Evangelio del día

22 MARZO
V Domingo de Cuaresma
"Juan 11, 25"
YO SOY LA RESURRECCIóN Y LA VIDA: EL QUE CREE EN Mí, AUNQUE HAYA MUERTO, VIVIRá.

Ezequiel 37, 12-14

Esto dice el Señor Dios:
«Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de ellos, pueblo mío, y os llevaré a la tierra de Israel.

Y cuando abra vuestros sepulcros y os saque de ellos, pueblo mío, comprenderéis que soy el Señor.

Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis; os estableceré en vuestra tierra y comprenderéis que yo, el Señor, lo digo y lo hago -oráculo del Señor-».

Salmo 129, 1-2. 3-4ab. 4c-6. 7-8 R/.

Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa

Desde lo hondo a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz,
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica. R/.

Si llevas cuentas de los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes respeto. R/.

Mi alma espera en el Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.
Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora. R/.

Porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos. R/.

Romanos 8, 8-11

Hermanos:

Los que viven sujetos a la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis sujetos a la carne, sino al espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo.

Pues bien, si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justificación obtenida. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.

San Juan 11, 3-7. 17. 20-27. 33-45

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro le mandaron recado a Jesús diciendo:
«Señor, el que tú amas está enfermo».

Jesús, al oírlo, dijo:
«Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».

Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba.

Solo entonces dijo a sus discípulos:
«Vamos otra vez a Judea».

Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa.

Y dijo Marta a Jesús:
«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».

Jesús le dijo:
«Tu hermano resucitará».

Marta respondió:
«Sé que resucitará en la resurrección en el último día».

Jesús le dijo:
«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».

Ella le contestó:
«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».

Jesús se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó:
«¿Dónde lo habéis enterrado?».

Le contestaron:
«Señor, ven a verlo».

Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
«¡Cómo lo quería!».

Pero algunos dijeron:
«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?».

Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús:
«Quitad la losa».

Marta, la hermana del muerto, le dijo:
«Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días».

Jesús le replicó:
«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»

Entonces quitaron la losa.

Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
«Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado».

Y dicho esto, gritó con voz potente:
«Lázaro, sal afuera».

El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo:
«Desatadlo y dejadlo andar».

Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Reflexión del evangelio del 22 de marzo

La modernidad tiene una relación con la muerte que oscila entre dos extremos igualmente insatisfactorios: la negación total — la industria del antienvejecimiento, el tabú social que la rodea — y la estetización, que la convierte en contenido de entretenimiento o dato estadístico.

Lo que no sabe hacer es mirarla de frente, con nombre y apellidos, en el cuerpo de alguien amado, sin anestesia.

La tradición católica lo ha hecho durante dos mil años. El réquiem, el rosario de difuntos, la misa de cuerpo presente, el duelo con sus tiempos y sus ritos. Todo eso que la modernidad llama morboso es en realidad una pedagogía de la realidad: la muerte existe, duele, y no es el final.

Jesús no evitó la tumba de Lázaro. Fue hasta ella. Pidió que quitaran la losa. Y lloró antes de actuar. Esa secuencia — mirar, acercarse, emocionarse, actuar — es exactamente lo contrario de cómo la cultura contemporánea gestiona el dolor: mirar hacia otro lado, distanciarse, anestesiarse, seguir adelante.

Hay además algo en el final del relato que merece atención: Lázaro sale de la tumba vivo pero atado. Las vendas siguen en su lugar. Y Jesús no lo desata él mismo — se lo encarga a los que están alrededor. La resurrección la hace Dios solo. Pero liberar al resucitado de los lazos que aún lo aprisionan es tarea de la comunidad. Eso es la Iglesia en su sentido más concreto.

¿Qué nos enseña el evangelio del 22 de marzo?

El «pero aún ahora» de Marta. La fe no es la ausencia de dolor sino la capacidad de sostener ambas cosas a la vez: el golpe real y la confianza que no capitula. Cuando algo se derrumba en nuestra vida — una pérdida, una decepción, una enfermedad — la pregunta no es si tenemos derecho a sentir el golpe. Lo tenemos. La pregunta es si después del golpe somos capaces de añadir ese «pero aún ahora.» No siempre se puede de inmediato. Pero es hacia donde apunta la fe adulta.

Dios llora. Jesús se echa a llorar ante la tumba de su amigo. Eso significa que el dolor humano no le es indiferente, que no mira el sufrimiento desde una distancia olímpica. Para quien atraviesa un momento de pérdida o de oscuridad, este detalle del evangelio es más consolador que cualquier argumento teológico: Dios no solo conoce tu dolor — lo comparte.

La resurrección empieza hoy. «Ha pasado ya de la muerte a la vida» — en presente, no en futuro. La vida eterna no es solo lo que viene después sino lo que empieza ahora en quien cree. Eso cambia radicalmente la forma de vivir el día a día: no como una cuenta atrás hacia la muerte sino como el despliegue progresivo de una vida que ya no tiene final.

Oración

Señor, que lloraste ante la tumba de tu amigo y la vaciaste con una sola palabra, enséñanos a mirar la muerte de frente sin negarla y sin temerla como el final.

Cuando estemos ante nuestras propias tumbas danos el «pero aún ahora» de Marta: el dolor honesto y la fe que no capitula.

Y manda a quienes nos rodean que nos desaten, para que podamos andar.

Amén.