Evangelio del día

2 ABRIL
Jueves Santo · Triduo Pascual
"Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora, habiendo amado a los suyos, los amó hasta el extremo."
JUAN 13, 1

Éxodo 12, 1-8. 11-14

En aquellos días, dijo el Señor a Moisés y a Aarón en tierra de Egipto:
«Este mes será para vosotros el principal de los meses; será para vosotros el primer mes del año. Decid a toda la asamblea de los hijos de Israel: “El diez de este mes cada uno procurará un animal para su familia, uno por casa. Si la familia es demasiado pequeña para comérselo, que se junte con el vecino más próximo a su casa, hasta completar el número de personas; y cada uno comerá su parte hasta terminarlo.

Será un animal sin defecto, macho, de un año; lo escogeréis entre los corderos o los cabritos.

Lo guardaréis hasta el día catorce del mes y toda la asamblea de los hijos de Israel lo matará al atardecer”. Tomaréis la sangre y rociaréis las dos jambas y el dintel de la casa donde lo comáis. Esa noche comeréis la carne, asada a fuego, y comeréis panes sin fermentar y hierbas amargas.

Y lo comeréis así: la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; y os lo comeréis a toda prisa, porque es la Pascua, el Paso del Señor.

Yo pasaré esta noche por la tierra de Egipto y heriré a todos los primogénitos de la tierra de Egipto, desde los hombres hasta los ganados, y me tomaré justicia de todos los dioses de Egipto. Yo, el Señor.

La sangre será vuestra señal en las casas donde habitáis. Cuando yo vea la sangre, pasaré de largo ante vosotros, y no habrá entre vosotros plaga exterminadora, cuando yo hiera a la tierra de Egipto.

Este será un día memorable para vosotros; en él celebraréis fiesta en honor del Señor. De generación en generación, como ley perpetua lo festejaréis».

Salmo 115, 12-13. 15-16. 17-18 R/.

El cáliz de la bendición es comunión de la sangre de Cristo

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando el nombre del Señor. R/.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas. R/.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando el nombre del Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo. R/.

Corintios 11, 23-26

Hermanos:

Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo:
«Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía».

Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo:
«Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía».

Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

Evangelio del día – Juan 13, 1-15

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

Estaban cenando; ya el diablo había suscitado en el corazón de Judas, hijo de Simón Iscariote, la intención de entregarlo; y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.

Llegó a Simón Pedro, y este le dice:
«Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?».

Jesús le replicó:
«Lo que yo hago, tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde».

Pedro le dice:
«No me lavarás los pies jamás».

Jesús le contestó:
«Si no te lavo, no tienes parte conmigo».

Simón Pedro le dice:
«Señor, no solo los pies, sino también las manos y la cabeza».

Jesús le dice:
«Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos».

Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios».

Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo:
«¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis “el Maestro” y “el Señor”, y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis».

Reflexión del evangelio del 2 de abril

El Jueves Santo es el día en que la Iglesia celebra dos instituciones que definen su identidad: la Eucaristía y el sacerdocio ministerial. Pero el evangelio que la liturgia elige para ese día no narra ninguna de las dos directamente. Narra el lavatorio de los pies.

No es un descuido. Es una elección teológica de primer orden.

La Eucaristía sin el servicio se convierte en rito vacío. El sacerdocio sin la toalla en la cintura se convierte en poder disfrazado de religión. El gesto de Jesús esta noche es el intérprete de todo lo demás — la clave hermenéutica que dice cómo hay que leer la Última Cena, el sacerdocio, la Iglesia entera.

La modernidad tiene una relación complicada con el servicio. Por un lado lo exalta como virtud cívica — el voluntariado, la solidaridad, la responsabilidad social. Por otro lado ha eliminado su fundamento sobrenatural, convirtiéndolo en una opción entre otras, dependiente del estado de ánimo y de los recursos disponibles. Cuando el servicio se seca en altruismo sin raíz, se agota. Cuando nace del amor de Jesús — del eis telos de esta noche — tiene una fuente que no se agota porque no depende de uno mismo.

Hay además algo en el lavatorio que incomoda específicamente a la modernidad: la desigualdad del gesto. No es que Jesús y sus discípulos se laven los pies mutuamente — es que Jesús lava los pies de ellos. El superior sirve al inferior. El que tiene todo el poder toma la toalla. Eso no encaja bien en ningún modelo de liderazgo contemporáneo basado en la horizontalidad — porque no es horizontal. Es una inversión radical de la jerarquía que no la elimina sino que la transforma desde dentro.

¿Qué nos enseña el evangelio del 2 de abril?

Dejarse lavar también es un acto de fe. Pedro resiste porque el gesto le parece indecoroso. Jesús le dice que si no acepta, no tiene parte con Él. Hay momentos en la vida espiritual en que el reto no es servir sino recibir — aceptar el amor, el perdón, la ayuda que no se merece. Para algunas personas eso es más difícil que dar. El Jueves Santo incluye también esa conversión.

El poder verdadero se reconoce en cómo sirve. Jesús no lava los pies a pesar de ser el Señor sino siendo el Señor. El poder que tiene — todo lo que el Padre ha puesto en sus manos — no lo usa para ser servido sino para servir. Es el modelo más subversivo de liderazgo que existe y el único que la tradición cristiana propone sin matices: el que manda está para servir a los que manda.

«Haced esto en memoria mía.» Pablo en la segunda lectura transmite el mandato eucarístico. Juan transmite el mandato del lavatorio. Son el mismo mandato con dos formas: reuníos en torno a mi cuerpo entregado, y lavaos los pies unos a otros. La Eucaristía sin el servicio al prójimo y el servicio al prójimo sin la Eucaristía son dos medias verdades. Esta noche las dos se dan juntas, inseparables.

Oración

Señor, que en la noche de tu entrega tomaste una toalla en lugar de una espada, enséñanos que el poder que viene de ti se reconoce en la rodilla doblada y no en el trono ocupado.

Que aprendamos a lavar y a dejarnos lavar, porque las dos cosas nos hacen parte de ti.

Amén.