"La fidelidad a la verdad no tiene edad mínima ni máxima — tiene precio, y hay que estar dispuesto a pagarlo."
El protagonista del 29 de marzo es un hombre al que Gregorio Nacianceno — uno de los grandes teólogos del siglo IV — llamó varón eximio y santísimo anciano. San Marcos, obispo de Aretusa en Siria, vivió dos momentos cruciales de la Iglesia del siglo IV y salió de los dos sin haber cedido en lo esencial.
Durante la controversia arriana fue uno de los obispos que mantuvo la posición ortodoxa sin desviarse. No es un detalle menor — en aquellos años la mayoría de los obispos orientales oscilaban entre el arrianismo declarado y el semiarrianismo conveniente, siguiendo los vientos del poder imperial. Marcos se mantuvo.
Y luego llegó Juliano el Apóstata. El emperador que intentó restaurar el paganismo encontró en Marcos de Aretusa un problema específico: el obispo había destruido en su momento un templo pagano y construido en su lugar una iglesia. Juliano exigió que lo reconstruyera o pagara una compensación enorme. Marcos, ya anciano, se negó. Lo persiguieron, lo humillaron públicamente, lo sometieron a torturas. La tradición cuenta que lo untaron con miel y lo dejaron expuesto a las avispas en verano. El anciano aguantó. Y al final, los propios paganos de la ciudad, avergonzados de lo que estaban haciendo a un hombre de esa edad, intercedieron por él y Juliano lo dejó en paz.
No hay en su historia ningún momento de gloria pública. Solo un anciano que no cedió cuando podría haberlo hecho y nadie le habría reprochado nada dado su edad.
El 29 de marzo tiene también a Beato Bertoldo, prior de la pequeña comunidad de ermitaños que vivía en el Monte Carmelo en el siglo XII — antes de que existiera la Orden del Carmen como tal, antes de la regla, antes de Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz. Bertoldo fue uno de los primeros, un militar convertido a la vida eremítica que eligió el monte donde el profeta Elías había vivido para acercarse a Dios de la forma más directa posible.
Su gesto más significativo, según el Martirologio, fue encomendar la comunidad a la Madre de Dios. No como devoción añadida sino como acto fundacional — poner la comunidad bajo el patrocinio de María antes de que hubiera constituciones ni capítulos generales. De esa decisión nacería siglos después la devoción carmelitana a la Virgen que produciría el escapulario, las místicas carmelitas y una de las tradiciones espirituales más ricas de la Iglesia.
El 29 de marzo reúne dos obispos del siglo XII-XIII que pagaron precios muy distintos por defender lo mismo: la independencia de la Iglesia frente al poder civil.
San Guillermo Tempier, obispo de Poitiers en el siglo XII, se enfrentó a los nobles de su región que intentaban controlar la Iglesia de la diócesis. El Martirologio lo describe como prudente y firme — una combinación que no siempre va junta y que cuando va junta es difícil de resistir. Murió en 1197 sin haber cedido la jurisdicción que le correspondía.
San Ludolfo de Ratzeburg fue menos afortunado en los medios pero igual en la actitud. El duque Alberto de Sajonia lo encerró en una celda tan pequeña que el confinamiento arruinó su salud. Cuando fue liberado estaba tan debilitado que murió poco después. El Martirologio lo cuenta sin dramatismo: emigró hacia el Señor. La libertad de la Iglesia que defendió sobrevivió a los dos — al obispo que murió en la celda y al duque que lo encerró.
El Martirologio tiene para el Beato Juan Hambley una nota que no aparece en ningún otro: fue ajusticiado en un día desconocido de este mes, cercano a la Pascua del Señor. No saben el día exacto. Solo saben que fue en marzo, cerca de la Pascua, bajo Isabel I de Inglaterra, por ser sacerdote.
Hay algo en esa incertidumbre que resulta más elocuente que una fecha precisa. Juan Hambley murió en el anonimato más completo — sin fecha, sin testigos que lo documentaran, en Salisbury, en algún momento de la primavera de 1587. La Iglesia lo recuerda de todas formas, aunque no sepa exactamente cuándo. El martirio no requiere que alguien tome nota de la hora.