"Al único que es necesario siempre tener contento es a Nuestro Señor."
El 23 de marzo tiene un protagonista que convierte este día en uno de los más significativos del santoral para el mundo hispanohablante: Santo Toribio de Mogrovejo, el arzobispo de Lima que evangelizó el Perú a pie.
La historia empieza con una paradoja. Toribio Alfonso de Mogrovejo era licenciado en leyes, profesor en la Universidad de Salamanca, inquisidor general de Granada. Laico. Sin órdenes sagradas. Sin ningún plan de convertirse en obispo. Cuando Felipe II lo propuso para la sede de Lima — el cargo eclesiástico más importante de América del Sur — Toribio protestó que era seglar y que no tenía ni la vocación ni la formación necesaria para ello.
Roma no cedió. Toribio fue ordenado sacerdote, consagrado obispo e hizo el viaje a América.
Lo que encontró al llegar no era sencillo: una Iglesia joven en un territorio inmenso, clero que necesitaba reforma urgente, pueblos nativos apenas evangelizados y una administración colonial que no siempre facilitaba la misión. Su respuesta fue la misma que daría siempre ante cualquier obstáculo: trabajar. Caminar. No esperar a que las circunstancias fueran favorables.
Durante veinticinco años recorrió a pie — o a caballo en los tramos más duros de la cordillera — una diócesis que hoy abarcaría varios países. Más de cuarenta mil kilómetros. Aprendió quechua para predicar sin intérprete. Defendió a los indígenas frente a los abusos coloniales con una insistencia que le ganó enemigos poderosos. Fundó el primer seminario de América Latina. Convocó y presidió el III Concilio Limense, que organizó la Iglesia del continente con normas que durarían generaciones. Bautizó y confirmó a cientos de miles de personas — entre ellos a Rosa de Lima, Martín de Porres y Juan Macías.
Cuando alguien le reprochaba los abusos que «siempre se habían hecho así», respondía con una frase que se hizo famosa en el virreinato: «Cristo es verdad y no costumbre.»
Murió en Saña, Perú, el 23 de marzo de 1606, en el camino durante una visita pastoral — exactamente donde había predicado veinte años antes en su primera visita a ese pueblo. Tenía sesenta y ocho años.
El 23 de marzo tiene también a un santo barcelonés que merece más atención de la que habitualmente recibe: San José Oriol, sacerdote del siglo XVII cuyo lema resume su vida en tres palabras: «Dios y pobreza.»
Nació en Barcelona en 1650, hijo de una familia humilde. Estudió teología con una beca ganada por méritos propios. Fue ordenado sacerdote y eligió deliberadamente la pobreza radical como forma de vida permanente — no la pobreza de quien no tiene recursos sino la del que los tiene y los distribuye. Vivió prácticamente sin comer, convirtió su escasa renta en limosna y se convirtió en confesor y guía espiritual de media Barcelona. Era el sacerdote al que la gente buscaba cuando no sabía a quién más acudir.
Murió en 1702 con fama de santidad en toda la ciudad. Fue canonizado en 1909.
Su historia es el contrapunto perfecto a la de Toribio: mientras el arzobispo recorría cuarenta mil kilómetros, el sacerdote barcelonés se quedó en su barrio. Dos formas de la misma fidelidad.
Cierra el día una figura que la cultura contemporánea tiene dificultades para valorar: Santa Rebeca de Himlaya, monja maronita libanesa que a los treinta años perdió la vista y después quedó paralítica. Vivió sus últimos años completamente inmóvil, sin poder hacer nada que el mundo midiera como productivo.
Salvo orar.
Juan Pablo II la beatificó en 1985 y la canonizó en 2001. Lo que vio en ella fue el icono de algo que la modernidad casi no puede imaginar: que hay una forma de contribuir al mundo que no necesita moverse, producir ni ser visible. La oración que sostiene sin que nadie lo sepa.
El 23 de marzo ofrece tres modelos en un solo día: el que camina cuarenta mil kilómetros, el que se queda en su barrio con Dios y los pobres, y la que ya no puede moverse y ora. Las tres formas igualmente necesarias. Las tres igualmente olvidadas por una cultura que solo reconoce lo que se puede contar.