Era obispo de la capital del Imperio persa. Cuando el rey le exigió cobrar un doble impuesto a sus fieles empobrecidos, se negó. Lo encerraron. Un Viernes Santo degollaron ante sus ojos a más de cien obispos y sacerdotes, animándoles él mientras caían. El último fue él.
San Simeón Bar Sabas Persia, fecha de nacimiento desconocida — Seleucia-Ctesifonte (Imperio sasánida), Viernes Santo de 341 Obispo de Seleucia-Ctesifonte, mártir Festividad: 17 de abril
El santoral católico del 17 de abril recuerda a un hombre cuya historia tiene lugar en un escenario que el mundo occidental conoce poco y que sin embargo resulta crucial para comprender la historia del cristianismo primitivo: la Persia del Imperio sasánida, en el siglo IV, donde la Iglesia del Este había echado raíces profundas entre una población sometida a un poder político que adoraba al sol y consideraba el cristianismo, como mínimo, sospechoso de connivencia con el enemigo romano.
Simeón se llamaba Bar Sabas, que en arameo significa «hijo del batanero». Fue obispo de Seleucia-Ctesifonte, las ciudades gemelas sobre el Tigris que eran la capital del Imperio persa, y dirigente de facto de la Iglesia del Oriente en los años más duros de la persecución de Sapor II. Murió el Viernes Santo del año 341, degollado con más de cien compañeros en una ejecución en masa que él mismo presenció desde el principio hasta el final, animando a sus hermanos mientras caían, esperando el último lugar para sí. La crónica de su martirio es una de las más detalladas y más antiguas del período sasánida, recogida ya en el Breviario Sirio del año 412.
Su historia es también un espejo incómodo para la modernidad: muestra una Iglesia que existía y florecía fuera de Europa mucho antes de que Europa fuera cristiana, sometida a una persecución política de una brutalidad que el historiador Sozomeno estimó en decenas de miles de muertos, y que hoy llamaríamos sin dudarlo genocidio. Que esa Iglesia haya sobrevivido tiene mucho que ver con hombres como Simeón.
Para entender a Simeón hay que entender primero el mundo en que vivió. El Imperio sasánida del siglo IV era una de las grandes potencias de la Antigüedad tardía, rival secular del Imperio romano en el control del corredor mesopotámico. Su religión oficial era el zoroastrismo, que veneraba el fuego sagrado y consideraba el sol como manifestación de la divinidad. Los cristianos, que se negaban a rendir culto al sol y que tenían vínculos culturales y teológicos con el mundo romano, eran vistos con una desconfianza que en determinados momentos políticos se convertía en persecución abierta.
El año 313 había cambiado todo al oeste del Imperio romano: el Edicto de Milán concedió la libertad religiosa a los cristianos, y Constantino comenzó el proceso que culminaría en la adopción del cristianismo como religión imperial. Para los sasánidas, ese giro fue una señal de alarma: sus súbditos cristianos pasaban a ser potenciales simpatizantes del enemigo. La guerra romana-persa que estalló en 337, el mismo año en que murió Constantino, acabó de echar la leña necesaria. Para Sapor II, los cristianos de Persia eran una quinta columna. La persecución que desencadenó a partir de 340 fue, en ese sentido, tanto política como religiosa.
La Iglesia del Este, que tenía su centro precisamente en Seleucia-Ctesifonte, la capital persa, pagó el precio más alto. Simeón era su cabeza visible.
Simeón había sido nombrado obispo de Seleucia-Ctesifonte en 324, tras un período de cierta inestabilidad en la sede. Su episcopado transcurrió durante años de relativa paz, en los que la comunidad cristiana de Persia había podido organizarse y crecer. Pero en 340, con la guerra contra Roma en marcha y la desconfianza hacia los cristianos en su punto más alto, Sapor II tomó dos medidas que equivalían a una declaración de guerra religiosa: duplicó el impuesto sobre todos los cristianos del Imperio y ordenó el cierre de todos los lugares de culto.
La primera medida tenía una lógica política reconocible: los cristianos debían financiar al doble el esfuerzo de guerra contra el Imperio que los protegía. Era también, evidentemente, una medida punitiva y estigmatizadora. Para Simeón, que conocía la pobreza de la mayor parte de sus fieles, cobrar ese impuesto era materialmente imposible y moralmente insostenible. Se negó.
