"Quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y ha pasado ya de la muerte a la vida."
8 Así dijo Jehová: En tiempo aceptable te oí, y en el día de salvación te ayudé; y te guardaré, y te daré por pacto al pueblo, para que restaures la tierra, para que heredes asoladas heredades;
9 para que digas a los presos: Salid; y a los que están en tinieblas: Mostraos. En los caminos serán apacentados, y en todas las alturas tendrán sus pastos.
10 No tendrán hambre ni sed, ni el calor ni el sol los afligirá; porque el que tiene de ellos misericordia los guiará, y los conducirá a manantiales de aguas.
11 Y convertiré en camino todos mis montes, y mis calzadas serán levantadas.
12 He aquí estos vendrán de lejos; y he aquí estos del norte y del occidente, y estos de la tierra de Sinim.
13 Cantad alabanzas, oh cielos, y alégrate, tierra; y prorrumpid en alabanzas, oh montes; porque Jehová ha consolado a su pueblo, y de sus pobres tendrá misericordia.
14 Pero Sion dijo: Me dejó Jehová, y el Señor se olvidó de mí.
15 ¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque olvide ella, yo nunca me olvidaré de ti.
El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas. R/.
El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan. R/.
El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones.
Cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente. R/.
17 Y Jesús les respondió: Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo.
18 Por esto los judíos aún más procuraban matarle, porque no solo quebrantaba el día de reposo, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios.
19 Respondió entonces Jesús, y les dijo: De cierto, de cierto os digo: No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente.
20 Porque el Padre ama al Hijo, y le muestra todas las cosas que él hace; y mayores obras que estas le mostrará, de modo que vosotros os maravilléis.
21 Porque como el Padre levanta a los muertos, y les da vida, así también el Hijo a los que quiere da vida.
22 Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo,
23 para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que le envió.
24 De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida.
25 De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que la oyeren vivirán.
26 Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo;
27 y también le dio autoridad de hacer juicio, por cuanto es el Hijo del Hombre.
28 No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz;
29 y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación.
30 No puedo yo hacer nada por mí mismo; según oigo, así juzgo; y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió, la del Padre.
Hay una palabra que la modernidad ha convertido en su valor supremo: autonomía. Ser autónomo significa no depender de nadie, no recibir la ley de ninguna fuente exterior, darse a uno mismo las propias normas. Es el ideal ilustrado llevado a su conclusión lógica: el individuo soberano que se construye a sí mismo desde cero.
El evangelio de hoy lo contradice de raíz. Y lo hace de la manera más radical posible: poniéndolo en boca del propio Hijo de Dios.
«El Hijo no puede hacer nada por su cuenta.»
Si hay alguien en la historia que podría legítimamente reclamar autonomía absoluta es precisamente el Hijo de Dios. Y sin embargo, Él mismo declara que su grandeza no consiste en actuar independientemente del Padre sino en perfecta consonancia con Él. No como sumisión forzada sino como amor que ha encontrado su forma natural.
Aquí está el error de fondo de la modernidad: confunde la dependencia con la degradación. Asume que recibir — la vida, la norma, la identidad, la misión — de una fuente que te precede y te supera es humillante. Que la verdadera grandeza solo puede ser autofundada.
La tradición católica, siguiendo este evangelio, enseña exactamente lo contrario: la criatura más perfecta es la que más plenamente realiza lo que fue hecha para ser. Y ningún ser fue hecho para bastarse a sí mismo. Ni el hombre. Ni siquiera, en el misterio de la Trinidad, el Hijo.
La modernidad también tiene una relación conflictiva con el juicio. Por un lado lo rechaza en nombre de la tolerancia — no juzgues, todo es relativo, cada uno tiene su verdad. Por otro lo ejerce con una intensidad feroz en las redes sociales, en la cultura de la cancelación, en el tribunal permanente de la opinión pública.
El resultado es una cultura que niega el juicio como categoría moral y lo practica sin misericordia como categoría social.
El evangelio de hoy habla de un juicio radicalmente diferente. Jesús no juzga buscando su propia voluntad sino la del Padre. No juzga para condenar — en otro lugar Juan recuerda que no vino al mundo para juzgarlo sino para salvarlo — sino para discernir, para separar la vida de la muerte, el bien del mal, lo que construye de lo que destruye.
Y ese juicio tiene una característica que lo distingue de todos los juicios humanos: es justo porque no parte del interés propio. «Mi juicio es justo porque no busco mi voluntad.» Todo juicio humano, incluido el más bienintencionado, está contaminado por el interés, el miedo, el amor propio. El único juicio absolutamente limpio es el de quien no tiene nada que ganar ni que perder.
La tradición siempre supo que esto era un consuelo enorme para el afligido y una advertencia seria para el poderoso. Hoy, en una cultura donde la justicia se ha convertido en una herramienta de poder para quien sabe usarla mejor, ese recordatorio es más necesario que nunca.
La frase más asombrosa del texto no habla del futuro. Habla del presente.
«Quien escucha mi palabra y cree al que me envió posee la vida eterna y ha pasado ya de la muerte a la vida.»
No: pasará en el futuro. No: tendrá esperanza de pasar. Ha pasado ya. El creyente no espera la vida eterna como algo que llegará después de la muerte — ya la posee, ya ha cruzado el umbral, ya está del otro lado aunque su cuerpo siga aquí.
La modernidad vive anclada en el presente inmediato y en un futuro que gestiona con planificación y tecnología. La muerte es el final, el fracaso definitivo del proyecto humano, algo que hay que aplazar lo máximo posible y después, en lo posible, no mencionar. Las sociedades secularizadas son las que menos hablan de la muerte y las más angustiadas por ella.
La tradición, con su liturgia de difuntos, sus cementerios dentro de las iglesias, su devoción a los santos que ya están al otro lado, ha mantenido siempre una relación honesta con la muerte precisamente porque no la teme como el final. La teme como umbral — que es muy distinto. Y el creyente que ha escuchado la palabra de Jesús y ha creído ya lo ha cruzado, al menos en su raíz más profunda.
Eso cambia todo: la forma de vivir, la forma de sufrir, la forma de acompañar a los que mueren. Una fe que ha pasado ya de la muerte a la vida no necesita anestesiarse con entretenimiento perpetuo para no pensar en lo que viene. Puede mirarlo de frente. Y no temblar.
Señor Jesús, que siendo Hijo
no quisiste actuar por tu cuenta
sino siempre en el Padre y desde el Padre,
enséñanos que la verdadera libertad
no es la independencia sino la filiación.
Que aprendamos a escuchar tu palabra
no como una carga sino como el paso
que nos lleva de la muerte a la vida.
Y cuando el mundo nos diga que
bastarnos a nosotros mismos es
la única dignidad posible,
recuérdanos que tú,
que eres Dios,
encontraste tu grandeza
en hacer la voluntad del que te envió.
Amén.