Evangelio del día

7 ABRIL
Martes de la Octava de Pascua
"Jesús le dice: '¡María!"
JUAN 20, 16

Hechos de los apóstoles 2, 36-41

El día de Pentecostés, decía Pedro a los judíos:
«Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías».

Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles:
«¿Qué tenemos que hacer, hermanos?».

Pedro les contestó:
«Convertíos y sea bautizado cada uno de vosotros en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de vuestros pecados, y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro».

Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo:
«Salvaos de esta generación perversa».

Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas.

Salmo 32, 4-5. 18-19. 20 y 22 R/.

La misericordia del Señor llena la tierra

La palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. R/.

Los ojos del Señor están puestos en quien lo teme,
en los que esteran su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre. R/.

Nosotros aguardamos al Señor:
él es nuestro auxilio y escudo.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti. R/.

Evangelio del día – Juan 20, 11-18

En aquel tiempo, estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.

Ellos le preguntan:
«Mujer, ¿por qué lloras?».

Ella contesta:
«Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».

Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.

Jesús le dice:
«Mujer, ¿por qué lloras?».

Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta:
«Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré».

Jesús le dice:
«¡María!».

Ella se vuelve y le dice.
«¡Rabbuní!», que significa: «¡Maestro!».

Jesús le dice:
«No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, ande, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre vuestro, al Dios mío y Dios vuestro”».

María la Magdalena fue y anunció a los discípulos:
«He visto al Señor y ha dicho esto».

Reflexión del evangelio del 7 de abril

Vivimos en una cultura que ha hecho del dolor algo que hay que resolver, gestionar o superar. El duelo se mide en fases, se optimiza, se trata. María llorando junto al sepulcro, incapaz de reconocer ni a los ángeles, resulta extraña a esa sensibilidad: no se está recuperando bien, diríamos. Y sin embargo el Señor resucitado la encuentra precisamente ahí, en el fondo del llanto, y no le pide que pare de llorar antes de revelarse. La fe cristiana no promete ausencia de dolor: promete una presencia en medio de él.

La modernidad también tiende a desconfiar del nombre propio como medio de conocimiento espiritual. Las experiencias religiosas se valoran cuando son universales, transferibles, verificables. El «¡María!» de Jesús es exactamente lo contrario: es radicalmente particular, dirigido a una persona concreta, que reconoce al Señor por el modo en que él pronuncia su nombre. La tradición católica ha defendido siempre que Dios conoce y llama a cada uno por su nombre, no en masa. Eso no es sentimentalismo: es la consecuencia lógica de creer en un Dios personal.

Y hay un tercer punto de tensión con la sensibilidad contemporánea: el «no me retengas». Una religiosidad centrada en la experiencia personal tiende a querer retener, a convertir el encuentro con lo sagrado en algo que se posee. Jesús desplaza a María del encuentro íntimo hacia el testimonio público. La Resurrección no es una experiencia espiritual privada: es una noticia que hay que llevar a los hermanos.

¿Qué nos enseña el evangelio del 7 de abril?

Dios nos busca donde estamos, no donde deberíamos estar.María no está rezando ni esperando con fe. Está llorando junto a un sepulcro vacío, desorientada, sin reconocer a nadie. Y es ahí donde Jesús aparece. No se nos pide llegar a cierto nivel de disposición interior para que Dios actúe. A menudo es en el fondo del desconcierto donde el encuentro se produce. Esto invita a no postergar la oración ni la búsqueda hasta que nos sintamos «preparados».

El nombre propio es el primer lugar de la fe.María no reconoce a Jesús por sus obras ni por su figura: lo reconoce porque él pronuncia su nombre. En la vida espiritual hay un momento en que Dios deja de ser una idea y se convierte en alguien que me conoce. Ese momento es decisivo. Cultivarlo requiere oración personal, no solo participación colectiva: hay que dar tiempo a que el Señor nos llame por nuestro nombre.

El encuentro con el Resucitado conduce al testimonio, no a la reserva.Jesús no le pide a María que guarde el secreto ni que maduere la experiencia en silencio. Le dice que vaya y anuncie. El encuentro con Cristo, en la oración, en los sacramentos, en la vida, está ordenado a ser comunicado. La fe que no se comparte tiende a enquistarse. «He visto al Señor» es la forma más sencilla y más exigente de dar cuenta de lo que creemos.

Oración

Señor, que pronuncias nuestros nombres
cuando ya no esperamos que nadie nos llame,
que nos encuentras llorando junto a los sepulcros
que hemos ido llenando con nuestras pérdidas:
danos oídos para reconocerte en la mañana,
ojos que no te confundan con otro,
manos que no intenten retenerte
sino extenderse hacia los hermanos.
Que podamos decir con María,
sin adornos y sin miedo:
hemos visto al Señor.
Amén.