Sábado Santo: el día en que Dios guardó silencio y el mundo esperó
Entre el Viernes Santo y el Domingo de Resurrección hay un día que la mayoría de la gente no sabe muy bien cómo llamar ni cómo vivir. No es el día de la muerte, eso fue ayer. No es el día de la resurrección, eso será mañana. Es el día del medio. El día del silencio. El día en que el cuerpo de Jesús está en el sepulcro y sus discípulos no saben todavía que la historia no ha terminado.
La liturgia lo llama Sábado Santo. Y ese nombre, tan sencillo, esconde una de las realidades espirituales más densas y más difíciles de habitar de todo el año cristiano. Un día sin misa, sin sacramentos, sin aleluya. Un día en que los altares permanecen desnudos y los sagrarios vacíos. Un día que la modernidad ha llenado de compras, maletas y chocolatinas de Pascua sin saber muy bien qué estaba vaciando.
Este artículo quiere detenerse en ese silencio. Explicar qué ocurrió, qué significa, qué esconde, y por qué el Sábado Santo puede ser, paradójicamente, el día más contemporáneo de los tres.
Qué es el Sábado Santo y cuándo se celebra
El Sábado Santo es el tercer día del Triduo Pascual, situado entre el Viernes Santo y el Domingo de Resurrección. Se celebra siempre en fecha variable, determinada por el ciclo lunar que fija la Pascua, y cae exactamente entre la crucifixión y la resurrección de Jesucristo.
Es, en términos litúrgicos, un día de duelo y espera. La Iglesia no celebra la Eucaristía, no administra sacramentos durante el día, salvo el viático a los moribundos, y guarda un ayuno y un silencio que no tiene equivalente en ningún otro momento del año. La única celebración del Sábado Santo es la Vigilia Pascual, que comienza después del anochecer y que inaugura ya la Pascua de Resurrección.
El Sábado Santo dentro del Triduo Pascual
El Triduo Pascual, que comenzó con la Misa de la Cena del Señor el Jueves Santo y alcanzó su momento más oscuro con la muerte en la Cruz el Viernes Santo, llega al Sábado Santo como a un umbral. No es el final del Triduo ni su clímax: es la pausa que hace posible que el clímax ocurra. El silencio que precede al primer aleluya.
En la estructura del Triduo, el Sábado Santo ocupa el lugar de la oscuridad antes de la luz, del invierno antes de la primavera, del sueño antes del despertar. Todos los símbolos que la liturgia desplegará en la Vigilia Pascual, el fuego nuevo, el cirio encendido en la oscuridad, el agua bautismal, necesitan de este día de silencio para tener su pleno sentido. Sin el Sábado, el Domingo de Resurrección sería simplemente una fiesta. Con el Sábado, es una victoria.
Sábado Santo y Sábado de Gloria: ¿son lo mismo?
Es una confusión habitual y tiene una respuesta precisa. El Sábado Santo es el día litúrgico completo: las horas de duelo, silencio y ayuno que van desde el amanecer del sábado hasta el anochecer. El Sábado de Gloria es el nombre popular que recibe la Vigilia Pascual, la celebración que comienza después de que el sol se haya puesto, y que técnicamente pertenece ya al Domingo de Resurrección, porque en el cómputo litúrgico el día comienza con las primeras vísperas, al atardecer.
Dicho de otra manera: el Sábado Santo es el día del silencio y la espera. El Sábado de Gloria, o Vigilia Pascual, es el momento en que ese silencio se rompe con el primer aleluya del año. Son el mismo día de calendario, pero dos realidades litúrgicas distintas.
Por qué no hay misa el Sábado Santo
El Sábado Santo y el Viernes Santo son los dos únicos días del año en que la Iglesia Católica no celebra la Eucaristía durante el día. La razón es directa: Cristo está en el sepulcro. La misa es la actualización sacramental del sacrificio de la Cruz y de la presencia viva de Cristo resucitado. Ninguna de las dos realidades está disponible en ese momento: la Cruz ya ocurrió, la Resurrección todavía no.
Hay en esto una lógica teológica rigurosa. La Eucaristía no es un rito que la Iglesia pueda celebrar prescindiendo de su contenido. Si el contenido, la presencia viva de Cristo resucitado, no está aún presente en la historia, la Iglesia espera. Es una de las formas más expresivas de decir que los sacramentos no son gestos humanos sino respuestas a una iniciativa divina. La Iglesia no puede fabricar la Pascua: solo puede recibirla.
