"La fe se planta en un lugar concreto, con piedras concretas, y desde ahí irradia."
El 27 de marzo es un día de santoral breve en número pero denso en calidad. Lo preside San Ruperto de Salzburgo, uno de los grandes evangelizadores del mundo germánico medieval y el fundador de la ciudad que hoy conocemos como Salzburgo.
Ruperto era originario de la región de Worms, en el actual oeste de Alemania, y tenía ya una diócesis cuando el duque bávaro Teodon le pidió que fuera a evangelizar su territorio. Ruperto aceptó y se dirigió al este. Encontró en el lugar de Juvavum — una antigua ciudad romana en ruinas a orillas del río Salzach — el emplazamiento perfecto para construir algo nuevo.
Edificó una iglesia y un monasterio — San Pedro de Salzburgo, que existe todavía hoy, uno de los monasterios más antiguos del mundo de habla alemana — y desde allí organizó la evangelización de Baviera y de los territorios alpinos. Fue a la vez obispo y abad, gobernando la comunidad monástica y la diócesis con el mismo criterio: la fe se transmite desde un centro estable, con una comunidad que ora, trabaja y enseña.
Murió hacia el año 718. La ciudad que construyó alrededor de su monasterio se convirtió en Salzburg — la ciudad de la sal, por las minas cercanas que él también organizó — y siglos después produciría a Mozart, entre otros. Hay un tipo de fecundidad que no se ve en el momento sino en lo que crece después.
Peregrino de Falerone fue uno de los primeros discípulos de San Francisco de Asís — de los que lo conocieron en vida, lo vieron caminar descalzo por Umbría y decidieron seguirlo. No es un nombre famoso pero su historia tiene un detalle que merece detenerse: peregrinó a Tierra Santa y allí, en territorio bajo dominio musulmán, causó tal impresión con su vida que los propios sarracenos lo admiraban.
El Martirologio lo dice sin más explicación. No sabemos qué hacía exactamente ni qué decía. Sabemos que algo en su presencia — la misma que Francisco había cultivado en él — cruzaba las fronteras religiosas y llegaba donde los argumentos no habrían llegado. Es el tipo de testimonio que la modernidad ya no sabe cómo producir porque no lo puede replicar con técnicas de comunicación.
La historia más perturbadora del día es la de Panacea de Muzzi, una joven de quince años del Piamonte del siglo XIV que fue asesinada por su propia madrastra mientras oraba en la iglesia.
El Martirologio dice que la madrastra «siempre la atormentaba» — una historia de violencia doméstica que termina de la peor forma posible. Panacea estaba de rodillas en oración cuando ocurrió. Fue beatificada por la devoción popular que surgió inmediatamente después de su muerte, reconociendo en ella a una mártir de la inocencia.
No hay en su historia ningún gesto heroico, ninguna confesión pública, ningún desafío al poder. Hay una niña que oraba y que murió por ello. A veces la santidad no es la de quien elige el martirio sino la de quien es encontrado en el lugar correcto en el momento equivocado.
Francisco Faá di Bruno cierra el día con una figura que desafía los compartimentos habituales. Matemático y físico turinés del siglo XIX, fue alumno de Cauchy en París y desarrolló una carrera científica sólida — el teorema que lleva su nombre sigue enseñándose en los programas de cálculo. Y al mismo tiempo dedicó gran parte de su vida y de sus recursos a obras de caridad en Turín: fundó una congregación religiosa femenina, organizó servicios para mujeres en dificultad, construyó una iglesia.
No veía contradicción entre las matemáticas y la fe — al contrario, veía en el orden del universo la misma mano que veía en el evangelio. Fue ordenado sacerdote a los cincuenta y cinco años, cuando ya tenía una carrera científica consolidada. Murió en 1888. Juan Pablo II lo beatificó en 1988.
Es el antídoto perfecto al mito moderno de que ciencia y fe son incompatibles. Faá di Bruno era mejor matemático que la mayoría de sus contemporáneos laicos y más consecuente en su fe que muchos de sus contemporáneos clericales. Las dos cosas a la vez, sin tensión aparente.