Evangelio del día

6 ABRIL
Lunes de Pascua · Tiempo Pascual
"De pronto, Jesús salió al encuentro y les dijo: Alegraos."
MATEO 28, 9

Hechos de los apóstoles 2, 14. 22-33

El día de Pentecostés, Pedro, poniéndose en pie junto con los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró:

«Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras. Israelitas, escuchad estas palabras: a Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como vosotros sabéis, a este, entregado conforme el plan que Dios tenía establecido y provisto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio, pues David dice, refiriéndose a el:

“Veía siempre al Señor delante de mí,
pues está a mi derecha para que no vacile.
Por eso se me alegró el corazón,
exultó mi lengua,
y hasta mi carne descansará esperanzada.
Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos,
ni dejarás que tu Santo experimente corrupción.
Me has enseñado senderos de vida,
me saciarás de gozo con tu rostro”.

Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: el patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta y sabía que Dios “le había jurado con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo, previéndolo, habló de la resurrección del Mesías cuando dijo que “no lo abandonará en el lugar de los muertos” y que “su carne no experimentará corrupción”.

A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo he derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo».

Salmo 15, 1b-2a y 5. 7-8. 9-10. 11 R/.

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.
Yo digo al Señor: «Tú eres mi Dios».
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,
mi suerte está en tu mano. R/.

Bendeciré al Señor que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré. R/.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa esperanzada.
Porque no me abandonarás en la región de los muertos
ni dejarás a tu fiel ver la corrupción. R/.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha. R/.

Evangelio del día – Mateo 28, 8-15

En aquel tiempo, las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos.

De pronto, Jesús salió al encuentro y les dijo:
«Alegraos».

Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él.

Jesús les dijo:
«No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».

Mientras las mujeres iban de camino, algunos de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los sumos sacerdotes todo lo ocurrido. Ellos, reunidos con los ancianos, llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una fuerte suma, encargándoles:
«Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais. Y si esto llega a oídos del gobernados, nosotros nos lo ganaremos y os sacaremos de apuros».

Ellos tomaron el dinero y obraron conforme a las instrucciones. Y esta historia se ha ido difundiendo entre los judíos hasta hoy.

Reflexión del evangelio del 6 de abril

Hay dos historias en este evangelio que corren en paralelo desde el primer día de Pascua: la de las mujeres que abrazan los pies del Resucitado y la de los guardias que aceptan dinero para mentir. Las dos reacciones ante el mismo hecho — el sepulcro vacío, lo inaudito ocurrido — y las dos respuestas son tan diferentes que parecen pertenecer a mundos distintos.

La diferencia no está en la información. Los guardias tienen la misma información que las mujeres — quizás más, porque estaban allí cuando ocurrió lo que ocurrió. La diferencia está en la disposición. Las mujeres fueron al sepulcro a honrar un cuerpo muerto. Los guardias estaban allí para custodiar un problema político. Unos tenían el corazón orientado hacia Jesús, aunque fuera para ungirle. Los otros tenían el corazón orientado hacia el sistema que les pagaba.

Esa orientación previa es lo que determina lo que cada uno ve cuando se enfrenta al mismo hecho.

La modernidad a menudo presenta la fe como una cuestión de evidencias — si hubiera suficientes pruebas, creería. Pero el evangelio de hoy sugiere que las evidencias no son el problema. Los guardias tuvieron las evidencias más directas posibles y eligieron venderlas. Las mujeres tuvieron exactamente las mismas y eligieron abrazar los pies del Resucitado.

La fe no es la conclusión lógica de un silogismo. Es una orientación del corazón que permite ver lo que está delante cuando el corazón está dispuesto a verlo.

¿Qué nos enseña el evangelio del 6 de abril?

La primera palabra del Resucitado es una invitación a la alegría. No a la comprensión, no a la demostración, no al argumento. Alegraos. La Pascua no es primero un dogma que hay que creer sino una alegría que hay que recibir. La comprensión viene después — como le pasó al discípulo amado en el sepulcro. Pero la alegría es la puerta de entrada.

Los llama hermanos. Jesús manda recado a los que huyeron llamándolos hermanos. No los reprende por haber fallado. No exige explicaciones antes de recibirlos. Los llama hermanos y les cita una cita en Galilea. La Resurrección no borra el fallo de los discípulos — los acoge tal como están y los manda a ponerse en camino. Eso es exactamente lo que hace con nosotros.

La mentira necesita ser comprada, la verdad no. Los sumos sacerdotes pagan a los soldados para que digan lo contrario de lo que vieron. La verdad no se puede comprar porque no tiene precio — solo se puede elegir o rechazar. En un mundo donde las narrativas se construyen con dinero y con algoritmos, ese principio es más actual que nunca.

Oración

Señor resucitado, que saliste al encuentro de las mujeres y les dijiste simplemente alegraos, sal también a nuestro encuentro en los caminos donde andamos todavía con miedo y con alegría mezclados.

Llámanos hermanos aunque hayamos huido, y danos una cita en Galilea para empezar de nuevo.

Amén.