El día en que los altares estuvieron vacíos
Para entender el Sábado Santo no hay que mirar la liturgia, porque ese día casi no la hay. Hay que mirar a las personas que vivieron ese primer sábado sin saber lo que vendría después. Hay que entrar en la experiencia de los discípulos de Jesús en las horas que siguieron a su muerte.
Qué vivieron los discípulos aquel sábado
El relato evangélico es elocuente por lo que no dice. Después del entierro de Jesús, los evangelios guardan un silencio casi completo sobre el Sábado Santo. Sabemos que las mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea prepararon los ungüentos y los perfumes para embalsamar el cuerpo, y que luego descansaron ese sábado según el mandamiento. Eso es casi todo.
Lo que ese silencio esconde es fácil de imaginar y difícil de describir. El grupo de discípulos que había dejado todo para seguir a Jesús, sus oficios, sus familias, sus planes, se encontraba de repente con todo roto. El maestro había muerto de la manera más humillante posible. La multitud que días antes le aclamaba le había pedido la crucifixión. Pedro le había negado tres veces. Judas se había ahorcado. El proyecto, desde fuera, parecía terminado.
No había esperanza documentada. Jesús había anunciado su resurrección, sí, pero los discípulos no lo habían entendido. El evangelio de Juan dice explícitamente que todavía no comprendían la Escritura de que él debía resucitar de entre los muertos. Aquel sábado, los discípulos de Jesús vivieron en la oscuridad más absoluta, sin saber que la historia tenía un segundo acto.
María: la única que esperó sin dudar
La tradición cristiana, especialmente la de los Padres de la Iglesia, ha señalado a María como la figura central del Sábado Santo. No porque aparezca en los relatos evangélicos de ese día no aparece, sino por algo más profundo: porque la fe de la Iglesia entera descansó aquel sábado en ella.
Hay un detalle litúrgico revelador. El Sábado Santo es el día en que la Iglesia conmemora de manera especial a la Virgen de los Dolores. Y la tradición ha sostenido siempre que María, a diferencia de los discípulos, no perdió la esperanza. No porque tuviera más información, no la tenía, sino porque su fe en la palabra de su Hijo era más honda que la comprensión. Esperó sin entender. Y eso, en la espiritualidad cristiana, tiene un nombre: la fe de la noche oscura.
Por eso, en muchos países de tradición católica, las procesiones del Sábado Santo tienen como protagonista a la Virgen Dolorosa o a la Soledad: la madre que vela junto al sepulcro, sola, sin consuelo humano, en la espera más larga de la historia.
El descenso de Cristo a los infiernos: el misterio más oscuro del Credo
«Descendió a los infiernos». Es una de las frases del Credo Apostólico que más extrañeza produce en quienes la recitan sin detenerse en ella. ¿Qué significa? ¿Adónde fue Jesús entre su muerte el Viernes Santo y su resurrección el Domingo? La respuesta a esa pregunta es, para la tradición cristiana, el corazón teológico del Sábado Santo.

Qué significa «descendió a los infiernos»
La palabra «infiernos» en el Credo no se refiere al lugar de castigo eterno de los condenados. Traduce el término latino infernum, y antes el griego Hades y el hebreo Sheol, que significa, simplemente, el lugar de los muertos. En la concepción del mundo antiguo, todos los muertos, justos e injustos, aguardaban en ese lugar subterráneo una existencia difusa, sin la plenitud de la vida.
La fe cristiana afirma que Jesús, en su muerte real y completa, descendió a ese lugar. No como derrota sino como victoria: para hacer llegar a los muertos la salvación que su sacrificio había obtenido. El Catecismo de la Iglesia Católica lo expresa con precisión: Cristo descendió al lugar de los muertos como Salvador, proclamando la Buena Nueva a los espíritus que estaban allí detenidos.
Esto tiene una implicación teológica enorme. Significa que no hay ningún lugar en la realidad, ni siquiera la muerte, ni siquiera el olvido, ni siquiera ese umbral oscuro donde esperaban los muertos de todos los tiempos, al que Cristo no haya llegado. La Redención no tiene límites geográficos ni temporales. Alcanza hacia atrás en el tiempo a todos los que murieron antes de la Encarnación, y hacia abajo en profundidad hasta el lugar más hondo al que puede llegar un ser humano.