Conducido ante el rey, no se postró. Era el gesto protocolar que el ceremonial sasánida exigía, y negarlo equivalía a una afrenta pública al soberano. Tampoco adoró al dios Sol. Esas dos negativas, una de protocolo y otra de fe, le costaron el arresto inmediato. Con él encarcelaron a más de un centenar de personas: obispos, sacerdotes y miembros de diversas órdenes religiosas. Comenzó entonces un período de prisión que las fuentes no cuantifican con precisión pero que duró el tiempo suficiente para que el proceso llegara a su conclusión el siguiente Viernes Santo.
Antes de la ejecución, desde la prisión, Simeón escribió al rey una carta que una de las fuentes ha conservado en su sentido si no en su letra exacta: «Cristo se ha libremente ofrecido a la muerte para la salvación del mundo entero. ¿Por qué tendré que temer yo de dar la vida por el pueblo, por cuya salvación he dedicado mi trabajo?» No era una declaración de insolencia sino de coherencia: el obispo cristiano que no está dispuesto a morir por su grey no merece el título.
El Viernes Santo del año 341, en la capital del Imperio persa, comenzó la ejecución. El procedimiento fue calculado para resultar lo más devastador posible: Simeón fue colocado de manera que pudiera ver cómo degollaban a cada uno de sus compañeros, uno por uno, mientras él los animaba. Las fuentes recogen que los exhortó mientras caían, que no apartó la mirada, que sostuvo su propia presencia como un último servicio pastoral a quienes estaban muriendo.
Cuando todos hubieron caído, le llegó su turno. Fue el último en morir.
Las ediciones antiguas del Martirologio Romano recogían los nombres de algunos de los compañeros: los sacerdotes Abdhaykla y Hananya, el oficial real Pusayk. La cifra total varía según las fuentes entre un centenar y varios centenares. El historiador Sozomeno del siglo V habló de dieciséis mil mártires durante todo el reinado de Sapor II, y el historiador árabe Al-Masudi del siglo X elevó esa cifra, en términos que algunos modernos califican de genocidio, a doscientos mil.
El Martirologio Romano dedica una mención separada a uno de los compañeros más singulares de este martirio: Ustazades, eunuco del palacio real y, lo que lo hace especialmente significativo, padrino del propio rey Sapor II. Ustazades había sido cristiano de formación y en algún momento, bajo presión o por conveniencia, había cedido y adorado al sol. Era el tipo de apostasía que la persecución producía con regularidad entre los que tenían más que perder.
Simeón lo encontró en ese estado y lo reprendió con la firmeza que la situación requería. Ustazades se arrepintió, recuperó su fe y decidió confesar públicamente el cristianismo, sabiendo exactamente lo que eso le costaría. Fue martirizado poco después, en el palacio del hermano del rey, en la provincia de Adiabena. Su historia tiene la estructura clásica de la reconversión: la apostasía bajo presión, la vergüenza reconocida, la restitución que cuesta todo.
La coincidencia de que fuera el padrino del rey Sapor II añade una capa de ironía histórica que las fuentes no elaboran pero que resulta evidente: el hombre que el rey consideraba suficientemente de confianza como para ejercer de padrino en su ceremonia religiosa fue ejecutado por su propia fe en el Dios que el rey perseguía.
Hay algo en la historia de Simeón Bar Sabas que merece ser dicho con claridad, porque la hagiografía occidental lo suele omitir: él era el pastor de una Iglesia que no era latina, no era griega, no era romana. Era la Iglesia del Este, que hablaba arameo y siríaco, que se había formado en Mesopotamia y Persia, y que tenía raíces apostólicas directas que sus propias tradiciones hacían remontar a Tomás y a Tadeo. Era una Iglesia que en el siglo IV era ya más antigua en esas tierras de lo que el cristianismo era en muchos rincones de Europa.
