Dominico valenciano que durante veinte años recorrió a pie toda Europa occidental predicando la penitencia ante multitudes de decenas de miles de personas. Intervino en el Compromiso de Caspe, resolvió el Gran Cisma y murió en Vannes, en el camino, como no podía ser de otra manera.
Dominico · Predicador · Patrón de Valencia · 5 de abril
Valencia, 23 de enero de 1350. El año anterior la Peste Negra había matado a un tercio de la población de Europa. En ese mundo sacudido por la muerte y el miedo nació Vicente Ferrer, hijo de un notario bien relacionado con las clases altas de la ciudad. Nadie podía saber entonces que ese niño recorrería a pie toda Europa occidental predicando la penitencia ante multitudes que en ocasiones superaban las cincuenta mil personas.
Entró en el convento dominico de Valencia con diecisiete años, en 1367. Estudió en Lérida, donde enseñó Lógica como profesor, Barcelona y Toulouse. Era un intelectual sólido, un teólogo formado, un filósofo que sabía argumentar. Pero lo que lo haría histórico no sería la teología sino la predicación, y la predicación no llegó hasta que llegó la crisis. Su nombre se conmemora en el santoral católico del 5 de abril.
El siglo XIV fue el siglo del Gran Cisma de Occidente. Desde 1378 había dos papas: uno en Roma, otro en Aviñón. La Iglesia estaba partida. Los reinos de Europa tomaban partido, Francia y Aragón apoyaban a Aviñón; Inglaterra y el Imperio Romano-Germánico apoyaban a Roma. Era un escándalo de proporciones sin precedentes que duraba décadas sin visos de solución.
Vicente Ferrer apoyó inicialmente al papa de Aviñón, el cardenal Pedro de Luna, que se convirtió en Benedicto XIII. Cuando Pedro de Luna fue elegido papa, en 1394, llamó a Vicente a su curia y le ofreció obispados y distinciones cardenalicias. Vicente los rechazó. Lo que vio en la curia de Aviñón lo perturbó profundamente, el ambiente del poder eclesiástico no era lo que él esperaba, y el Cisma le causaba un dolor interior que los honores no podían remediar.
En 1398 cayó gravemente enfermo. En la noche del 3 de octubre tuvo una visión, según su propio relato, se le aparecieron Cristo, San Domingo y San Francisco pidiéndole que se levantara y predicara la penitencia. Vicente se levantó curado. Y nunca más se detuvo.
Desde 1398 hasta su muerte en 1419, Vicente Ferrer recorrió a pie o a lomos de un asno en los tramos más largos prácticamente toda Europa occidental. España, Francia, Italia, Suiza, Flandes, el norte de Francia, Bretaña, posiblemente Inglaterra e Irlanda. Veinte años sin parar. Una vida entera en los caminos.
Las multitudes que acudían a escucharle eran de una magnitud que no tiene precedente en la historia de la predicación medieval. No era raro que diez, veinte, treinta mil personas esperaran sus sermones a la intemperie. Predicaba en valenciano, su lengua materna, y los que no entendían el valenciano decían entenderle igualmente. Las fuentes del proceso de canonización recogen este fenómeno con una regularidad que los investigadores no han podido explicar del todo: personas de distintas lenguas afirmaban comprenderle directamente.
Sus temas eran siempre los mismos: la penitencia, la inminencia del Juicio Final, la necesidad de conversión. No era una predicación de consolación, era una predicación de urgencia. El Juicio Final era inminente. Había que prepararse. Y la preparación requería cambiar de vida, no acumular méritos mientras se seguía igual.
Viajaba acompañado de una procesión de penitentes, en algunos momentos, de flagelantes que se azotaban la espalda en público como expresión de contrición. Era una manifestación de piedad popular extrema que la Iglesia miró siempre con cierta incomodidad y que Vicente asumió como parte del movimiento de conversión que intentaba generar.
Sus conversiones fueron masivas. Se le atribuye el bautismo de miles de judíos y de un número significativo de musulmanes, y aquí es donde la historia de Vicente Ferrer se complica.
Hay un aspecto de la predicación de Vicente Ferrer que la hagiografía tradicional tiende a silenciar y que la historia no puede ignorar: los pogromos. En 1391, antes de su misión itinerante, mientras aún predicaba en Aragón, hubo masacres de judíos en varias ciudades peninsulares. Vicente Ferrer no fue el causante directo de esa violencia, pero sus sermones sobre la necesidad de conversión contribuyeron a crear un clima de hostilidad hacia las comunidades judías que tuvo consecuencias trágicas.
