"Hay comuniones que no se pueden recibir sin traicionar lo que uno es."
El santoral católico del 13 de abril es un día de mártires en sentido estricto, más que ninguno de los días anteriores de este mes. Hermenegildo y Martín I murieron por decisiones doctrinales con consecuencias políticas inmediatas. Carpo, Pápilo y Agatónica en el siglo II, los sacerdotes ingleses en los siglos XVI y XVII, Sabas Reyes en el XX: todos ellos encontraron un momento en que lo que creían y lo que el poder exigía resultaron incompatibles. Lo que el calendario cristiano hace al reunirlos no es proponer el martirio como ideal sino recordar que la fe, cuando es real, genera fricciones con el mundo tal como está organizado. Esa fricción es lo que estos hombres y mujeres no intentaron suavizar.
Hermenegildo era hijo de Leovigildo, rey visigodo de Hispania y arriano convencido. Criado en la fe arriana, casó con Ingundis, princesa franca y católica, y fue ese matrimonio el que cambió su trayectoria. La influencia de su esposa y, sobre todo, la de san Leandro, obispo de Sevilla, lo llevaron a una conversión al catolicismo que no fue discreta ni privatizable: Hermenegildo era príncipe heredero, y su fe tenía consecuencias políticas inmediatas.
El conflicto con su padre escaló hasta la guerra abierta. San Hermenegildo se rebeló, buscó apoyos militares que no llegaron a materializarse, y fue derrotado y capturado hacia 583. Leovigildo lo encarceló en Tarragona e intentó varias veces que abjurase del catolicismo o que al menos aceptara una fórmula de reconciliación que permitiera salvar las apariencias. La ocasión definitiva llegó en Pascua del año 586: el rey envió a un obispo arriano para que le administrara la comunión. Hermenegildo se negó. Fue decapitado por orden de su propio padre.
La negativa a comulgar con un obispo arriano no era un gesto de obstinación sino una declaración teológica precisa: la comunión eucarística expresa la unidad de fe, y recibirla de manos de alguien cuya fe se considera herética equivale a afirmar una comunión que no existe. Hermenegildo sabía exactamente lo que estaba en juego y prefirió la consecuencia.
Gregorio Magno, que conocía la historia de primera mano por su tiempo en Constantinopla como legado papal, lo presentó como mártir pocos años después de su muerte. La canonización formal llegó siglos más tarde, pero su figura nunca dejó de ser venerada en Hispania. En España el Calendario le otorga el grado de Memoria, lo que explica que el Martirologio recomiende leerlo en primer lugar este día.
Su historia plantea una pregunta que la modernidad tiende a evitar: ¿hay actos religiosos que comprometen la identidad de tal modo que no pueden realizarse sin traicionar lo que uno es? Hermenegildo respondió que sí, y pagó el precio.
San Martín I fue elegido papa en 649 sin esperar la confirmación imperial, lo que ya era un gesto de independencia en un momento en que Bizancio controlaba Italia. Convocó inmediatamente el Concilio de Letrán, que condenó el monotelismo, la herejía que sostenía que Cristo tenía una sola voluntad, posición favorecida por el emperador Constante II como fórmula de compromiso para reunificar el Imperio.
La respuesta imperial no se hizo esperar. En 653, el exarca Calíopa entró por la fuerza en la basílica de Letrán, arrestó al papa durante la celebración de la liturgia y lo envió a Constantinopla. Martín fue sometido a un proceso sin garantías, humillado públicamente, exhibido ante la muchedumbre en condición de prisionero, y finalmente desterrado al Quersoneso, en Crimea, donde murió en 656 en condiciones de hambre y abandono.
Sus últimas cartas, que se conservan, son documentos de una lucidez impresionante: describe el frío, el hambre, la soledad, la sensación de haber sido abandonado incluso por Roma, que no envió socorro. Y sin embargo no hay en ellas amargura sino una resignación activa, la de quien entiende su situación dentro de una lógica más amplia que la de su propio sufrimiento. Murió confesando la fe que había defendido en el Concilio, sin haber retractado nada.
Martín I es el último papa reconocido como mártir en el Martirologio Romano. Que ese título corresponda a alguien que murió no ejecutado sino desterrado y abandonado dice algo sobre la amplitud con que la tradición entiende el martirio.
Entre los santos menores del 13 de abril hay una figura que el Martirologio describe con una economía de palabras que resulta, sin embargo, extraordinariamente precisa. Carádoco era músico en el palacio de un rey galés del siglo XII, tañedor de arpa, lo que en la corte medieval significaba una posición de cierto privilegio y visibilidad. El motivo que lo llevó a dejarlo todo y hacerse eremita bajo la dirección del abad Teliavo fue, según la tradición, haber constatado que en aquella corte se quería más a los perros que a los hombres.
La frase tiene la textura de un dicho popular, pero apunta a algo real: la inversión de valores que convierte el lujo y la apariencia en lo central mientras los seres humanos quedan en la periferia. Carádoco no escribió un tratado sobre la dignidad humana. Se fue. Vivió como ermitaño cerca de Menevia, en Gales, hasta su muerte en 1124, y fue venerado localmente desde entonces.
Su historia es demasiado breve para sostener una sección extensa, pero merece ser contada porque representa un tipo de conversión que la hagiografía suele pasar por alto: la del que no tiene una experiencia mística ni una crisis dramática sino simplemente una mirada que ve lo que hay y decide que no puede quedarse.
El Martirologio registra este día cuatro mártires ingleses de dos generaciones distintas, separados por medio siglo pero unidos por la misma causa: el ejercicio clandestino del sacerdocio católico en una Inglaterra que lo penaba con la muerte.
Francisco Dickenson y Milón Gerard fueron formados en el Colegio de los Ingleses de Reims, uno de los centros que la Iglesia organizó en el continente para formar sacerdotes destinados a la misión inglesa. Regresaron a su país sabiendo lo que arriesgaban y fueron ejecutados en Rochester en 1590, durante el reinado de Isabel I.
Juan Lockwood y Eduardo Catherick murieron en York en 1642, bajo Carlos I, en un contexto político diferente pero con la misma lógica jurídica: ser sacerdote católico era delito capital. El Martirologio conserva un detalle sobre Lockwood que merece detenerse: tenía ochenta y siete años, había sido condenado a muerte dos veces anteriormente sin que la sentencia se hubiera ejecutado, y cuando llegó el momento pidió subir al patíbulo antes que su compañero más joven, que iba angustiado, para animarlo. Hay en ese gesto una serenidad ganada a lo largo de una vida entera que no necesita más explicación.
El 13 de abril cierra con san Sabas Reyes, sacerdote mexicano ejecutado en Totoclán, Jalisco, en 1927, durante la Cristiada. Como David Uribe, recordado el día anterior, murió por seguir siendo sacerdote cuando el Estado mexicano había decidido que serlo era un crimen. Fue canonizado en el año 2000 junto a otros veinticuatro mártires mexicanos de aquel período.
La coincidencia de Hermenegildo y Sabas Reyes en el mismo día del calendario no es buscada pero resulta elocuente. El primero murió en la Hispania visigoda del siglo VI por negarse a una comunión que habría significado la rendición de su fe. El segundo murió en el México del siglo XX por ejercer el ministerio que su fe le imponía. Trece siglos de distancia, la misma estructura: un poder que exige una renuncia que el mártir no puede conceder.