Esa Iglesia pagó un precio en sangre durante la persecución de Sapor II que ninguna persecución romana igualó en cifras absolutas. Y sin embargo su nombre apenas aparece en la historia del martirio cristiano que se enseña en Occidente, porque el Occidente tiende a identificar «la Iglesia» con la que se organizó en torno a Roma, Constantinopla y Alejandría. La historia de Simeón es también, en ese sentido, una corrección geográfica a un relato que tiende a olvidar que el Evangelio llegó al este antes de llegar al oeste, y que los que murieron por él en Persia merecen el mismo reconocimiento que los que murieron en Roma o en Lyon.
El martirio de Simeón Bar Sabas comenzó, técnicamente, cuando se negó a cobrar un impuesto injusto. No con un gesto teológico ni con una declaración de fe sino con una decisión administrativa: no voy a cobrar esto a mi gente porque no pueden pagarlo y porque no debo hacerlo. Esa negativa inicial, puramente práctica, fue el primer eslabón de una cadena que terminó con su decapitación.
La lección que eso contiene no es heroica en el sentido habitual sino mucho más doméstica: la fidelidad a la fe se prueba con frecuencia no en gestos grandilocuentes sino en decisiones pequeñas y concretas en las que la presión del poder pide una concesión que parece razonable. Sapor II no le pidió a Simeón que abjurara del cristianismo en primera instancia: le pidió que cobrara un impuesto. La escalada de lo que se pide es una dinámica que la historia del poder conoce bien.
La persecución de Sapor II recuerda también algo que la comodidad del presente hace difícil de calibrar: que la libertad religiosa no es el estado natural de las cosas sino una conquista frágil que puede romperse en cualquier momento en que los intereses políticos del poder la encuentren incómoda. Los dieciséis mil mártires persas del siglo IV, o los doscientos mil que mencionan otras fuentes, no murieron en un momento de barbarie primitiva: murieron en el seno de uno de los imperios más sofisticados de su época, administrado por una burocracia competente y sustentado por una teología elaborada. La sofisticación de un sistema no garantiza su justicia.
La primera forma de resistencia es negarse a hacer lo injusto, aunque parezca pequeño. Simeón no comenzó declarando que moriría por la fe: comenzó negándose a cobrar un impuesto que sus fieles no podían pagar. La fidelidad a los principios raramente se prueba en un único gesto dramático sino en una serie de negativas cotidianas a lo que el poder pide que se normalice. Para quien vive situaciones de presión institucional o laboral para actuar contra su conciencia, la cadena que llevó a Simeón del impuesto al cadalso es un mapa reconocible.
Morir el último, viendo morir a los demás, puede ser el martirio más duro. Simeón no murió en el primer golpe. Estuvo presente en la ejecución de cada uno de sus compañeros, animándolos mientras caían. Esa dimensión de su martirio, la de quien acompaña la muerte de los suyos antes de enfrentar la propia, no tiene el brillo de la muerte instantánea pero requiere una calidad de fe que pocas situaciones ponen a prueba. Para quien acompaña a moribundos, o que vive largos procesos de pérdida antes de la propia, su figura ofrece un referente concreto.
La Iglesia es más grande que el mundo que conocemos. Simeón era el pastor de una Iglesia que la historia occidental ha marginalizado sistemáticamente, aunque tenga raíces tan antiguas o más que la Iglesia de Roma. Reconocer que el martirio de los primeros siglos no fue solo europeo, sino también mesopotámico, persa, armenio y etíope, es un acto de justicia histórica y de catolicidad real. La Iglesia que murió en Seleucia-Ctesifonte en 341 era la misma que celebraba la Eucaristía en Roma: el cuerpo de Cristo no tiene fronteras geográficas, aunque la historia las haya trazado con demasiada frecuencia.
San Simeón, hijo del batanero y obispo de los más grandes, tú que te negaste a cargar a tus pobres con lo que el poder reclamaba y pagaste ese gesto con la vida, pide para nosotros la fortaleza de las decisiones pequeñas que no ceden aunque el precio suba. Intercede por los cristianos que hoy viven en territorios donde la fe cuesta lo que te costó a ti, para que no se sientan solos ni olvidados por una Iglesia que a veces mira demasiado hacia Occidente. Obtennos la serenidad de quien acompaña la muerte de los suyos sin apartar la mirada, y la fe que hace posible esperar el último lugar con la misma paz con que se espera el primero. Amén.
Otros santos del 17 de Abril