20 ABRIL
San Aniceto Papa

San Aniceto Papa

Era papa en Roma cuando llegó san Policarpo desde Esmirna, con más de ochenta y cinco años, para debatir la fecha de la Pascua. No se pusieron de acuerdo. Pero Aniceto invitó a Policarpo a presidir la Eucaristía ante la comunidad romana. Y se despidieron en paz. Eso es la Iglesia.

San Aniceto Emesa (Siria), fecha desconocida — Roma, hacia 166 Papa de Roma (hacia 155-166), mártir · Festividad: 20 de abril

¿Quién fue Aniceto?

El santoral del 20 de abril recuerda a uno de esos papas del siglo II de quienes la historia ha conservado muy poco en términos biográficos y mucho en términos de lo que significaron. Aniceto, cuyo nombre griego significa «el invencible», fue el duodécimo sucesor de Pedro, gobernó la Iglesia de Roma aproximadamente entre el año 155 y el 166, y murió como mártir. Era originario de Emesa, la ciudad de Siria que hoy se llama Homs. En la Roma de su época, donde la lengua litúrgica oficial era todavía el griego y la mayoría de los pontífices llevaban nombres helenos, eso no era una rareza: la comunidad cristiana romana era profundamente oriental en su composición y su cultura.

Lo que hace a Aniceto digno de atención no es tanto lo que hizo como lo que afrontó: un pontificado en el corazón del siglo II significaba gobernar la Iglesia en el momento en que el gnosticismo alcanzaba su apogeo en Roma, en que la persecución podía reavivarse en cualquier momento sin que cambiara el marco legal, y en que las diferencias litúrgicas entre las distintas tradiciones apostólicas comenzaban a plantear preguntas que no tendrían respuesta definitiva hasta el concilio de Nicea. Que la barca llegara a puerto en esas condiciones no era tarea pequeña.

Pero lo que la historia ha conservado de Aniceto con más nitidez es un episodio que, precisamente por lo que no concluye, dice más sobre la naturaleza de la Iglesia que muchos acuerdos documentados. La visita de Policarpo de Esmirna a Roma, el debate sin solución sobre la fecha de la Pascua, y el gesto final de Aniceto invitando al anciano obispo oriental a presidir la Eucaristía ante la comunidad romana: en ese episodio está condensada una eclesiología que dos mil años de historia no han superado.

La Roma donde gobernaba Aniceto

La Roma del siglo II en que se desenvolvió el pontificado de Aniceto era una ciudad de contrastes difíciles de imaginar hoy. La capital del Imperio más poderoso de la Antigüedad era también el lugar donde la pequeña comunidad cristiana, numerosa pero sin reconocimiento legal, convivía con cientos de cultos, filosofías y sectas de procedencia oriental. El paganismo romano no era una religión con dogmas fijos: era un sistema de obligaciones rituales que admitía la coexistencia de múltiples devociones, siempre que no amenazaran la cohesión del Estado. Los cristianos eran problemáticos precisamente porque no admitían esa coexistencia: su Dios era el único, y no podían ofrecer sacrificios a los dioses del Imperio.

El ambiente intelectual era, sin embargo, extraordinariamente vivo. En Roma y al mismo tiempo que Aniceto gobernaba la Iglesia convivían en la ciudad san Justino, el gran apologeta que escribía para convencer a los emperadores de la inocuidad y la verdad del cristianismo; Hegesipo, el primer historiador eclesiástico, un judío converso que recorrió el Mediterráneo para comprobar la unidad de la fe frente a las herejías y que le dedicó a Aniceto su obra; y los grandes maestros gnósticos, Valentín, Marción y Apeles, que habían elegido Roma como epicentro de su propaganda precisamente porque era la capital del mundo.

El gnosticismo era en esa época la amenaza más seria que la Iglesia afrontaba desde dentro. No venía de emperadores sino de maestros cultos y carismáticos que ofrecían una versión del cristianismo depurada de todo lo que les parecía judaísmo, materia o irracionalidad. Marción, por ejemplo, había hecho una fortuna con negocios navieros y empleaba parte de ella en limosnas y en la difusión de sus ideas: era el tipo de hereje más peligroso, el que resulta simpático y generoso antes de resultar heterodoxo. Aniceto le conoció en persona y, como el resto de los pastores auténticos, no se dejó engañar.

