"Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó."
En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:
«Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.
Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén. A este lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos.
Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos. De él dan testimonio todos los profetas: que todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados».
Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia. R/.
«La diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa».
No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor. R/.
La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente. R/.
Hermanos:
Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra.
Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos, juntamente con él.
El primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:
«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.
Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.
La Resurrección es el acontecimiento más desconcertante de la historia y el único sobre el que el cristianismo apuesta todo. Pablo lo dice sin rodeos en la primera carta a los Corintios: si Cristo no resucitó, nuestra fe es vana. No hay versión del cristianismo que funcione sin la Resurrección — solo queda una colección de enseñanzas morales de un maestro judío del siglo I, que no sería peor ni mejor que muchas otras.
La modernidad tiene varias estrategias para no enfrentarse a ese hecho. La más sofisticada es la desmitologización: la resurrección como símbolo, como experiencia interior de los discípulos, como metáfora de que el espíritu de Jesús siguió vivo en su comunidad. Es una estrategia comprensible — hace el cristianismo más digerible para una mentalidad que no admite intervenciones sobrenaturales en la historia. Pero es intelectualmente deshonesta porque no es lo que los testigos dijeron que ocurrió.
Pedro no dice que el espíritu de Jesús les inspiró — dice que comió y bebió con él después de muerto. El discípulo amado no tiene una experiencia mística ante el sepulcro vacío — ve los lienzos tendidos y cree que el cuerpo ha salido de ellos. María Magdalena confundirá a Jesús resucitado con el hortelano — no es una alucinación, es un encuentro físico con alguien que parece un hombre corriente y que ella no reconoce de inmediato.
Los testigos de la Resurrección no buscaban confirmar sus creencias previas — el sepulcro vacío los desconcertó, el evangelio lo dice explícitamente. Lo que encontraron fue algo que no esperaban y que cambió el resto de sus vidas de forma irreversible. Ninguno de ellos murió defendiendo una experiencia espiritual subjetiva. Murieron afirmando que habían visto a alguien que había estado muerto y ya no lo estaba.
La fe puede llegar antes que la comprensión. El discípulo amado creyó sin haber entendido todavía la Escritura. No esperó a tener todo resuelto intelectualmente. Vio lo que había y creyó. Hay momentos en la vida espiritual en que la fe va por delante del entendimiento — no como irracionalidad sino como confianza que precede al análisis completo. El entendimiento llega después, pero la fe ya estaba.
El sepulcro vacío no prueba nada — y lo prueba todo. El sepulcro vacío por sí solo no demuestra la Resurrección. Podría tener otras explicaciones. Pero es el punto de partida de todo — sin sepulcro vacío no hay nada que explicar. Los enemigos de los discípulos nunca disputaron el hecho del sepulcro vacío, solo intentaron explicarlo de otras formas. Ese detalle es más significativo de lo que parece.
«Este es el día que hizo el Señor.» No uno entre otros — este. La Pascua no es un aniversario que conmemora algo pasado. Es la irrupción del futuro en el presente: el primer día de la semana nueva, de la creación nueva, del tiempo que ya no tiene final. Cada domingo es un eco de este día. Cada Eucaristía es una participación en este acontecimiento. La fe pascual no es un recuerdo — es una presencia.
Señor resucitado, que saliste del sepulcro sin hacer ruido, sin esperar que nadie te viera, enséñanos a creer antes de entender del todo, a buscar los lienzos vacíos en nuestra propia historia y a reconocerte en lo que ya no está donde lo dejamos.
Aleluya. Amén.