Evangelio del día

15 ABRIL
Miércoles de la II Semana de Pascua · Tiempo de Pascua
"Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna"
JUAN 3, 16

Hechos de los apóstoles 5, 17-26

En aquellos días, el sumo sacerdote y todos los suyos, que integran la secta de los saduceos, en un arrebato de celo, prendieron a los apóstoles y los metieron en la cárcel pública. Pero, por la noche, el ángel del Señor les abrió las puertas de la cárcel y los sacó fuera, diciéndoles:
«Marchaos y, cuando lleguéis al templo, explicad al pueblo todas estas palabras de vida».

Entonces ellos, al oírlo, entraron en el templo al amanecer y se pusieron a enseñar. Llegó entre tanto el sumo sacerdote con todos los suyos, convocaron el Sanedrín y el pleno de los ancianos de los hijos de Israel, y mandaron a la prisión para que los trajesen. Fueron los guardias, no los encontraron en la cárcel, y volvieron a informar, diciendo:
«Hemos encontrado la prisión cerrada con toda seguridad, y a los centinelas en pie a las puertas; pero, al abrir, no encontramos a nadie dentro».

Al oír estas palabras, ni el jefe de la guardia del templo ni los sumos sacerdotes atinaban a explicarse qué había pasado. Uno se presentó, avisando:
«Mirad, los hombres que metisteis en la cárcel están en el templo, enseñando al pueblo».

Entonces el jefe salió con los guardias y se los trajo, sin emplear la fuerza, por miedo a que el pueblo los apedrease.

Salmo 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9 R/.

El afligido invocó al Señor, y él lo escuchó

Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. R/.

Proclamad conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias. R/.

Contempladlo, y quedaréis radiantes,
vuestro rostro no se avergonzará.
El afligido invocó al Señor,
él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. R/.

El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles
y los protege.
Gustad y ved qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a él. R/.

Evangelio del día – Juan 3, 16-21

Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.

El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios.

Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal detesta la luz, y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras.

En cambio, el que obra la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.

Reflexión del evangelio del 15 de abril

Juan 3, 16 ha sido tan citado, tan impreso en camisetas y pancartas, tan usado como resumen del evangelio, que ha terminado por perder parte de su densidad. Recuperarla requiere leerlo despacio y en su contexto: viene después del diálogo con Nicodemo, después de la imagen de la serpiente elevada, y es la respuesta a la pregunta implícita de por qué el Hijo del hombre tiene que ser elevado. La respuesta es el amor de Dios al mundo. No una doctrina sobre la expiación, no un sistema jurídico de compensación: un amor que entrega lo más propio para que el mundo no perezca.

La modernidad sentimental tiende a quedarse en la primera parte del versículo y a suavizar lo que viene después. Un Dios que ama al mundo y quiere que todos se salven resulta cómodo. Un Dios cuyo amor implica la posibilidad real del juicio, de la preferencia por la tiniebla, de la elección definitiva contra la luz, resulta más difícil de integrar en una sensibilidad que valora por encima de todo la inclusividad y la ausencia de consecuencias. Pero el texto de Juan no permite esa lectura selectiva: el amor y el juicio están en el mismo párrafo, son las dos caras de la misma realidad. Precisamente porque el amor es real, el rechazo tiene peso.

La distinción que el texto hace entre acercarse a la luz y huir de ella tiene también una dimensión muy concreta en la vida ordinaria. La oscuridad que protege las obras malas no es solo la de los crímenes evidentes: es también la de las medias verdades que preferimos no examinar, las incoherencias que funcionan mientras no se ponen a la luz, las decisiones que se toman en el espacio donde nadie mira. Obrar la verdad, en el lenguaje de Juan, no es solo evitar el mal: es vivir de tal modo que la luz no sea una amenaza sino una confirmación.

¿Qué nos enseña el evangelio del 15 de abril?

El amor de Dios no es una idea sino una entrega. Juan no dice que Dios aprecia al mundo ni que le desea lo mejor: dice que entregó al Unigénito. El amor cristiano, en todos sus niveles, tiene esa forma: no es un sentimiento que se declara sino una entrega que se verifica en lo que cuesta. La pregunta que este versículo deja en la vida ordinaria no es si uno se siente amado por Dios, sino si ha entendido hasta dónde llega ese amor y si eso cambia algo en la manera de amar a los demás.

La fe no es credulidad sino apertura a la luz. Creer en el Hijo, en el lenguaje de Juan, no es suscribir una proposición doctrinal: es acercarse a la luz, es querer ser visto, es no tener obras que esconder. La fe y la coherencia moral están unidas en este texto de un modo que no permite separarlas. Quien dice creer y al mismo tiempo vive refugiado en la oscuridad de lo que no quiere que se vea está en la situación que el texto describe como ya juzgado, no por sentencia ajena sino por elección propia.

El juicio no es lo que Dios quiere: es lo que el hombre elige. Esta distinción tiene consecuencias para la imagen de Dios que se transmite y para la manera de hablar de él. Dios no busca condenar: busca salvar. Pero la salvación requiere recibir la luz, y esa recepción no es automática. Presentar a Dios solo como el que ama sin mencionar el peso de la libertad humana es una reducción que el texto no permite. Y presentarlo solo como juez sin mencionar que su propósito es la salvación es otra reducción igualmente falsa. Juan los mantiene juntos, y la tradición católica ha insistido siempre en hacer lo mismo.

Oración

Dios que tanto amaste al mundo que entregaste lo que más era tuyo: haznos capaces de recibir esa entrega, de no cerrar la mano cuando se nos ofrece, de no preferir la oscuridad porque en ella nuestras obras se ven menos. Acércanos a la luz, aunque cueste ser vistos, aunque lo que la luz muestre nos pida cambiar. Que obremos la verdad y no temamos que se vea. Amén.