El hombre cuyo nombre significaba «el invencible»

Las fuentes que han llegado hasta nosotros sobre Aniceto son escasas, pero lo que han conservado tiene una calidad específica. Eran tiempos en que la Iglesia no llevaba archivos sistemáticos ni escribía memorias episcopales: la transmisión era oral, litúrgica y, cuando era escrita, respondía a necesidades concretas. Que Hegesipo le dedicara su obra es ya un dato significativo: significaba que Aniceto era reconocido por el primer historiador cristiano como una figura que merecía ese honor.

El nombre Aniceto era habitual entre libertos y personas de origen humilde que en la Roma helenizada adoptaban nombres griegos con significado positivo. Muchos de los papas primitivos llevaban ese tipo de nombres: Sotero el Salvador, Calixto el Hermoso, Aniceto el Invencible. Que fueran libertos o descendientes de libertos no era una rareza sino la norma: la comunidad cristiana romana se nutría principalmente de gente que el mundo romano consideraba marginal, personas que encontraban en la Iglesia una dignidad que la sociedad imperial no les ofrecía. El contraste entre el origen humilde de estos pastores y la responsabilidad universal que asumían al sentarse en la cátedra de Pedro era, en sí mismo, una de las señas de identidad de esa Iglesia.

Aniceto era un pastor en tiempos en que ser papa no significaba poder sino riesgo. La tradición que ha llegado a nosotros a través del Liber Pontificalis le atribuye el martirio, aunque la expresión que usa ese texto es inusualmente imprecisa: obiit martyr, murió mártir, en lugar de la fórmula habitual de los mártires ejecutados. Lo más probable es que muriera durante los últimos años del reinado de Antonino Pío o en los primeros del de Marco Aurelio, un período en que las persecuciones locales podían encenderse y apagarse sin que cambiara el marco legal general. Está sepultado en el que más tarde sería el cementerio de Calixto, el panteón normal de los primeros obispos de Roma.

El debate de la Pascua: el desacuerdo que no rompió la comunión

El episodio más documentado del pontificado de Aniceto es también el que mejor lo define. En algún momento de su pontificado, el anciano Policarpo de Esmirna, discípulo directo del apóstol Juan y uno de los testigos más venerados de la tradición apostólica de Oriente, emprendió el largo viaje desde Asia Menor a Roma. Tenía más de ochenta y cinco años. El viaje no era una peregrinación de devoción sino una misión: debatir con el papa la cuestión de la fecha de la Pascua.

La controversia pascual era, en términos modernos, un desacuerdo litúrgico sobre el calendario. Las iglesias de Asia seguían la tradición que atribuían al apóstol Juan: celebraban la Pascua el 14 de Nisán, el día del calendario judío en que se celebraba la Pascua hebrea, independientemente del día de la semana en que cayera. Roma, siguiendo lo que consideraba la tradición de Pedro y Pablo, celebraba la Pascua el primer domingo después de la luna llena de primavera. Ambas tradiciones se reclamaban apostólicas. Ambas tenían razones de peso.

Aniceto y Policarpo debatieron el asunto. Y no llegaron a un acuerdo. Ninguno de los dos cedió, porque ninguno de los dos podía ceder sin traicionar la tradición que había recibido. La cuestión no quedaría resuelta hasta el concilio de Nicea, en 325, ciento cincuenta años después. Hegesipo, que estaba en Roma durante esa visita y que recoge el episodio en su Comentario, lo transmitió a Eusebio de Cesarea, que a su vez lo conservó en su Historia Eclesiástica.

Lo que Eusebio preservó no es el argumento teológico de ninguno de los dos, sino lo que ocurrió cuando comprendieron que no se pondrían de acuerdo: Aniceto invitó a Policarpo a presidir la Eucaristía en su lugar, ante la comunidad de Roma. Y se despidieron en paz.

El gesto que vale más que el acuerdo

Ese gesto de Aniceto, dejar que Policarpo presidiera la Eucaristía en Roma como señal de comunión no rota, tiene una densidad teológica que ningún documento sinodal habría podido igualar. Los dos obispos estaban en desacuerdo sobre algo que ambos consideraban importante. No habían encontrado la fórmula para resolverlo. Y sin embargo la comunión entre ellos y entre sus iglesias era más real que la diferencia.