Después de 1398, durante su misión itinerante, documentación histórica contemporánea asocia su predicación en varias ciudades castellanas con presiones intensas, a veces violentas, sobre las comunidades judías para convertirse al cristianismo. La Iglesia Católica no ha revisado formalmente este aspecto de su figura, que sigue siendo motivo de estudio y debate entre los historiadores.
La santidad de Vicente Ferrer es real y reconocida. Pero la santidad no implica infalibilidad ni ausencia de errores históricos. Señalarlo no invalida lo que fue, sería deshonesto no mencionarlo.
En 1412 Vicente Ferrer intervino en el Compromiso de Caspe, el proceso arbitral que debía elegir al nuevo rey de Aragón tras la extinción de la dinastía reinante. Era el octavo compromisario por orden jerárquico, pero fue el primero en emitir su voto y su peso moral era tan grande que los demás lo siguieron. Votó por Fernando de Antequera, de la casa castellana de los Trastámara. Esa decisión moldearía el futuro de la Corona de Aragón y, en última instancia, de la España que surgiría un siglo después.
Respecto al Cisma, la causa que había marcado su vida, Vicente hizo algo que requirió una valentía extraordinaria. En enero de 1416, en Perpiñán, leyó públicamente un documento por el que la Corona de Aragón se sustraía de la obediencia a Benedicto XIII, el mismo papa que había sido su protector, su amigo, el hombre al que había apoyado durante veinte años. Era la ruptura con su propia lealtad pasada en favor de la unidad de la Iglesia. Al año siguiente, 1417, fue elegido Martín V como papa único de toda la cristiandad. El Cisma de Occidente había terminado. Vicente Ferrer había contribuido a ello desde dentro y desde fuera.
Murió el 5 de abril de 1419 en Vannes, Bretaña, en el camino, como no podía ser de otra manera. Tenía sesenta y nueve años. Fue canonizado en 1455 por Calixto III, solo treinta y seis años después de su muerte.
San Vicente Ferrer es uno de los santos más difíciles de encuadrar en ningún arquetipo cómodo. No es el monje contemplativo ni el organizador institucional ni el mártir. Es el predicador itinerante que recorrió Europa a pie predicando el fin del mundo durante veinte años, y que tuvo razón en el diagnóstico aunque no en la fecha.
Porque el mundo que Vicente conocía sí terminó. La Edad Media con sus estructuras de certezas, su Iglesia unificada y su cosmología estable agonizaba. La Reforma, el descubrimiento de América, la revolución científica, la fragmentación de la cristiandad occidental, todo eso estaba a menos de un siglo. Vicente no lo vio, pero lo olió. La urgencia de su predicación no era irracionalidad apocalíptica sino el olfato del que siente que algo fundamental está a punto de cambiar y que las personas que tiene delante necesitan estar ancladas en algo más sólido que las certezas institucionales.
La modernidad ha perdido esa urgencia espiritual. Ha sustituido la pregunta ¿cómo vivo? por ¿qué experimento?. Y el resultado es una generación que tiene más información que ninguna anterior y menos criterios para saber qué hacer con su propia vida.
Vicente preguntaba, con toda su voz y sus veinte años en los caminos: si supieras que el tiempo se acaba, ¿cambiarías algo? La pregunta sigue siendo válida.
La coherencia entre lo que se cree y cómo se vive. Vicente predicaba la penitencia y la vivía. Rechazó los obispados y los cardenalatos cuando se los ofrecieron. Viajaba a pie o en asno. Dormía en conventos. No usó su influencia para acumular poder sino para predicar. Esa coherencia entre el mensaje y la vida del mensajero es lo que da autoridad real, y lo que la modernidad más raramente encuentra.
La valentía de romper con la propia lealtad cuando hace falta. Sustraer a la Corona de Aragón de la obediencia a Benedicto XIII, el papa que había sido su protector durante años, fue uno de los actos más difíciles de su vida. Lo hizo porque entendió que la unidad de la Iglesia valía más que su lealtad personal. Hay situaciones en que las lealtades acumuladas se convierten en obstáculos para hacer lo correcto. Reconocerlo y actuar en consecuencia requiere una claridad moral que no siempre se tiene.
La urgencia del presente. Veinte años en los caminos predicando la urgencia de la conversión. No mañana, no cuando las circunstancias sean mejores. Ahora. La tradición espiritual siempre ha sabido que la dilación es una de las formas más eficaces de no cambiar nunca. Vicente predicaba contra esa dilación con una energía que el paso de los siglos no ha hecho menos necesaria.
San Vicente, que recorriste Europa a pie predicando lo que creías con todo lo que tenías, intercede por los que tienen miedo de hablar de lo que creen cuando sería más cómodo callar. Enséñanos tu coherencia, la del que vive lo que predica y predica lo que vive. Y danos tu urgencia: la de quien sabe que el tiempo que tenemos es el único que tenemos. Amén.
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