"Defender la fe no requiere ser el más conocido — basta con ser el más fiel."
El santoral católico del 26 de marzo tiene un protagonista que llega con una presentación difícil de superar: San Pedro de Sebaste, obispo de Armenia, descrito en el Martirologio como el hermano más joven de San Basilio Magno.
Ser el hermano pequeño de Basilio el Grande — uno de los tres Capadocios, uno de los Padres de la Iglesia más influyentes de la historia — podría haber sido una condena a la invisibilidad perpetua. En la misma familia estaban también Gregorio de Nisa y Macrina la Mayor, también santos. Una familia que produce cuatro santos canonizados es una anomalía histórica que merece atención en sí misma.
Pedro no alcanzó la fama de Basilio ni la profundidad teológica de Gregorio. Pero hizo algo que en el siglo IV tenía un precio muy concreto: defendió la fe ortodoxa ante los arrianos en un momento en que el arrianismo contaba con el apoyo del poder imperial. No cedió. Fue obispo de Sebaste en Armenia, cuidó a su comunidad y murió hacia el año 391 sin haber traicionado lo que sus hermanos le habían enseñado.
A veces la santidad más necesaria no es la del genio sino la del que mantiene el rumbo cuando todo tira en otra dirección.
El 26 de marzo tiene también una colección de mártires que reflejan la creatividad brutal de las persecuciones antiguas. Santos Montano y Máxima — presbítero y su esposa — fueron arrojados a las aguas del río en Sirmio hacia el año 304. San Eutiquio murió en Alejandría bajo el obispo arriano Jorge, que encontró en la violencia el argumento que le faltaba en el debate teológico.
Y San Bercario de Montier-en-Der, que tiene una de las muertes más particulares del santoral. Fue herido con un punzón el Jueves Santo por un monje al que había castigado — la violencia brotando desde dentro de la comunidad que debía ser lugar de paz. Murió el Domingo de Resurrección. El Martirologio lo anota sin dramatismo: pasó al cielo el día de la Resurrección. Como si el calendario litúrgico hubiera elegido el momento con cuidado.
San Liudgero merece más atención de la que habitualmente recibe en el santoral hispanohablante. Discípulo de Alcuino — el intelectual más importante de la corte de Carlomagno — fue el misionero que evangelizó Frisia, Dinamarca y Sajonia en el siglo VIII, estableció la sede episcopal de Münster y fundó varios monasterios que se convirtieron en centros irradiadores de fe y cultura en la Europa del norte.
Su método misionero era el de la paciencia y la adaptación — aprendía las lenguas de los pueblos que evangelizaba, respetaba sus costumbres en lo que no contradecía el evangelio, construía comunidades que pudieran sostenerse solas. Es el modelo opuesto al de la evangelización por imposición, y funcionó: la Iglesia que él plantó en Sajonia sobrevivió siglos de agitaciones políticas.
Murió en 809, en camino de visita pastoral, como Toribio de Mogrovejo ocho siglos después. Hay algo en los grandes evangelizadores que los lleva a morir en movimiento.
Cerrando el día, una figura del siglo XX que encarna una forma de santidad especialmente necesaria hoy. Magdalena Catalina Morano, salesiana siciliana, pasó su vida recorriendo Catania y sus alrededores impartiendo catequesis — a niños, a jóvenes, a adultos, a quien quisiera escuchar.
No fundó una congregación ni escribió teología ni realizó milagros espectaculares documentados. Enseñó la fe, persona a persona, pueblo a pueblo, sin parar. Murió en 1908. Fue beatificada por Juan Pablo II en 1994.
En una época en que la catequesis se ha vaciado de contenido en muchos lugares y en que la transmisión de la fe entre generaciones se ha roto en gran parte de Occidente, la figura de una mujer que recorrió toda una región para asegurarse de que la gente supiera en qué creía y por qué es un modelo más subversivo de lo que parece.