Profesor de leyes en Salamanca, inquisidor en Granada, laico sin órdenes cuando fue nombrado arzobispo de Lima. Santo Toribio recorrió a pie cuarenta mil kilómetros de América del Sur para encontrarse con su grey. Murió en el camino, como había vivido.
Hay una frase que Toribio de Mogrovejo repetía con frecuencia en Lima y que resume su forma de entender la vida: «Nuestro gran tesoro es el momento presente. Tenemos que aprovecharlo para ganarnos con él la vida eterna.»
No era retórica piadosa — era su programa de trabajo. Y lo cumplió con una consistencia que sus contemporáneos encontraban a veces agotadora y siempre edificante.
Nació en Mayorga, León, el 16 de noviembre de 1538, en el seno de una familia noble castellana. Estudió Derecho Civil y Eclesiástico en Salamanca, siguiendo los pasos de su tío Juan de Mogrovejo, profesor en esa universidad. Pasó también años en Coímbra, en Portugal. A su regreso a Salamanca su tío había muerto, y Toribio ocupó su lugar como profesor de leyes — uno de los catedráticos más respetados de la universidad más prestigiosa de España.
Era laico. No tenía órdenes sagradas. No tenía planes de tenerlas.
Felipe II propuso al papa Gregorio XIII el nombre de Toribio para la sede arzobispal de Lima, vacante desde hacía seis años. Era el segundo cargo eclesiástico más importante del continente americano. El problema era que el candidato no era sacerdote.
Toribio protestó. Argumentó que era un laico, que no tenía la formación ni la vocación ni las órdenes necesarias. Roma no cedió. En 1578 fue ordenado sacerdote, y él insistió en recibir cada orden sagrada por separado, semana a semana, para prepararse debidamente en lugar de recibirlas todas en un día como le ofrecían. En agosto de 1580 fue consagrado arzobispo en la Catedral de Sevilla.
Ese mismo año cruzó el Atlántico. Llegó al Perú en mayo de 1581 y entró en Lima a pie, bautizando y enseñando a los nativos por el camino.
Lo que Toribio encontró en Lima era una Iglesia en grave decadencia. La ciudad llevaba seis años sin arzobispo. El sistema de patronato regio permitía a los virreyes interferir en asuntos eclesiásticos, lo que generaba conflictos permanentes entre el poder espiritual y el temporal. Los conquistadores cometían abusos y cuando se los señalaban respondían que «esa era la costumbre.»
Toribio tenía una respuesta para eso que se hizo famosa en el virreinato: «Cristo es verdad y no costumbre.»
No fue bien recibido por todos. Sus medidas contra los abusos le atrajeron persecuciones y calumnias. Él prefirió callar y seguir trabajando. Cuando alguien le preguntaba cómo respondía a los ataques, decía que «al único que es necesario siempre tener contento es a Nuestro Señor.»
Lo que hizo durante veinticinco años es casi imposible de resumir. Convocó y presidió el III Concilio Limense (1582-1583), al que asistieron prelados de toda Hispanoamérica y que produjo normas pastorales decisivas para la evangelización del continente. Fundó el primer seminario de América Latina. Realizó tres visitas pastorales completas a su diócesis — que abarcaba lo que hoy son varios países — recorriendo a pie o a caballo más de cuarenta mil kilómetros en terrenos que incluían selva, desierto y cordillera andina.
Aprendió quechua para predicar directamente a los indígenas. Aprendió otras lenguas locales cuando el quechua no era suficiente. Defendió los derechos de los pueblos nativos frente a los encomenderos y los dueños de las minas con una insistencia que le granjeó enemigos poderosos. Distribuyó entre los pobres todo lo que tenía — incluyendo, según cuenta la tradición, las camisas de su propio guardarropa.
Bautizó y confirmó a cientos de miles de personas. Entre ellas, a Rosa de Lima, a Martín de Porres y a Juan Macías — tres santos que llevan el sello de su episcopado.
En 1606, con sesenta y siete años y el cuerpo agotado por décadas de viajes, enfermó durante una visita pastoral en el norte del Perú. Supo que no se recuperaría. Pidió que lo llevaran a Zaña, donde murió el 23 de marzo de 1606 — el mismo día que, veinte años antes, había predicado en ese pueblo durante su primera visita pastoral.
Antes de morir pidió que le leyeran el salmo 89: «Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.» Sus últimas palabras fueron: «Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu.»
Fue beatificado en 1679 y canonizado en 1726 por Benedicto XIII. En 1983, Juan Pablo II lo proclamó patrón del episcopado latinoamericano.
La historia de Toribio plantea una pregunta que la modernidad encuentra incómoda: ¿puede alguien ser llamado a algo para lo que no se siente preparado y no solo aceptarlo sino hacerlo con una excelencia que pocos habrían alcanzado eligiéndolo libremente?
Toribio no eligió ser arzobispo. Protestó. Argumentó. Y luego, cuando Roma no cedió, se preparó con más cuidado que nadie habría exigido — recibiendo las órdenes sagradas de una en una, semana a semana, como si cada paso requiriera el peso que tenía.
Esa actitud ante la vocación no elegida es radicalmente opuesta a la mentalidad contemporánea, que ha convertido la autorrealización y la elección personal en los únicos criterios legítimos de orientación vital. La modernidad dice: haz lo que te apasiona, sé fiel a ti mismo, no aceptes lo que no has elegido. Toribio hizo exactamente lo contrario — y fue más fiel a sí mismo que muchos que eligieron libremente su camino.
Lo que la tradición entiende por vocación es precisamente eso: no siempre es la voz interior que confirma lo que ya querías hacer. A veces es la llamada que te pide algo que no esperabas y que resulta ser exactamente para lo que estabas hecho, aunque no lo supieras.
El momento presente como tesoro. La frase que repetía Toribio no es espiritualidad de croché — es una posición filosófica ante el tiempo. Lo único que tenemos es el momento presente. El pasado no se puede cambiar y el futuro no existe todavía. Gastarlo en lamentos o en proyecciones es desperdiciarlo. Toribio lo vivió de forma literal: cuarenta mil kilómetros recorridos a pie, uno a uno, sin atajos.
La costumbre no es argumento. «Cristo es verdad y no costumbre.» En una época en que los abusos contra los indígenas estaban normalizados y nadie cuestionaba lo que «siempre se había hecho así», Toribio aplicó un principio que sigue siendo válido hoy: la antigüedad de una práctica no la justifica moralmente. La tradición que merece ser defendida es la que apunta hacia la verdad, no la que perpetúa el error por inercia.
Aprender la lengua del otro. Toribio aprendió quechua con sesenta años, después de décadas de episcopado. No porque fuera obligatorio sino porque entendía que el evangelio no se puede transmitir de verdad si el transmisor no se toma la molestia de hablar el idioma del que lo recibe. En las relaciones humanas, en la familia, en el trabajo: ¿nos tomamos la molestia de aprender el idioma del otro — sus preguntas, sus miedos, su forma de entender el mundo — antes de hablarle de lo que creemos?
Santo Toribio, que recorriste cuarenta mil kilómetros para llevar la fe a los confines de un continente, intercede por los obispos y pastores de América Latina, por los que fueron llamados sin pedirlo y sirvieron sin reservas, y por todos los que hoy tienen miedo de la vocación que les llega. Enséñanos que el momento presente es el único tesoro que no se puede perder — solo malgastar. Amén.
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