El Sheol, el Hades y la tradición del Sábado Pascual
El concepto de Sheol en la teología judía no es idéntico al infierno cristiano ni al Hades griego, aunque comparten familia. El Sheol es el lugar común de todos los muertos, el reino de las sombras, donde las almas existen pero sin la plenitud de la vida. No es un lugar de castigo sino de espera: la existencia atenuada de quienes ya no están entre los vivos.
La tradición cristiana más antigua, recogida ya en las cartas de Pedro y desarrollada por los Padres de la Iglesia, afirma que Cristo, en ese intervalo entre su muerte y su resurrección, descendió al Sheol y liberó a los justos del Antiguo Testamento: Adán y Eva, Abraham, Moisés, los patriarcas y profetas que habían vivido en la esperanza de una promesa que todavía no se había cumplido. Este momento ha recibido el nombre de Harrowing of Hell en la tradición anglosajona, y tiene una iconografía extraordinariamente rica en el arte cristiano oriental.
La iconografía ortodoxa representa este misterio con una imagen que no tiene equivalente en el arte occidental: Cristo, vestido de blanco resplandeciente, desciende a un abismo oscuro y toma de la mano a Adán y Eva para sacarlos del reino de los muertos. A su alrededor, las puertas del Sheol están rotas, los cerrojos destrozados, las cadenas partidas. Es la imagen de una victoria conquistada en el único lugar donde todavía no había llegado la luz.
La homilía antigua del Sábado Santo: «Hoy reina en la tierra un gran silencio»
Existe un texto de una antigüedad y una belleza extraordinarias que la liturgia de las Horas propone como lectura del Oficio de Lecturas del Sábado Santo. Su autor es desconocido, se atribuye a algún padre de la Iglesia del siglo II o III, sin que pueda precisarse más, pero lo que contiene es uno de los textos más poderosos de toda la tradición cristiana. Merece ser leído despacio.
«Hoy reina en la tierra un gran silencio, un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio, porque el Rey duerme. La tierra tembló y se estremeció, porque Dios se ha dormido en la carne y ha ido a despertar a los que dormían desde hacía siglos.»
El texto continúa con una escena de una audacia narrativa asombrosa: Cristo desciende al Sheol y encuentra a Adán, el primer hombre. Le toma de la mano y le habla. La homilía pone en boca de Cristo estas palabras, dirigidas a Adán y, a través de él, a toda la humanidad:
«Yo soy tu Dios, que por ti y por todos los que han de nacer de ti me he hecho tu hijo. Yo te mando que te despiertes, tú que duermes, porque no te he creado para que permanezcas prisionero en el abismo. Levántate de entre los muertos, porque soy la vida de los muertos.»
Este texto no es conocido por la mayoría de los católicos. No está en los misales de los fieles, no se proclama en la misa, que ese día no existe, y apenas tiene presencia en webs o publicaciones de espiritualidad en español. Y sin embargo, es uno de los documentos más reveladores de lo que la Iglesia primitiva entendía que estaba ocurriendo en el Sábado Santo: no un paréntesis vacío entre la muerte y la resurrección, sino el momento en que la victoria de Cristo alcanzaba su mayor profundidad.
La Vigilia Pascual: la noche más importante del año litúrgico
Cuando el sol se pone el Sábado Santo, el silencio del día se rompe de una manera que no tiene equivalente en ninguna otra celebración del año. La Vigilia Pascual, llamada popularmente Sábado de Gloria, es la celebración más antigua, más larga y más densa del calendario litúrgico cristiano. Se celebra en la oscuridad, comienza con fuego, atraviesa siglos de historia sagrada y termina con el primer aleluya del año.
La liturgia romana la llama «madre de todas las vigilias». Y no es una hipérbole: es la celebración desde la que todas las demás toman su sentido.
El fuego nuevo y el Pregón Pascual (Exsultet)
La Vigilia comienza fuera de la iglesia, en la oscuridad. El sacerdote bendice un fuego nuevo, encendido desde cero, sin aprovechar brasas del día anterior, y de él enciende el cirio pascual, que representa a Cristo resucitado, luz del mundo. La procesión entra en la iglesia oscura, y el diácono o el sacerdote canta tres veces, elevando el cirio: «Lumen Christi». La respuesta de los fieles: «Deo gratias». La luz se va propagando de cirio en cirio hasta que la iglesia entera queda iluminada.
