"Jesús iba a morir por la nación, y no solo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos."
Esto dice el Señor Dios:
«Recogeré a los hijos de Israel de entre las naciones adonde han ido, los reuniré de todas partes para llevarlos a su tierra. Los hará una sola nación en mi tierra, en los montes de Israel. Un solo rey reinará sobre todos ellos. Ya no serán dos naciones ni volverán a dividirse en dos reinos.
No volverán a contaminarse con sus ídolos, sus acciones detestables y todas sus transgresiones. Los liberaré de los lugares donde habitan y en los cuales pecaron. Los purificaré; ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios.
Mi siervo David será su rey, el único pastor de todos ellos. Caminarán según mis preceptos, cumplirán mis prescripciones y las pondrán en práctica. Habitarán en la tierra que yo di a mi siervo Jacob, en la que habitaron sis padres: allí habitarán ellos, sus hijos y los hijos de sus hijos para siempre, y mi siervo David será su príncipe para siempre.
Haré con ellos una alianza de paz, una alianza eterna. Los estableceré, los multiplicaré y pondré entre ellos mi santuario para siempre; tendré mi morada junto a ellos, yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo. Y reconocerán las naciones que yo soy el Señor que consagra Israel, cuando esté mi santuario en medio de ellos para siempre».
Escuchad, pueblos, la palabra del Señor,
anunciadla a las islas remotas:
«El que dispersó a Israel lo reunirá,
lo guardará como un pastor a su rebaño. R/.
Porque el Señor redimió a Jacob,
lo rescató de una mano más fuerte».
Vendrán con aclamaciones a la altura de Sión,
afluirán hacia los bienes del Señor. R/.
Entonces se alegrará la doncella en la danza,
gozarán los jóvenes y los viejos;
convertiré su tristeza en gozo,
los alegraré y aliviaré sus penas. R/.
En aquel tiempo, muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él. Pero algunos acudieron a los fariseos y les contaron lo que había hecho Jesús.
Los sumos sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín y dijeron:
«¿Qué hacemos? Este hombre hace muchos signos. Si lo dejamos seguir, todos creerán en él, y vendrán los romanos y nos destruirán el lugar santo y la nación».
Uno de ellos, Caifás, que era sumo sacerdote aquel año, les dijo:
«Vosotros no entendéis ni palabra; no comprendéis que os conviene que uno muera por el pueblo, y que no perezca la nación entera».
Esto no lo dijo por propio impulso, sino que, por ser sumo sacerdote aquel año, habló proféticamente, anunciando que Jesús iba a morir por la nación; y no solo por la nación, sino también para reunir a los hijos de Dios dispersos.
Y aquel día decidieron darle muerte. Por eso Jesús ya no andaba públicamente entre los judíos, sino que se retiró a la región vecina al desierto, a una ciudad llamada Efraín, y pasaba allí el tiempo con los discípulos.
Se acercaba la Pascua de los judíos, y muchos de aquella región subían a Jerusalén, antes de la Pascua, para purificarse. Buscaban a Jesús y, estando en el templo, se preguntaban:
«¿Qué os parece? ¿Vendrá a la fiesta?».
Los sumos sacerdotes y fariseos habían mandado que el que se enterase de dónde estaba les avisara para prenderlo.
Caifás es uno de los personajes más inquietantes del evangelio precisamente porque su argumento es razonable. No está equivocado en el diagnóstico — si Jesús sigue actuando habrá un conflicto con Roma. No está mintiendo cuando dice que uno puede morir para salvar a muchos. Lo que hace es usar una verdad para justificar un crimen.
Ese mecanismo — usar un principio legítimo para llegar a una conclusión ilegítima — es una de las trampas más sofisticadas del razonamiento moral. La modernidad lo practica con frecuencia: el bien común como argumento para suprimir derechos individuales, la seguridad colectiva como razón para sacrificar a los más vulnerables, la eficiencia del sistema como justificación para tratar a las personas como variables de un cálculo.
La tradición cristiana ha resistido siempre ese argumento con un principio que Caifás desconoce o ignora: el fin no justifica los medios, y hay actos que no pueden hacerse aunque el resultado sea conveniente. La vida de un inocente no es moneda de cambio, aunque la estabilidad de una nación dependa de ello.
Lo irónico — y Juan lo subraya con una precisión que parece casi irónica — es que Caifás tenía razón sin saberlo. Uno sí murió por el pueblo. Pero la muerte no fue un asesinato que salvó un sistema. Fue una entrega voluntaria que salvó a los hombres del único enemigo que ningún sistema político puede derrotar.
Cuidado con los argumentos que suenan bien. El razonamiento de Caifás es coherente, pragmático y compartido por toda la asamblea. Eso no lo hace correcto. Algunos de los mayores errores morales de la historia han sido cometidos con argumentos internamente consistentes. La coherencia interna de un razonamiento no garantiza su bondad — hay que examinar también las premisas y los medios.
Dios escribe recto con renglones torcidos. Caifás pronuncia una profecía sin pretenderlo. El complot que parece cerrar el futuro de Jesús es en realidad el mecanismo por el que ese futuro se abre para todos. En nuestra vida hay situaciones que parecen cierres definitivos — traiciones, fracasos, pérdidas — que Dios convierte en puertas. No siempre se ve en el momento. Casi nunca. Pero la perspectiva del tiempo y la fe permiten reconocerlo después.
La Pascua se acerca. El evangelio termina con esa tensión: la gente pregunta si vendrá, los sacerdotes han dado orden de arresto, el tiempo se comprime. La Semana Santa está a la vuelta de la esquina. Estos últimos días de Cuaresma son el umbral — vale la pena atravesarlos con conciencia de lo que viene, no distraídos sino preparados.
Señor, que aceptaste que uno muriera por todos pero desde dentro, desde el amor, no desde el cálculo frío, protégenos de los argumentos que usan verdades a medias para justificar lo que no tiene justificación.
Y cuando todo parezca cerrarse, recuérdanos que tú escribes recto con los renglones más torcidos.
Amén.