Evangelio del día

23 ABRIL
Jueves de la III Semana de Pascua · Tiempo de Pascua
"Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre"
JUAN 6, 51

Hechos de los apóstoles 8, 26-40

En aquellos días, un ángel del Señor habló a Felipe y le dijo:
«Levántate y marcha hacia el sur, por el camino de Jerusalén a Gaza, que está desierto».

Se levantó, se puso en camino y, de pronto, vio venir a un etíope; era un eunuco, ministro de Candaces, reina de Etiopía e intendente del tesoro, que había ido a Jerusalén para adorar. Iba de vuelta, sentado en su carroza, leyendo al profeta Isaías.

El Espíritu dijo a Felipe:
«Acércate y pégate a la carroza».

Felipe se acercó corriendo, le oyó leer el profeta Isaías, y le preguntó:
«¿Entiendes lo que estás leyendo?».

Contestó:
«Y cómo voy a entenderlo si nadie me guía?».

E invitó a Felipe a subir y a sentarse con él. El pasaje de la Escritura que estaba leyendo era este:
«Como cordero fue llevado al matadero,
como oveja muda ante el esquilador,
así no abre su boca.
En su humillación no se le hizo justicia.
¿Quién podrá contar su descendencia?
Pues su vida ha sido arrancada de la tierra».

El eunuco preguntó a Felipe:
«Por favor, ¿de quién dice esto el profeta?; ¿de él mismo o de otro?».

Felipe se puso a hablarle y, tomando píe de este pasaje, le anunció la Buena Nueva de Jesús. Continuando el camino, llegaron a un sitio donde había agua, y dijo el eunuco:
«Mira, agua. ¿Qué dificultad hay en que me bautice?».

Mandó parar la carroza, bajaron los dos al agua, Felipe y el eunuco, y lo bautizó. Cuando salieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe. El eunuco no volvió a verlo, y siguió su camino lleno de alegría.

Felipe se encontró en Azoto y fue anunciando la Buena Nueva en todos los poblados hasta que llegó a Cesarea.

Salmo 65, 8-9. 16-17. 20 R/.

Aclamad al Señor, tierra entera

Bendecid, pueblos, a nuestro Dios,
haced resonar sus alabanzas,
porque él nos ha devuelto la vida
y no dejó que tropezaran nuestros pies. R/.

Los que teméis a Dios, venid a escuchar,
os contaré lo que ha hecho conmigo:
a él gritó mi boca
y lo ensalzó mi lengua. R/.

Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica
ni me retiró su favor. R/.

Evangelio del día – Juan 6, 44-51

En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:
«Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado, Y yo lo resucitaré en el último día.

Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios”. Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí.

No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto a Dios: ese ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree tiene vida eterna.

Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre.

Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».

Reflexión del evangelio del 23 de abril

El pasaje de hoy contiene uno de los puntos de mayor tensión entre el evangelio de Juan y la lectura moderna de la espiritualidad. La idea de que nadie puede llegar a Cristo sin ser atraído por el Padre choca con la convicción contemporánea de que la fe es una opción que el individuo soberano toma por su propia iniciativa, en pie de igualdad con cualquier otra opción disponible. El texto no niega la libertad: la presupone. Pero afirma que la iniciativa no es del hombre. Hay una gracia que precede, que mueve, que atrae, sin la cual el movimiento hacia Cristo no ocurre.

Esto tiene una consecuencia práctica que la tradición espiritual ha señalado siempre: la fe no se puede producir por voluntad propia, pero sí se puede pedir. El que nota en sí mismo el deseo de creer más o de creer de manera más viva puede llevar ese deseo a la oración como lo que es: no la afirmación de una fe que ya se tiene, sino la petición de una atracción que solo el Padre puede dar. «Señor, auméntanos la fe» es la oración que el texto de hoy fundamenta.

La carne que Jesús da por la vida del mundo es también un punto donde el evangelio se niega a ser domesticado. Las lecturas espiritualistas del cristianismo han tendido a sublimar la fe en un intercambio de ideas o de experiencias interiores. Juan insiste en la carne: la Encarnación es real, la Pasión es real, la Eucaristía es real. El pan de vida no es una metáfora del contacto con lo divino: es una carne dada, un cuerpo entregado, una realidad que el mundo puede recibir porque alguien ha decidido darse a sí mismo por él. Esa lógica de la entrega total no tiene equivalente fuera del cristianismo.

¿Qué nos enseña el evangelio del 23 de abril?

La fe comienza con una atracción que no hemos producido. El que se descubre deseando a Dios, buscando algo que los bienes finitos no dan, sintiéndose movido hacia Cristo sin poder explicar del todo por qué, está experimentando lo que el texto llama la atracción del Padre. Reconocerlo como tal, en lugar de atribuirlo solo a la propia sensibilidad o a las circunstancias, es el primer paso de una vida espiritual adulta. La gracia precede y el agradecimiento es la respuesta adecuada.

Escuchar al Padre y aprender es la forma ordinaria de llegar a Cristo. Jesús cita a Isaías: serán todos discípulos de Dios. El discipulado no es una categoría reservada a los más avanzados: es la condición de todos los que se acercan. Y el camino del discipulado es la escucha y el aprendizaje, que en la vida cristiana toma la forma de la Palabra leída y meditada, de la catequesis, de la tradición recibida con atención. El eunuco de la primera lectura leía sin entender; Felipe le explica; el eunuco entiende y pide el bautismo. La secuencia es la del discipulado: texto, explicación, decisión.

La entrega de la carne por la vida del mundo es el núcleo del pan de vida. El discurso ha ido avanzando desde la imagen del pan hasta la afirmación de la carne dada. Ese movimiento no es accidental: señala que el pan de vida no es una enseñanza abstracta sino un acto de entrega concreto que tiene lugar en la historia. Para quien participa en la Eucaristía, este texto recuerda que lo que se recibe no es un símbolo de la presencia de Cristo sino la carne que él mismo declara dar por la vida del mundo. Eso merece una calidad de atención que no siempre se le da.

Oración

Padre, que atraes hacia el Hijo a los que quieres que vengan a él: atráenos también a nosotros, muévenos desde dentro hacia él, enséñanos a escuchar y a aprender lo que solo el que está junto a ti puede enseñar. Que el pan vivo que ha bajado del cielo no sea para nosotros una fórmula repetida sino la carne dada que transforma al que la recibe con fe. Amén.