Entonces comienza el Exsultet, el Pregón Pascual. Es uno de los textos más antiguos de la liturgia cristiana, su forma actual data del siglo VII, pero sus raíces son mucho más antiguas, y uno de los más hermosos. Es un canto de júbilo que proclama la victoria de la Pascua sobre la muerte, la noche y el pecado. Tiene una frase que la teología ha debatido durante siglos y que, una vez escuchada, no se olvida: «O felix culpa, quae talem ac tantum meruit habere Redemptorem». Oh feliz culpa, que mereció tener tal y tan grande Redentor.
La idea es audaz hasta el vértigo: sin el pecado original no habría habido Encarnación; sin la Encarnación no habría habido Redención; y la Redención es tan grande que, desde la perspectiva de la Pascua, la caída original puede llamarse felix, feliz, porque condujo a algo más alto que lo que se perdió. No es una justificación del mal. Es la afirmación de que Dios es capaz de escribir recto con renglones torcidos.
La liturgia de la Palabra: la historia de la salvación en una noche
Después del Exsultet, la Vigilia Pascual proclama hasta nueve lecturas del Antiguo y del Nuevo Testamento, separadas por salmos responsoriales. Es, en miniatura, la historia entera de la salvación: desde la creación del mundo en el Génesis hasta la promesa de un corazón nuevo en Ezequiel, pasando por el sacrificio de Abraham, el paso del Mar Rojo, la promesa de una alianza eterna en Isaías y la visión de Jeremías sobre una ley escrita en el corazón.
No se trata de una conferencia de historia bíblica. Se trata de que la comunidad que va a proclamar la Resurrección sepa desde dónde viene, qué promesas se han ido cumpliendo a lo largo de siglos, y en qué momento de una historia que comenzó en la creación se inserta la noche que están celebrando. La Pascua no es un acontecimiento aislado: es el cumplimiento de todo lo que vino antes.
El bautismo y la renovación de las promesas bautismales
La Vigilia Pascual es, desde los primeros siglos del cristianismo, la noche privilegiada para el bautismo de los adultos que han pasado el período de catecumenado. En la Iglesia primitiva, la mayor parte de los bautismos del año se celebraban en esta noche. Hoy, en muchas parroquias del mundo, siguen ingresando en la Iglesia en la Vigilia Pascual los catecúmenos que han completado su proceso de iniciación.
Tras la bendición del agua bautismal, en la que el sacerdote sumerge el cirio pascual en el agua en un gesto de una densidad simbólica enorme, todos los fieles renuevan sus promesas bautismales. Renuncian al pecado y profesan la fe. Es el momento en que la comunidad entera recuerda que ella también fue un día catecúmena, que también pasó por el agua, que también recibió la luz.
El primer aleluya: cuando el silencio se rompe
Hay un momento en la Vigilia Pascual que quienes lo han vivido con atención no olvidan. Después de días sin aleluya, suprimido desde el Miércoles de Ceniza, cuarenta y cinco días antes, el sacerdote entona por primera vez el canto de la Resurrección. El aleluya resuena en la iglesia después de un silencio que ha durado semanas.
El efecto no es solo emocional. Es teológico. El aleluya no es un canto bonito: es la proclamación de que algo ha ocurrido. Que el silencio del Sábado ha terminado. Que el sepulcro está vacío. Que la historia tiene un segundo acto que nadie, aquel primer sábado, podía haber previsto.
Sábado Santo tradicional vs. Sábado Santo moderno: el día que nadie sabe muy bien qué es
Si el Jueves Santo se ha convertido en el primer día de un puente y el Viernes Santo en una jornada de procesiones folklóricas, el Sábado Santo ocupa un lugar todavía más difuso en el imaginario contemporáneo. Es, simplemente, el día en que se hace la compra para el domingo, se preparan las maletas para el regreso o se busca la mesa en el restaurante. Un día sin nombre propio en la cultura secular.
La visión tradicional: duelo, ayuno y espera activa
En la tradición cristiana, el Sábado Santo era vivido como la prolongación del duelo del Viernes. El ayuno continuaba riguroso, sin excepciones para quienes tenían salud. Las iglesias permanecían cerradas o en silencio durante el día. No había música, no había campanas, no había actividad litúrgica ordinaria. La vida pública se detenía en la misma medida en que el Viernes Santo, y solo se reactivaba con el inicio de la Vigilia.
Ese silencio no era pasivo. Era lo que los maestros espirituales han llamado espera activa: el estado interior de quien sabe que algo va a ocurrir y se dispone a recibirlo. La preparación de los ungüentos por las mujeres que narra el evangelio de Lucas es la imagen perfecta de esa espera activa: hacer lo que hay que hacer, cumplir lo que corresponde cumplir, y confiar en que el resto no depende de uno.
