Evangelio del día

21 ABRIL
Martes de la III Semana de Pascua · Tiempo de Pascua
"Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás"
JUAN 6, 35

Hechos de los apóstoles 7, 51 — 8, 1a

En aquellos días, dijo Esteban al pueblo y a los ancianos y escribas:
«¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo, lo mismo que vuestros padres. ¿Hubo un profeta que vuestros padres no persiguieran? Ellos mataron a los que anunciaban la venida del Justo, y ahora vosotros lo habéis traicionado y asesinado; recibisteis la ley por mediación de ángeles y no la habéis observado».

Oyendo sus palabras se recomían en sus corazones y rechinaban los dientes de rabia. Esteban, lleno de Espíritu Santo, fijando la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios, y dijo:
«Veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios».

Dando un grito estentóreo, se taparon los oídos; y, como un solo hombre, se abalanzaron sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo. Los testigos dejaron sus capas a los pies de un joven llamado Saulo y se pusieron a apedrear a Esteban, que repetía esta invocación:
«Señor Jesús, recibe mi espíritu».

Luego, cayendo de rodillas y clamando con voz potente, dijo:
«Señor, no les tengas en cuenta este pecado».

Y, con estas palabras, murió.

Saulo aprobaba su ejecución.

Salmo 30. 3cd-4. 6 y 7b y 8a. 17 y 21ab R/.

A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu

Sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;
por tu nombre dirígeme y guíame. R/.

A tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás.
Yo confío en el Señor.
Tu misericordia sea mi gozo y mi alegría. R/.

Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.
En el asilo de tu presencia los escondes
de las conjuras humanas. R/.

Evangelio del día – Juan 6, 30-35

En aquel tiempo, el gentío dijo a Jesús:
«¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Pan del cielo les dio a comer”».

Jesús les replicó:
«En verdad, en verdad os digo: no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo».

Entonces le dijeron:
«Señor, danos siempre de este pan».

Jesús les contestó:
«Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás».

Reflexión del evangelio del 21 de abril

La declaración «yo soy el pan de vida» es la más eucarística del evangelio de Juan antes de la institución, y la tradición la ha leído siempre en ese clave. Pero tiene también una dimensión que va más allá de la Eucaristía entendida como rito: habla del hambre humana en toda su extensión y de la única realidad que puede saciarla de manera definitiva.

La modernidad ha propuesto una serie de respuestas al hambre humana que son, en el lenguaje del texto de ayer, pan que perece. No porque sean falsas sino porque no duran: la saciedad que producen es real pero provisional, y el hambre vuelve. La tradición católica no ha negado la legitimidad de esas formas de saciedad parcial: ha insistido en que no son el destino sino el camino, y que el destino es una persona, no una experiencia ni un estado. «Yo soy el pan»: no una doctrina, no un sistema, no un conjunto de prácticas. Una persona que dice yo.

El martirio de Esteban, que hemos leído en la primera lectura, es también una verificación de esta afirmación. Esteban no muere defendiendo una idea religiosa ni una tradición cultural: muere viendo al Hijo del hombre de pie a la derecha del Padre, llamándolo por su nombre, encomendándole el espíritu. El pan de vida no es una metáfora consoladora: es lo que sostiene a un hombre mientras lo apedrean y le permite pedir perdón por los que lo matan. Eso no lo hace ningún pan que perece.

¿Qué nos enseña el evangelio del 21 de abril?

El hambre que no se sacia con nada finito es una señal, no un defecto. La multitud pide un pan que dure siempre y no sabe exactamente lo que está pidiendo. Ese deseo de saciedad definitiva que ningún bien temporal satisface del todo no es una anomalía psicológica: es la huella del destino para el que el hombre está hecho. Reconocerlo como tal, en lugar de intentar callarlo con sucesivas saciaciones provisionales, es el primer movimiento hacia el pan de vida que Jesús ofrece.

«Yo soy»: la fe cristiana no es adhesión a un sistema sino encuentro con una persona. Jesús no dice: aquí está el pan, tómalo. Dice: yo soy el pan. La diferencia es decisiva. Una doctrina se aprende, se aplica, se puede poseer. Una persona se encuentra, se trata, se conoce progresivamente, y nunca se termina de conocer. La vida cristiana no es la administración de un conjunto de verdades adquiridas: es una relación con alguien que dice yo soy y que espera que uno venga y crea.

Venir y creer son los dos movimientos de la fe. Jesús distingue entre el que viene a él y el que cree en él, y los pone en paralelo como si fueran dos aspectos del mismo acto. Venir tiene algo de movimiento concreto, de decisión que se toma con el cuerpo: la oración, los sacramentos, la comunidad. Creer tiene algo de entrega interior que no se puede forzar ni fabricar. La fe que se reduce a práctica externa sin creer de verdad es vacía; la que dice creer sin ningún movimiento concreto hacia él tampoco es la que Jesús describe. Los dos juntos son el camino al pan que no deja hambre.

Oración

Señor, pan de vida, que sabes el nombre de nuestra hambre mejor que nosotros mismos: no nos dejes conformarnos con lo que sacia un momento y vuelve a dejar vacío. Enséñanos a venir a ti con todo el peso de lo que nos falta, a creer en ti con toda la inteligencia y el corazón que tenemos. Que la misma confianza que sostuvo a Esteban mientras caían las piedras nos sostenga a nosotros en los días en que el hambre vuelve y no sabemos a quién pedírselo. Amén.