"El maestro que instruye solo con palabras enseña poco; el que instruye con su vida, enseña todo."
El hilo que recorre el 7 de abril no es obvio, pero existe. De la Salle educó a los que el sistema ignoraba. Hegesipo preservó lo que el tiempo amenazaba con borrar. Los mártires de distintos siglos y continentes mantuvieron lo que les habían transmitido aunque les costara la vida. Nguyen Van Luu subió al patíbulo con alegría. Son vidas que no se explican sin algo que las precede y las sostiene, y ese algo es lo que este día del calendario cristiano, en su conjunto, señala.
Juan Bautista de la Salle nació en Reims en 1651, en el seno de una familia acomodada y con un futuro eclesiástico trazado de antemano. Canon catedralicio a los dieciséis años, con estudios en París y perspectivas de ascenso, nada en su biografía temprana anunciaba lo que vendría. Lo que vino fue un giro radical que él mismo no buscó, sino que fue encontrándole poco a poco, como suele ocurrir con las vocaciones verdaderas.
El encuentro con Adrien Nyel, un laico que intentaba abrir escuelas para niños pobres en Reims sin apenas medios ni método, fue el primer tirón. De la Salle comenzó ayudando desde la distancia, luego desde más cerca, y finalmente cedió su propia casa. Renunció a su canonicato, distribuyó su patrimonio entre los pobres durante una hambruna y se instaló a vivir con los maestros que había reunido, en condiciones que escandalizaron a su familia y a sus iguales.
Lo que construyó no fue solo una red de escuelas. Fue un sistema pedagógico nuevo: clases simultáneas en lugar de la enseñanza individual que multiplicaba el coste y reducía el alcance, instrucción en lengua vernácula en vez del latín que dejaba fuera a los hijos de los artesanos y los jornaleros, formación específica para los maestros en las primeras escuelas normales de la historia. Fundó la Congregación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas con una característica insólita para la época: era una congregación de laicos consagrados, sin sacerdotes entre sus miembros, dedicada por entero a la enseñanza.
Nada de esto le fue fácil. Los maestros agremiados de París vieron en él una competencia intolerable y lo denunciaron. Parte de sus propios hermanos le abandonaron en momentos de crisis. Las autoridades eclesiásticas y civiles pusieron obstáculos repetidos a sus escuelas. Murió en 1719, a los sesenta y siete años, agotado, habiendo dicho en sus últimas horas que aceptaba todo lo que Dios había dispuesto para él.
Lo que la Iglesia celebra hoy no es la figura del innovador educativo, aunque lo fue. Es la de un hombre que tomó en serio que los pobres tenían derecho no solo a pan sino a formación, y que esa formación era también transmisión de fe. En una época que tiende a separar la instrucción del sentido, su vida pregunta qué educamos cuando educamos y para qué mundo formamos a los niños que nadie más forma.
Entre los santos secundarios de este 7 de abril hay una figura que los manuales de historia eclesiástica conocen bien, aunque el común de los fieles apenas recuerde su nombre. Hegesipo fue un cristiano del siglo II que vivió en Roma durante los pontificados de Aniceto y Eleuterio, y que tuvo la iniciativa de escribir una historia de la Iglesia desde la Pasión de Cristo hasta su tiempo.
Sus Memorias, de las que solo conservamos fragmentos transmitidos por Eusebio de Cesarea, eran una recopilación de tradiciones orales y testimonios directos recogidos en sus viajes. Hegesipo visitó comunidades, habló con ancianos que habían conocido a discípulos de los apóstoles, y dejó por escrito lo que encontró. Su método era sencillo, su estilo sin pretensiones literarias, pero su propósito era claro: preservar la continuidad de la fe frente a las desviaciones gnósticas que empezaban a multiplicarse.
En un tiempo en que la memoria era el único archivo, Hegesipo ejerció el oficio de custodio. Que su obra no haya llegado completa es una pérdida real para la historia cristiana. Que haya llegado algo es un regalo.
El Martirologio del 7 de abril acumula mártires de geografías muy distintas que comparten, sin haberse conocido, la misma lógica: su muerte fue consecuencia de no renunciar a lo que habían recibido.
San Caliopio murió en Pompeiópolis de Cilicia en el siglo IV, en las persecuciones que precedieron al Edicto de Milán. Los doscientos soldados de Sinope perecieron en el Ponto en la misma época, convertidos en cuerpo colectivo que el Martirologio no puede nombrar uno por uno pero que registra como presencia irrenunciable. San Jorge de Mitilene, obispo en la isla de Lesbos, sufrió en el siglo IX bajo el emperador León el Armenio por defender el culto a las imágenes sagradas, en una de las últimas oleadas de iconoclasmo que sacudieron al Imperio Bizantino.
Siglos después y en el otro extremo del mundo, Pedro Nguyen Van Luu subía alegre al patíbulo en Cochinchina en 1861. La crónica del Martirologio conserva ese adverbio, alegre, que no es retórica piadosa sino dato biográfico. Murió bajo el emperador Tu Duc, en la última gran persecución del catolicismo vietnamita, que en pocos años produjo decenas de mártires hoy canonizados.
Lo que une a estos hombres de lugares y siglos tan distintos no es el heroísmo entendido como carácter sino la coherencia: vivieron de una manera que hacía inevitable su final cuando el poder exigió lo contrario.
El 7 de abril recuerda también a varios mártires ingleses de los siglos XVI y XVII, ejecutados en el contexto de la persecución religiosa que siguió a la ruptura de Enrique VIII con Roma y que continuó bajo sus sucesores.
Enrique Walpole era jesuita. Había presenciado en 1581 la ejecución de Edmundo Campion, otro jesuita, y ese hecho lo cambió. Entró en la Compañía, se ordenó sacerdote en el continente y regresó a Inglaterra sabiendo lo que arriesgaba. Fue detenido, torturado durante meses en la Torre de Londres, y ejecutado en York en 1595 junto al presbítero Alejandro Rawlins. Once años después, en 1606, Eduardo Oldcorne y Rodolfo Ashley, también jesuitas, morían acusados de participar en la Conspiración de la Pólvora, cargo que los historiadores discuten pero que el poder de Jacobo I utilizó para liquidar lo que quedaba de la presencia católica organizada en el país.
Estos hombres ejercieron durante años un ministerio clandestino: misas en casas privadas, sacramentos administrados en secreto, una Iglesia que sobrevivía en los márgenes. Su historia tiene algo que decir a cualquier época en que la fe se vuelve incómoda para el Estado.