La Vigilia Pascual, en su forma original y anterior a las reformas litúrgicas del siglo XX, se celebraba en la madrugada del domingo. Los fieles pasaban la noche entera en oración, lectura y espera, para que el primer aleluya coincidiera con el amanecer. Era una experiencia de una intensidad que las formas actuales, más accesibles pero también más abreviadas, difícilmente pueden igualar.
La visión moderna: el día de la compra, las maletas y el chocolate de Pascua
Para la mayoría de las personas en el mundo occidental contemporáneo, el Sábado Santo no existe como categoría. Es, simplemente, el sábado de Semana Santa: un día de descanso, de preparativos o de tránsito entre el final de las vacaciones y la vuelta a la rutina. El chocolate con forma de huevo o de conejo que llenará las mesas del domingo ya está comprado. Las procesiones han terminado. El fin de semana largo casi ha acabado.
Lo que se ha perdido en ese tránsito no es solo una devoción religiosa. Es algo más sutil: la capacidad de habitar el tiempo intermedio. De estar en el umbral sin necesidad de saltar hacia el siguiente momento. El Sábado Santo pide algo que la modernidad considera casi un defecto de carácter: la capacidad de esperar sin distracción, de sostener la incertidumbre sin resolverla prematuramente.
Por qué el Sábado Santo es el día más moderno de todos: vivir sin saber si hay resurrección
Hay un argumento paradójico y poderoso que convierte al Sábado Santo en el día más contemporáneo de los tres. El Jueves Santo presupone la fe en la Eucaristía. El Viernes Santo presupone la fe en el sentido del sufrimiento. El Sábado Santo no presupone nada: es el día de quien no sabe todavía, de quien todavía no ha visto, de quien espera sin certeza.
En este sentido, el Sábado Santo describe con una precisión asombrosa la experiencia espiritual de una gran parte del mundo contemporáneo: la de las personas que no saben si hay resurrección, que no tienen certeza de que la historia tenga un segundo acto, que viven en ese umbral entre la muerte que ya ocurrió, la pérdida, el fracaso, el dolor, y la esperanza que todavía no se ha verificado. Las personas que, en el lenguaje de la fe, están en el Sábado.
La diferencia entre el Sábado Santo vivido con fe y el Sábado Santo vivido sin ella no es tan grande como parece. En ambos casos, se trata de sostener la incertidumbre. De no huir hacia el domingo antes de tiempo. De permanecer junto al sepulcro, como María, sin la garantía de que algo va a cambiar, pero sin abandonar tampoco.
«El Sábado Santo es el día de los que esperan sin saber exactamente qué esperan. Y en eso, quizás, se parece más a la experiencia humana ordinaria que cualquier otro día del año litúrgico.»
La modernidad ha aprendido a saltarse el Sábado. A ir directamente del Viernes al Domingo, del dolor a la distracción, de la pérdida a la reconstrucción. Lo que el Sábado Santo propone es radicalmente distinto: quedarse. Dejar que el silencio haga su trabajo. No saber lo que vendrá, y esperar de todas formas.
Cómo vivir el Sábado Santo con verdadero sentido
No hay una liturgia diurna del Sábado Santo. No hay misa que asistir, no hay procesión que acompañar, no hay rito que cumplir durante el día. Eso, lejos de hacer el día más fácil de vivir, lo hace más exigente. Porque lo que el Sábado pide no es asistencia a un acto, sino una disposición interior que no se puede fabricar con un horario.
El ayuno del Sábado Santo: la única espera que el cuerpo puede hacer
La Iglesia mantiene la recomendación del ayuno para el Sábado Santo, aunque con menor obligatoriedad que el Viernes. Es una invitación, no una obligación canónica estricta. Pero la invitación tiene un sentido preciso: el cuerpo también puede esperar. El hambre voluntaria del Sábado Santo no es penitencia en sentido ordinario; es una forma de que el cuerpo se sume al estado interior de quien está en el umbral, de quien todavía no ha llegado a la mesa de la Pascua.
Hay algo muy antiguo en esta intuición. Las grandes esperas de la humanidad, el nacimiento de un hijo, el regreso de alguien amado, la resolución de una enfermedad, van acompañadas con frecuencia de una incapacidad para comer con normalidad. El cuerpo lo sabe antes que la mente: que hay momentos en que alimentarse de la manera ordinaria sería una incongruencia con lo que está ocurriendo por dentro.
