Evangelio del día

1 ABRIL
Miércoles Santo · Semana Santa
"El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!"
MATEO 26, 24

Primera lectura – Isaías 50, 4-9a

El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo; para saber decir al abatido una palabra de aliento.

Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los discípulos.

El Señor Dios me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos.

El Señor Dios me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.

Mi defensor está cerca, ¿quién pleiteará contra mí?

Comparezcamos juntos, ¿quién me acusará?

Que se acerque.

Mirad, el Señor Dios me ayuda, ¿quién me condenará?

Salmo del día – Salmo 68, 8-10. 21-22. 31 y 33-34 R/.

Señor, que me escuche tu gran bondad el día de tu favor

Por ti he aguantado afrentas,
la vergüenza cubrió mi rostro.
Soy un extraño para mis hermanos,
un extranjero para los hijos de mi madre.
Porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas con que te afrentan caen sobre mi. R/.

La afrenta me destroza el corazón, y desfallezco.
Espero compasión, y no la hay;
consoladores, y no los encuentro.
En mi comida me echaron hiel,
para mi sed me dieron vinagre. R/.

Alabaré el nombre de Dios con cantos,
proclamaré su grandeza con acción de gracias.
Miradlo, los humildes, y alegraos;
buscad al Señor, y revivirá vuestro corazón.
Que el Señor escucha a sus pobres,
no desprecia a sus cautivos. R/.

Evangelio del día – Mateo 26, 14-25

En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
«¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?».

Ellos se ajustaron con él en treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.

El primer día de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
«¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?».

Él contestó:
«Id a la ciudad, a casa de quien vosotros sabéis, y decidle: “El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”».

Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.

Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
«En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar».

Ellos, muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro:
«¿Soy yo acaso, Señor?».

Él respondió:
«El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!».

Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
«¿Soy yo acaso, Maestro?».

Él respondió:
«Tú lo has dicho».

Reflexión del evangelio del 1 de abril

El Miércoles Santo tiene un nombre en la tradición hispana que lo dice todo: el Miércoles de Espías. El día en que se cierra el cerco, en que el precio está fijado, en que la maquinaria de la Pasión ya no tiene marcha atrás.

Hay algo en la figura de Judas que la modernidad tiende a psicologizar en exceso — buscar la explicación que lo haga más comprensible, más excusable, más víctima de sus circunstancias. El evangelio no hace eso. No da explicaciones psicológicas de por qué Judas llegó hasta ahí. Lo que sí muestra es el momento preciso en que la libertad se ejerció en una dirección concreta e irreversible.

Lo más inquietante del pasaje no es Judas sino la pregunta de los demás. «¿Soy yo acaso?» Dicha con miedo genuino, con honestidad real. Ninguno de ellos se excluye a priori. Saben, de alguna forma, que la traición no requiere ser un monstruo — requiere una sucesión de pequeñas elecciones en la dirección equivocada.

La pregunta del Miércoles Santo es esa: ¿soy yo acaso? No como escrúpulo paralizante sino como examen honesto. ¿Hay en mi vida algo que estoy vendiendo por treinta monedas — comodidad, aprobación, seguridad — que vale infinitamente más de lo que me están pagando?

¿Qué nos enseña el evangelio del 1 de abril?

La pregunta correcta no es quién traiciona sino si traiciono yo. Los discípulos no se señalan mutuamente. Se miran a sí mismos. Es el movimiento contrario al que la cultura del juicio propone — señalar al culpable fuera antes de mirar dentro. La Semana Santa es tiempo de examen interior, no de tribunal externo.

El precio de la traición siempre parece razonable en el momento. Treinta monedas. No es una cantidad absurda ni ridícula — es un precio real por algo que Judas consideró vendible. Así funcionan todas las traiciones: nunca parecen traiciones en el momento de cometerlas. Siempre hay una justificación, una narrativa que las hace razonables. La claridad llega después, cuando el daño ya está hecho.

La diferencia entre Señor y Maestro. Una palabra. Pero es la palabra que define la relación. Jesús no es solo un maestro que enseña — es el Señor ante quien uno se arrodilla o no. La fe cristiana no es adhesión intelectual a una doctrina ni admiración por un personaje histórico. Es reconocimiento de una autoridad que lo cambia todo. El Miércoles Santo pregunta: ¿cómo le llamo yo?

Oración

Señor, que conocías a Judas y lo llamaste igualmente, haz que hoy nos atrevamos a preguntarte lo que preguntaron los Doce: ¿soy yo acaso?

Y que la respuesta, sea cual sea, no nos aleje de ti sino que nos acerque.

Amén.