"He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra."
El 25 de marzo es uno de los días más densos del calendario cristiano. La solemnidad de la Anunciación del Señor — el momento en que el ángel Gabriel habla a María y ella responde — es, para la fe católica, el instante en que el Verbo de Dios se hace carne en el seno de una mujer. No una metáfora, no un símbolo: el acontecimiento más real de la historia humana ocurriendo en silencio, en una habitación de Nazaret, sin testigos.
El Martirologio lo anuncia con una solemnidad que no tiene par en todo el año: «Llegada la plenitud de los tiempos, el que era antes de los siglos el Unigénito Hijo de Dios, por nosotros los hombres y por nuestra salvación, se encarnó por obra del Espíritu Santo de María, la Virgen, y se hizo hombre.»
Nueve meses antes de la Navidad. La misma lógica que un embarazo humano — porque eso es lo que fue.
El 25 de marzo tiene también la conmemoración del llamado Santo Ladrón — el que en la tradición cristiana lleva el nombre de Dimas, aunque los evangelios no lo nombren. El hombre crucificado junto a Jesús que, cuando el otro condenado lo insultaba, intervino para defenderlo y le pidió que se acordara de él cuando llegara a su reino.
La respuesta de Jesús es la promesa más inmediata de toda la Escritura: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso.»
No mañana. No cuando hayas hecho penitencia suficiente. No cuando hayas demostrado que el cambio era genuino. Hoy. El Santo Ladrón no tuvo tiempo de hacer nada más que reconocer la verdad en el momento en que la tuvo delante. Y eso fue suficiente.
La tradición lo llama el primer canonizado — el único al que el propio Cristo prometió el paraíso con nombre de día. Su historia es el argumento más contundente que existe contra cualquier forma de desesperación: si a él, en ese momento, desde ese lugar, con ese pasado, le fue suficiente ese acto de reconocimiento, no hay situación humana que esté más allá del alcance de la misericordia.
Entre los santos del 25 de marzo hay una figura cuya historia resulta especialmente cercana: Santa Matrona era esclava de una mujer judía en Tesalónica. A escondidas, cuando podía, daba culto a Cristo. Su señora la descubrió. Las consecuencias fueron azotes y torturas hasta la muerte.
No hay en su historia ningún gesto público, ninguna proclamación valiente ante el tribunal, ninguna multitud que la vea morir. Hay una mujer que creía en secreto porque no podía creer abiertamente, y que cuando la descubrieron no renunció a lo que creía. La discreción forzada no era hipocresía — era la única forma que tenía de vivir su fe. Y cuando la privacidad ya no fue posible, la privacidad dejó de importar.
Santa Margarita Clitherow tiene una de las historias más extraordinarias del santoral inglés del siglo XVI. Era la esposa de un carnicero de York, convertida al catolicismo en 1574 con la plena anuencia de su marido protestante — que nunca se convirtió pero nunca la obstaculizó. Educó a sus hijos en la fe, ocultó sacerdotes perseguidos en su casa y organizó misas clandestinas en el York de Isabel I.
Fue arrestada varias veces. Cuando llegó el juicio definitivo, tomó una decisión que el Martirologio describe con precisión admirable: se negó a que su causa fuera llevada ante el tribunal. No porque quisiera escapar — sino porque si había juicio, los testigos serían sus propios hijos y los vecinos que habían participado en las misas. Prefirió cargar ella sola con la condena antes de que su defensa los pusiera en peligro.
La condenaron a ser aplastada bajo un gran peso. Murió el 25 de marzo de 1586. Tenía unos treinta años. Fue canonizada por Pablo VI en 1970, entre los Cuarenta Mártires de Inglaterra y Gales.
Su historia es inseparable del 25 de marzo: una mujer que murió por proteger a los sacerdotes que celebraban la Eucaristía, en el mismo día en que la Iglesia celebra la Encarnación. La conexión no es accidental.
Santa Lucía Filippini, fundadora del Instituto de Maestras Pías en el siglo XVII, dedicó su vida a un problema que la Iglesia identificó antes que el Estado: las mujeres pobres no tenían acceso a ninguna educación formal. Lucía organizó escuelas en el Lacio y en Roma donde jóvenes y mujeres sin recursos aprendían a leer, a escribir, a conocer la fe y a valerse por sí mismas.
Murió en 1732. Su obra — las Maestras Pías Filippini — sigue activa hoy en varios países. Fue canonizada por Pío XII en 1930.
El 25 de marzo cierra con dos mártires polacos de la Segunda Guerra Mundial que murieron en campos de concentración: el Beato Emiliano Kov en Majdanek en 1944, y el Beato Hilario Januszewski en Dachau en 1945, contagiado de tifus por asistir a los enfermos del campo.
El Martirologio dice de Hilario que «dejó un hermoso testimonio de fe y caridad.» Murió de una enfermedad contraída al cuidar a otros en el lugar más inhóspito que la humanidad del siglo XX fue capaz de construir. Es la misma lógica de Santa Matrona de Tesalónica dieciséis siglos antes — la fe que se vive donde está, con lo que hay, hasta el final.
El 25 de marzo contiene todo eso: la Anunciación, el primer canonizado, la esclava que adoraba en secreto, la carnicera de York que murió por sus vecinos, la maestra de los pobres y los sacerdotes de Dachau. Días así en el santoral son los que más claramente muestran que la historia de la santidad no es una historia de figuras excepcionales en circunstancias excepcionales. Es la historia de personas ordinarias que en circunstancias muy distintas tomaron la misma decisión fundamental: que Dios importaba más que lo que les costara decirlo.