"Antes de que Abrahán existiera, yo soy."
En aquellos días, Abrán cayó rostro en tierra y Dios le habló así:
«Por mi parte, esta es mi alianza contigo: serás padre de muchedumbre de pueblos.
Ya no te llamarás Abrán, sino Abrahán, porque te hago padre de muchedumbre de pueblos. Te haré fecundo sobremanera: sacaré pueblos de ti, y reyes nacerán de ti.
Mantendré mi alianza contigo y con tu descendencia en futuras generaciones, como alianza perpetua. Seré tu Dios y el de tus descendientes futuros. Os daré a ti y a tu descendencia futura la tierra en que peregrinas, la tierra de Canaán, como posesión perpetua, y seré su Dios».
El Señor añadió a Abrahán:
«Por tu parte, guarda mi alianza, tú y tus descendientes en sucesivas generaciones».
Recurrid al Señor y a su poder,
buscad continuamente su rostro.
Recordad las maravillas que hizo,
sus prodigios, las sentencias de su boca. R/.
¡Estirpe de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
él gobierna toda la tierra. R/.
Se acuerda de su alianza eternamente,
de la palabra dada, por mil generaciones;
de la alianza sellada con Abrahán,
del juramento hecho a Isaac. R/.
En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:
«En verdad, en verdad os digo: quien guarda mi palabra no verá la muerte para siempre».
Los judíos le dijeron:
«Ahora vemos claro que estás endemoniado; Abrahán murió, los profetas también, ¿y tú dices: “Quien guarde mi palabra no gustará la muerte para siempre”? ¿Eres tú más que nuestro padre Abrahán, que murió? También los profetas murieron, ¿por quién te tienes?».
Jesús contestó:
«Si yo me glorificara a mí mismo, mi gloria no valdría nada. El que me glorifica es mi Padre, de quien vosotros decís: “Es nuestro Dios”, aunque no lo conocéis. Yo sí lo conozco, y si dijera “No lo conozco” sería, como vosotros, un embustero; pero yo lo conozco y guardo su palabra. Abrahán, vuestro padre, saltaba de gozo pensando ver mi día; lo vio, y se llenó de alegría».
Los judíos le dijeron:
«No tienes todavía cincuenta años, ¿y has visto a Abrahán?».
Jesús les dijo:
«En verdad, en verdad os digo: antes de que Abrahán existiera, yo soy».
Entonces cogieron piedras para tirárselas, pero Jesús se escondió y salió del templo.
Hay una trampa intelectual en la que caen los interlocutores de Jesús hoy y en la que seguimos cayendo: reducir la realidad a lo que cabe dentro de nuestras categorías.
Cuando Jesús dice que Abrahán vio su día, ellos calculan años — cuántos años tiene Jesús, cuántos siglos hace que vivió Abrahán, la diferencia matemática hace imposible lo que dice. Es razonamiento correcto dentro de un marco equivocado. El marco es el tiempo cronológico lineal. Jesús está hablando desde fuera de ese marco.
«Antes de que Abrahán existiera, yo soy» no es una afirmación sobre el pasado — es una afirmación sobre la naturaleza del que habla. No existe en el tiempo como existimos nosotros, entrando y saliendo de él. Es el fundamento del tiempo mismo. Por eso el verbo es presente y no pasado: no hubo un momento en que comenzara a ser, como Abrahán comenzó a ser cuando nació. Simplemente es.
La modernidad ha heredado la misma dificultad que los interlocutores del templo. Piensa en categorías temporales, históricas, verificables. La afirmación de Jesús — yo soy antes de que nada existiera — no es falsificable ni verificable en el sentido científico. Es una pretensión metafísica que exige una respuesta existencial, no un experimento.
Por eso divide entonces y ahora. Los que oyeron esa frase en el templo cogieron piedras o creyeron. No hay posición intermedia cómoda. C.S. Lewis lo formuló con precisión: o es lo que dice ser, o es un lunático, o es un mentiroso. Las tres opciones son incómodas. La cuarta — que sea un sabio maestro de ética sin más — no es coherente con lo que él mismo dice de sí.
La fe exige salir del marco propio. Los interlocutores de Jesús razonan bien dentro de su marco — el problema es el marco. A veces lo que nos impide ver algo verdadero no es la falta de inteligencia sino la rigidez del sistema de categorías con que miramos. La pregunta no siempre es «¿es esto verdad?» sino «¿estoy mirando desde el lugar correcto para poder verlo?»
El nombre divino en presente. Yo soy — no yo fui ni yo seré. Dios existe en un presente eterno que no tiene antes ni después. Para la vida práctica esto significa que Dios no es una realidad del pasado que hay que recordar ni una del futuro que hay que esperar — es una presencia actual, ahora, en este momento. La oración no es un ejercicio de memoria histórica ni de esperanza futura. Es un encuentro en el presente.
Abrahán vio el día de Cristo y se alegró. La tradición entiende esto como la anticipación de la fe — Abrahán creyó en la promesa sin verla cumplida, y en esa fe vio de alguna forma lo que vendría. Lo que nos dice para hoy es que la fe no requiere ver el final del relato. Abrahán no lo vio. Nosotros tampoco. Pero el gozo de quien cree en la promesa no depende de haber visto el cumplimiento.
Señor, que eres antes de que nada fuera y sigues siendo cuando todo pase, enséñanos a buscarte en el presente sin quedarnos atrapados en el antes ni en el después.
Que como Abrahán saltemos de gozo al ver tu día, aunque no lo comprendamos del todo.
Amén.