La Vigilia Pascual como experiencia irrepetible
Si hay una sola cosa que el Sábado Santo pide con urgencia es esta: participar en la Vigilia Pascual. No como cumplimiento de una obligación, técnicamente, la Vigilia satisface el precepto dominical, sino como lo que es: la celebración más densa, más antigua y más completa del año litúrgico.
Una Vigilia Pascual bien celebrada, con el fuego encendido en la oscuridad, el Exsultet cantado con el tiempo que merece, las lecturas proclamadas sin prisa, el bautismo de los catecúmenos si los hay, y el primer aleluya resonando en una iglesia que llevaba semanas sin escucharlo, es una experiencia que no tiene equivalente en ningún otro momento del año. Es una de esas celebraciones de las que uno sale diferente de como entró, aunque no siempre sepa explicar por qué.
Una invitación: habitar la incertidumbre sin huir de ella
El Sábado Santo no pide certezas. No pide fe inquebrantable ni devoción consolidada. Pide algo más sencillo y más difícil al mismo tiempo: quedarse en el umbral. No huir hacia el domingo antes de que llegue. No llenar el silencio con ruido. Dejar que la espera haga lo que solo la espera puede hacer.
Hay una forma de rezar que es especialmente propia del Sábado Santo y que la tradición espiritual ha llamado la oración de la oscuridad: no la oración de quien ve con claridad y agradece, sino la de quien no ve nada y permanece de todas formas. La de María junto al sepulcro. La de los discípulos encerrados con el miedo. La de cualquier persona que ha conocido un Viernes Santo en su propia vida y todavía no sabe si habrá un Domingo.
Esa oración no requiere palabras. Requiere presencia. Quedarse. No irse. Y confiar, o intentar confiar, en que el silencio del Sábado no es el silencio del final, sino el silencio de justo antes del comienzo.
Preguntas frecuentes sobre el Sábado Santo
¿Qué se celebra el Sábado Santo?
El Sábado Santo es el día de la espera: el tiempo entre la muerte de Cristo en el Viernes Santo y su Resurrección en el Domingo de Pascua. La Iglesia guarda silencio y ayuno durante el día. No hay misa ni sacramentos. Por la noche, con la Vigilia Pascual, comienza ya la celebración de la Resurrección.
¿Sábado Santo y Sábado de Gloria son lo mismo?
No exactamente. El Sábado Santo es el día litúrgico completo de duelo y espera, desde el amanecer hasta el anochecer. El Sábado de Gloria es el nombre popular de la Vigilia Pascual, que comienza después de que el sol se ha puesto y pertenece ya, en el cómputo litúrgico, al Domingo de Resurrección. Son el mismo día de calendario pero dos realidades litúrgicas distintas: una de silencio y otra de aleluya.
¿Por qué no hay misa el Sábado Santo?
El Sábado Santo y el Viernes Santo son los dos únicos días del año en que la Iglesia Católica no celebra la Eucaristía durante el día. El motivo es teológico: Cristo está en el sepulcro. La misa actualiza la presencia viva de Cristo resucitado, y esa realidad todavía no ha ocurrido en la historia. La Iglesia espera. La única celebración del Sábado Santo es la Vigilia Pascual, que comienza después del anochecer.
¿Qué significa «descendió a los infiernos» en el Credo?
No se refiere al infierno de los condenados. La palabra traduce el término latino infernum y el griego Hades, que en la antigüedad designaban el lugar de todos los muertos, justos e injustos. La tradición cristiana enseña que Cristo, tras su muerte, descendió a ese lugar para hacer llegar la salvación a los justos que habían muerto antes de la Redención. Es el misterio del Sábado Santo: Cristo presente incluso en la muerte, incluso en el lugar más hondo de la experiencia humana.
¿Qué es el Exsultet o Pregón Pascual?
El Exsultet es el himno con el que comienza la Vigilia Pascual, cantado por el diácono o el sacerdote junto al cirio pascual recién encendido en la oscuridad de la iglesia. Es uno de los textos más antiguos y más hermosos de toda la liturgia cristiana, cuya forma actual data del siglo VII aunque sus raíces son anteriores. Proclama la victoria de Cristo sobre la muerte y la noche, y contiene una de las frases más audaces de la teología cristiana: O felix culpa —oh feliz culpa—, que mereció tener tal y tan grande Redentor.
