"El pastor que calla ante la injusticia del príncipe ha abandonado ya su rebaño."
Este 11 de abril, el santoral católico, reúne a un obispo que murió por decirle la verdad al poder, a un mártir cuyo nombre quedó grabado en el último libro del Nuevo Testamento, a una mística que llevó la Pasión en el cuerpo, y a un religioso destruido en un campo de exterminio. No hay entre ellos un temperamento común ni una época compartida ni un estilo de santidad reconocible desde fuera. Lo que los une es más sencillo y más difícil de imitar: ninguno de ellos negoció lo esencial cuando se lo pidieron.
Estanislao nació hacia 1030 en Szczepanów, cerca de Cracovia, en una familia polaca de posición acomodada. Estudió en Gniezno y probablemente en París, fue ordenado sacerdote y en 1072 fue consagrado obispo de Cracovia por designación del rey Boleslao II, que en aquel momento no podía imaginar que acababa de nombrar a su propio adversario más tenaz.
El episcopado de Estanislao fue, por lo que las fuentes permiten reconstruir, el de un pastor metódico y exigente: visitaba anualmente a sus clérigos, atendía a los pobres con regularidad, mantenía la disciplina eclesiástica con firmeza. Nada de eso bastaba para hacer de él un personaje incómodo para el poder. Lo que lo convirtió en eso fue su disposición a decirle al rey lo que el rey no quería escuchar.
Boleslao II era un monarca capaz militarmente pero de carácter violento e irregular en su vida privada. Las fuentes medievales, no siempre fiables en los detalles, coinciden en que San Estanislao de Cracovia lo reprendió en varias ocasiones por sus abusos, y que el enfrentamiento fue escalando hasta hacerse irreversible. En 1079, mientras Estanislao celebraba misa en una capilla a las afueras de Cracovia, el rey ordenó su ejecución. Los soldados dudaron; según la tradición, Boleslao lo mató él mismo.
La Iglesia lo canonizó en 1253. Su figura quedó vinculada desde entonces a la identidad polaca de una manera que pocos santos han conseguido con ningún pueblo: Estanislao es el patrón de Polonia y el símbolo de la resistencia de la conciencia cristiana frente al poder arbitrario. En el siglo XX, Karol Wojtyla fue arzobispo de Cracovia antes de ser Juan Pablo II, y la herencia de Estanislao pesaba sobre esa sede de una manera que él mismo reconoció en varias ocasiones.
Lo que hace a Estanislao incómodo para ciertas lecturas contemporáneas es precisamente lo que lo hace relevante: no murió por predicar en abstracto sino por decirle a un hombre concreto, con nombre y poder, que lo que hacía estaba mal. Esa forma de profetismo episcopal es la que cada época tiende a echar en falta cuando ya es demasiado tarde.
Entre todos los santos del 11 de abril hay uno cuya presencia en el canon cristiano tiene una particularidad que no comparte con casi ningún otro: san Antipas es mencionado por su nombre en el libro del Apocalipsis. En el capítulo segundo, en la carta a la iglesia de Pérgamo, Juan escribe: «Antipas, mi testigo fiel, que fue muerto entre vosotros, donde habita Satanás.»
No sabemos casi nada de él fuera de esa frase. Fue obispo de Pérgamo, según la tradición, y murió martirizado en el siglo I por el nombre de Jesús, probablemente durante alguna de las persecuciones locales que precedieron a las grandes persecuciones imperiales. Pérgamo era una ciudad con un culto imperial fuerte, lo que hacía especialmente peligrosa la negativa a participar en los ritos oficiales.
La expresión que Juan usa, testigo fiel, es la misma que en el Apocalipsis se aplica a Cristo. No es una casualidad retórica. Antipas es presentado como alguien cuya muerte replica, en escala humana y local, la lógica del testimonio que define al propio Jesús. Que el Apocalipsis lo nombre en medio de una carta de reproche a su comunidad tiene también su peso: la comunidad de Pérgamo ha cedido en algunas cosas; Antipas, en cambio, no cedió. Su nombre permanece como contraste y como medida.
Santa Gema Galgani nació en Camigliano, cerca de Lucca, en 1878, y murió en esa misma ciudad en 1903, con veinticinco años, un Sábado Santo. Su vida fue breve, marcada por la enfermedad desde la adolescencia y por experiencias místicas que sus confesores y directores espirituales registraron con una mezcla de asombro y cautela.
Gema recibió los estigmas en 1899. Durante varios años los manifestó periódicamente, los jueves por la noche y los viernes. Sus directores espirituales, los pasionistas, la sometieron a un escrutinio riguroso, precisamente porque la tradición católica exige prudencia ante este tipo de fenómenos. Lo que encontraron fue coherente con la exigencia teológica: no había autosugestión calculada, no había exhibicionismo, había una mujer que sufría y que interpretaba ese sufrimiento como participación en la Pasión de Cristo.
El Martirologio la describe como insigne por la contemplación de la Pasión y por los dolores soportados con paciencia. La frase es precisa. Gema no es la santa de los grandes proyectos ni de las fundaciones institucionales. Es la santa de la interioridad más radical, de la vida mística en el sentido más estricto: una existencia organizada en torno a la Pasión como realidad presente y personal. Que muriera en Sábado Santo, el día que la liturgia guarda silencio entre la muerte y la resurrección, tiene la coherencia de lo que no ha sido planeado pero encaja perfectamente.
Fue canonizada en 1940. Su figura sigue generando incomodidad en quienes encuentran difícil de integrar la mística corporal en una época que tiende a espiritualizar la fe para hacerla más presentable. Gema no era presentable. Era real.
El 11 de abril incluye también a san Barsanufio, anacoreta egipcio que vivió cerca de Gaza en el siglo VI. Pasó décadas en reclusión absoluta, sin salir de su celda, comunicándose con quienes le buscaban consejo únicamente por escrito. Sus cartas, que se conservan, son uno de los documentos más ricos de la espiritualidad monástica oriental: directas, sin retórica, con una comprensión de la vida interior que sus contemporáneos reconocían como excepcional. El papa Gregorio Magno, que también recuerda este día a san Isaac de Spoleto, fue contemporáneo de esta tradición de anacoretas y la admiró sin poder replicarla en Occidente.
En el otro extremo del tiempo, el beato Semproniano Ducki cierra el santoral de este 11 de abril desde Auschwitz. Capuchino polaco, fue detenido durante la ocupación alemana y murió en el campo en 1942 a consecuencia de las torturas. El Martirologio dice que culminó el martirio por fidelidad a Cristo, que es la fórmula mínima y suficiente para lo que ocurrió allí.
Barsanufio eligió desaparecer del mundo en una celda para encontrar a Dios en el silencio. Semproniano Ducki fue hecho desaparecer por un sistema que quería eliminar todo lo que él representaba. Las dos formas de ausencia del mundo, la voluntaria y la forzada, están en el mismo día del calendario cristiano, y juntas dicen algo sobre los extremos entre los que la fe se ha ejercido a lo largo de los siglos.