"El que escribe para que otros sepan lo que de otro modo se perdería también está construyendo la Iglesia."
El 4 de abril está presidido por una de las figuras más importantes de la historia intelectual de Europa: San Isidoro de Sevilla, arzobispo, doctor de la Iglesia y el hombre que, en el siglo VII, se propuso compilar todo el conocimiento humano antes de que se perdiera para siempre.
El 4 de abril está presidido por una de las figuras más importantes de la historia intelectual de Europa: San Isidoro de Sevilla, arzobispo, doctor de la Iglesia y el hombre que en el siglo VII se propuso compilar todo el conocimiento humano antes de que se perdiera para siempre.
No es una exageración. El mundo en que vivió Isidoro era el de la descomposición del Imperio Romano occidental. Las invasiones bárbaras habían destruido las redes de transmisión del conocimiento clásico, las bibliotecas habían ardido, los maestros habían muerto o emigrado. El latín que había sido la lengua universal se fragmentaba en dialectos que no se entendían entre sí. El riesgo real era que todo lo que la civilización grecolatina había acumulado durante siglos desapareciera en una o dos generaciones.
Isidoro respondió a esa amenaza con el instrumento que tenía: su propio intelecto y décadas de trabajo paciente. Las Etymologiae son la enciclopedia más ambiciosa de la Antigüedad tardía: veinte libros que cubren gramática, retórica, matemáticas, música, astronomía, medicina, leyes, teología, historia natural, arquitectura, agricultura y decenas de disciplinas más. No es una obra de creación original. Es una obra de preservación deliberada, sistemática y generosa.
Fue el libro más copiado de la Edad Media después de la Biblia. El conocimiento clásico que llegó al Renacimiento europeo lo hizo en gran medida a través de sus páginas.
Nació en Sevilla hacia el año 560, hermano menor de Leandro, también obispo de Sevilla y también santo. Fue educado en el scriptorium de la catedral y sucedió a su hermano en la sede episcopal hacia el año 600. Como arzobispo convocó y presidió el IV Concilio de Toledo en 633, que organizó la Iglesia visigoda con normas que durarían generaciones. Fundó escuelas catedralicias. Gobernó la diócesis más importante de la Hispania visigoda durante casi cuatro décadas.
Murió el 4 de abril de 636, rodeado de los pobres a los que había distribuido sus bienes en los días anteriores. Fue declarado Doctor de la Iglesia en 1722. Juan Pablo II lo propuso en 1999 como patrón de Internet, el primer enciclopedista de la historia como posible patrón de la red que hace disponible todo el conocimiento del mundo. La propuesta no ha sido formalizada, pero la lógica de la conexión es impecable.
El 4 de abril recuerda también el tránsito de San Ambrosio de Milán, cuya memoria principal se celebra el 7 de diciembre. El Martirologio lo anota aquí porque murió el 4 de abril del año 397, un Sábado Santo, y escribe que «salió al encuentro de Cristo vencedor de la muerte» en el día en que la liturgia aguarda la Resurrección.
No hay en ese detalle solo poesía. Es la coincidencia de una muerte con el momento litúrgico más cargado de espera del año cristiano. Ambrosio, el obispo que había bautizado a Agustín, que había enfrentado a emperadores y que había dado forma a la teología y la liturgia occidentales, murió en Sábado Santo. Como si el calendario hubiera querido subrayar algo sobre quién era y adónde iba.
San Benito Massarari, conocido como Benito el Negro o Benito de Palermo, nació en Sicilia en 1526, hijo de esclavos africanos traídos a Italia. El Martirologio lo describe con una sencillez que dice todo lo necesario: «se mostró humilde en todo y siempre lleno de fe en la divina Providencia.»
Empezó como eremita. Luego entró en la Orden Franciscana. Su fama de santidad atrajo tanta gente que sus superiores lo nombraron guardián del convento, un cargo que aceptó sin buscarlo y ejerció sin perder la humildad que lo había hecho conocido. Murió en 1589 y fue canonizado en 1807.
Su historia es especialmente significativa en el contexto del siglo XVI, un mundo en que el origen esclavo y el color de la piel determinaban la posición de cada persona de forma casi inmutable. La Iglesia que lo canonizó no resolvió esas injusticias con la rapidez que debería haber tenido. Pero reconoció en ese hombre una santidad que ningún origen podía borrar.
El 4 de abril cierra con el Beato Francisco Marto, uno de los tres pastorcillos de Fátima, canonizado por el papa Francisco en 2017.
Francisco tenía diez años cuando la Virgen se le apareció en Fátima en mayo de 1917. Era el hermano de Jacinta y primo de Lucía. Lo que lo distingue en los testimonios es su silencio interior: mientras Jacinta era expresiva y Lucía más reflexiva, Francisco pasaba horas en adoración ante el Santísimo, quieto, sin palabras. Según Lucía, su preocupación central era «consolar a Nuestro Señor».
Enfermó de gripe española en 1918. Murió el 4 de abril de 1919 con diez años.
Un niño que pasaba horas en silencio adorando a Dios. En una cultura que no sabe qué hacer con el silencio ni con la infancia espiritual, Francisco Marto es una figura que incomoda e ilumina al mismo tiempo.
El 4 de abril, Sábado Santo, ofrece cuatro figuras que no se parecen en nada entre sí: el arzobispo que compiló todo el saber de su época, el obispo que murió en el día más esperanzador del año litúrgico, el hijo de esclavos que gobernó un convento con humildad, y el niño que adoraba en silencio. Cuatro formas de la misma fe. Cuatro pruebas de que la santidad no tiene un solo rostro.