Evangelio del día

25 MARZO
Solemnidad de la Anunciación del Señor
"He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra."
LUCAS 1, 38

Isaías 7, 10-14; 8, 10b

En aquellos días, el Señor habló a Acaz y le dijo:
«Pide una signo al Señor, tu Dios: en lo hondo del abismo o en lo alto del cielo».

Respondió Acaz:
«No lo pido, no quiero tentar al Señor».

Entonces dijo Isaías:
«Escucha, casa de David: ¿no os basta cansar a los hombres, que cansáis incluso a mi Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará un signo. Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel, porque con nosotros está Dios».

Salmo 39, 7-8a. 8b-9. 10. 11 R/.

Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios,
entonces yo digo: «Aquí estoy». R/.

«-Como está escrito en mi libro-
para hacer tu voluntad.»
Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas. R/.

He proclamado tu salvación
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios, Señor, tú lo sabes. R/.

No me he guardado en el pecho tu justicia,
he contado tu fidelidad y tu salvación,
no he negado tu misericordia y tu lealtad
ante la gran asamblea. R/.

Hebreos 10, 4-10

Hermanos:

Es imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos quite los pecados.

Por eso, cuando Cristo entró en el mundo dice:
«Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas,
pero me formaste un cuerpo;
no aceptaste holocaustos
ni víctimas expiatorias.

Entonces yo dije: He aquí que vengo
-pues está escrito en el comienzo del libro acerca de mi-
para hacer, ¡oh, Dios!, tu voluntad».

Primero dice: «Tú no quisiste sacrificios ni ofrendas, ni holocaustos, ni víctimas expiatorias», que se ofrecen según la ley.
Después añade: «He aquí que vengo para hacer tu voluntad».

Niega lo primero, para afirmar lo segundo.

Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre.

Lucas 1, 26-38

En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María.

El ángel, entrando en su presencia, dijo:
«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo».

Ella se turbó grandemente ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquél. El ángel le dijo:
«No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin».

Y María dijo al ángel:
«¿Cómo será eso, pues no conozco varón?».

El ángel le contestó:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el Santo que va a nacer será llamado Hijo de Dios. También tu pariente Isabel ha concebido un hijo en su vejez, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque “para Dios nada hay imposible”».

María contestó:
«He aquí la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra».

Y el ángel se retiró.

Reflexión del evangelio del 25 de marzo

La Anunciación es la bisagra de la historia. Antes de ese momento, Dios había hablado a los hombres desde fuera — por profetas, por señales, por la ley. A partir de ese momento entra dentro, literalmente, en el seno de una mujer de Nazaret. La trascendencia se vuelve inmanente. Lo eterno entra en el tiempo. Es el acontecimiento más radical que ha ocurrido nunca — y ocurre en silencio, sin testigos, en una habitación que no conocemos.

Lo primero que llama la atención es el contraste con Acaz en la primera lectura. A Acaz Dios le ofrece una señal y él la rechaza — con una excusa piadosa, pero la rechaza. A María Dios le anuncia algo incomparablemente más exigente que una señal, y ella dice sí. La diferencia no es de circunstancias sino de disposición interior: Acaz quiere controlar la situación, María quiere hacer la voluntad de Dios aunque no lo entienda del todo.

Esa disposición tiene un nombre en la tradición: obediencia de fe. No la obediencia ciega del que no piensa — María hace una pregunta muy concreta antes de decir sí. Sino la obediencia del que ha pensado, ha preguntado lo que necesitaba preguntar, y llegado al punto en que confía más en quien le habla que en su propia capacidad de calcular las consecuencias.

La modernidad tiene una relación complicada con esa actitud. Ha convertido la autonomía en el valor supremo — decidir por uno mismo, no depender de nadie, no someterse a ninguna autoridad exterior. Desde esa perspectiva, «hágase en mí según tu palabra» suena a rendición, a renuncia a la propia identidad.

La tradición lo lee exactamente al revés: ese «hágase» es el acto de libertad más pleno que una persona puede ejercer. María no está cediendo su identidad — la está realizando plenamente al alinearse con aquello para lo que fue creada. La libertad más profunda no es la de quien no obedece a nadie sino la de quien ha encontrado a quién vale la pena obedecer.

¿Qué nos enseña el evangelio del 25 de marzo?

Preguntar no es dudar. María pregunta antes de decir sí. El ángel no la reprende por eso — le responde. Hay una diferencia entre la pregunta que busca entender y la duda que ya ha decidido no creer. La fe madura no elimina las preguntas — las hace desde dentro de la confianza, no desde fuera de ella.

El sí más pequeño puede cambiar todo. El sí de María en una habitación de Nazaret cambió el curso de la historia humana. Nadie lo sabía en ese momento excepto ella y el ángel. Los grandes cambios raramente se anuncian con fanfarria — suelen ocurrir en la intimidad de una decisión tomada en silencio. Los síes que damos en nuestra vida — a una vocación, a una persona, a un compromiso difícil — tienen más peso del que solemos darles.

«Para Dios nada hay imposible.» El ángel no le dice a María que lo que anuncia es fácil ni que tenga sentido desde la lógica humana. Le dice que Dios puede. Cuando algo en nuestra vida parece imposible — una reconciliación, una conversión, una salida que no vemos — esta frase no es un eslogan piadoso. Es la afirmación más seria que existe sobre la naturaleza de la realidad.

Oración

María, que dijiste sí sin ver el final, enséñanos a preguntar con confianza y a obedecer sin calcular demasiado.

Que cuando Dios nos pida algo que no entendemos del todo, podamos decir como tú: hágase en mí según tu palabra.

Amén.