. En la vida personal hay heridas, pecados y patrones destructivos que solo empiezan a sanar cuando se miran de frente — con honestidad, sin minimizar ni dramatizar. La negación protege a corto plazo y envenena a largo.

«Yo soy» — la identidad que no necesita explicarse. Jesús no da una definición de sí mismo — pronuncia el nombre divino y deja que cada uno decida qué hace con ello. Hay una lección de sobriedad en eso: la verdad no siempre necesita argumentarse hasta el agotamiento. A veces basta con decirla con claridad y dejar que resuene en quien tiene oídos para escuchar.

La fe no requiere comprenderlo todo primero. Los que creyeron en Jesús al final del pasaje no habían resuelto todas sus dudas — acaban de escuchar uno de sus discursos más desconcertantes. Creyeron de todas formas. La fe no es la conclusión de un proceso de comprensión completa sino un paso dado con la luz que se tiene, confiando en que el resto irá aclarándose.

Oración

Señor, que te dejaste elevar en la cruz para que los que miran vivan, enséñanos a no apartar los ojos de lo que duele mirar.

Que en ese mirar honesto encontremos no la condena sino el amor que lo carga todo.

Amén.