"El que predica la penitencia con sus pies recorre más kilómetros que el que la predica con su boca."
El santoral católico del 5 de abril tiene un protagonista de dimensiones extraordinarias: San Vicente Ferrer, dominico valenciano del siglo XIV-XV, uno de los predicadores más influyentes de la historia de la Iglesia y el único santo español que recorrió a pie casi toda Europa occidental predicando el evangelio.
Nació en Valencia en 1350, estudió con los dominicos y fue ordenado sacerdote joven. Tenía un talento natural para la predicación que sus superiores reconocieron y cultivaron. Pero lo que lo convirtió en un fenómeno histórico no fue el talento sino la decisión tomada en 1399: salir a predicar por toda Europa sin parar hasta que llegara el fin de los tiempos — que él consideraba inminente.
Durante veinte años recorrió a pie España, Francia, Italia, Suiza, Flandes, Inglaterra, Irlanda, Escocia. Predicaba en valenciano y era comprendido por personas que hablaban otras lenguas — el Martirologio no da explicaciones para este fenómeno, simplemente lo registra. Las multitudes que acudían a escucharlo se contaban por decenas de miles. Convertía a judíos y musulmanes. Reconciliaba enemigos. Se dice que realizó numerosos milagros.
Vivió en los años del Gran Cisma de Occidente — el período en que hubo dos y hasta tres papas simultáneos reclamando la legitimidad. Vicente apoyó inicialmente al papa de Aviñón, pero cuando ese pontífice se negó a renunciar para resolver el Cisma, Vicente fue uno de los primeros en retirarle la obediencia y en trabajar activamente por la reunificación de la Iglesia. Su peso moral era tan grande que los reyes europeos lo consultaban.
Murió en Vannes, Bretaña, en 1419, en el camino — como todos los grandes evangelizadores del santoral, que parecen incapaces de morir en una cama. Fue canonizado en 1455, treinta y seis años después de su muerte.
El 5 de abril tiene también a Santa Irene de Tesalónica, hermana de las santas Ágape y Quionia que conmemoramos el 1 de abril. Las tres murieron en la misma persecución, bajo el mismo prefecto Dulcecio, por el mismo tipo de delito: negarse a participar en el culto imperial.
Pero el caso específico de Irene tiene un matiz que merece atención: fue condenada por haber ocultado los libros sagrados. El edicto de Diocleciano ordenaba entregar los textos cristianos para que fueran quemados. Irene los escondió en lugar de entregarlos.
Es una historia que resuena con todas las épocas en que el poder ha intentado controlar qué textos pueden leerse y cuáles no. Los libros que Irene protegió eran los mismos que hoy cualquiera puede descargar en un segundo en cualquier parte del mundo. Que hayan llegado hasta nosotros se debe, entre otras cosas, a personas como ella que consideraron que preservarlos valía el precio que había que pagar.
Santa Juliana de Mont-Cornillon es una de las figuras más influyentes del siglo XIII y una de las menos conocidas fuera del mundo litúrgico. Priora agustina en Liège, recibió desde joven una visión recurrente: la luna llena con una franja oscura que le fue explicada como el calendario litúrgico al que le faltaba una fiesta. Esa fiesta ausente era la solemnidad del Cuerpo de Cristo — el Corpus Christi.
Juliana promovió durante décadas la institución de esa fiesta. Encontró resistencias, fue depuesta como priora, vivió como reclusa durante años. Pero su idea fue tomando fuerza hasta que en 1264 el papa Urbano IV instituyó el Corpus Christi como fiesta universal. Juliana había muerto seis años antes, sin verlo.
Santo Tomás de Aquino escribió para esa fiesta los himnos litúrgicos del Corpus — el Pange Lingua, el Tantum Ergo — que siguen cantándose hoy. El origen de todo eso es la visión de una monja agustina de Liège que murió sin ver cumplida su intuición.
Santa Catalina Tomás, nacida en Valldemossa en 1531, es la única santa mallorquina y uno de los ejemplos más nítidos de santidad escondida en lo cotidiano. Huérfana desde muy joven, trabajó como criada en varias casas de Palma antes de ingresar en el convento de Santa María Magdalena, de canonesas regulares agustinas.
Allí vivió cincuenta y un años, sin cargos de gobierno, sin fundaciones, sin grandes obras externas. El Martirologio la describe con una precisión que lo dice todo: destacó por su humildad y la abnegación de la voluntad. No por sus visiones ni por sus penitencias — aunque las tuvo — sino por lo más difícil: renunciar a la propia voluntad de forma sostenida durante décadas.
Fue beatificada en 1792 y canonizada en 1930. En Mallorca sigue siendo una presencia viva — la llaman La Beateta con una familiaridad que dice más sobre la devoción popular que cualquier título oficial.