Eusebio lo recoge con palabras que el tiempo no ha envejecido: «En cuanto a la controversia, aunque no llegaron a ningún acuerdo, permanecieron en comunión el uno con el otro, y Aniceto cedió a Policarpo, como señal de respeto, la presidencia de la eucaristía en su Iglesia; y en paz el uno del otro se despidieron.»

Es una imagen que merece ser contemplada con detenimiento. El obispo de Roma cediendo el lugar central de la liturgia al obispo de Esmirna como gesto de reconocimiento y afecto, cuando minutos antes o días antes no habían llegado a ningún acuerdo sobre una cuestión litúrgica fundamental. No es un acuerdo diplomático: es un acto de amor que dice que la comunión es más grande que las diferencias, y que la Eucaristía es el lugar donde esa comunión se hace visible aunque los debates no tengan solución.

En ese mismo viaje, Policarpo tuvo el famoso encuentro con Marción. El hereje gnóstico, encontrándolo en la calle, le preguntó si lo conocía. Policarpo respondió sin rodeos: «Te conozco, primogénito de Satanás.» Fuera de Roma, ya anciano, Policarpo sería martirizado poco después. Aniceto moriría en Roma, también como mártir, poco tiempo después.

La capilla del Palazzo Altemps y los sacerdotes españoles

Los restos de Aniceto descansan hoy en Roma de una manera que tiene su propia historia. En 1604, el papa Clemente VIII decidió trasladar desde las catacumbas de San Calixto, donde habían reposado durante siglos, los cuerpos de los santos que todavía permanecían en los cementerios suburbanos. El duque Juan de Altemps solicitó y obtuvo las reliquias de san Aniceto para la capilla de su palacio. Mandó construir un riquísimo sarcófago, probablemente procedente del mausoleo de la familia imperial de Septimio Severo, y decoró la capilla con pinturas alusivas al martirio del papa.

A finales del siglo XIX, cuando el palacio pasó a propiedad de la Santa Sede, un sacerdote español llamado Manuel Domingo y Sol planeaba fundar en Roma un colegio para la formación de clérigos españoles. León XIII le cedió el Palazzo Altemps en 1894. Desde entonces, los sacerdotes del Pontificio Colegio Español de Roma tienen a san Aniceto como patrono, con sus reliquias en el altar de la capilla y una lámpara que, por promesa del propio fundador, arde sin interrupción ante su sepulcro. Es uno de esos vínculos entre la Iglesia antigua y la española que la historia ha trazado sin que nadie lo planeara.

Reflexión del santo del 20 de abril

El episodio de la visita de Policarpo a Roma y su desacuerdo con Aniceto sobre la Pascua tiene una actualidad que no pierde con el tiempo. La mentalidad contemporánea, acostumbrada a exigir resoluciones, acuerdos y síntesis, tiende a ver en el desacuerdo un fracaso. Desde esa perspectiva, la visita de Policarpo habría terminado mal: viajó desde Asia Menor a Roma para resolver un problema y volvió sin haberlo resuelto.

Pero la lectura cristiana del episodio es otra. Los dos obispos no llegaron a un acuerdo porque ambos tenían razones legítimas para mantener sus posiciones, y ninguno de los dos hubiera honrado la tradición que había recibido cediendo sin convicción. Lo que hicieron en cambio fue algo más difícil y más valioso: mantuvieron visible la comunión que era más fundamental que la diferencia. Aniceto cedió a Policarpo la presidencia de la Eucaristía, ese lugar central que en la liturgia cristiana simboliza la unidad de la Iglesia, precisamente cuando ambos sabían que no estaban de acuerdo en cómo calcular cuándo celebrarla.

La Iglesia ha tenido, tiene y tendrá siempre disputas internas sobre cuestiones que a todos los implicados les parecen importantes. La tentación en esos momentos es siempre la misma: identificar la comunión con el acuerdo, y romper la primera cuando no se alcanza el segundo. Aniceto y Policarpo proponen otra cosa: que la comunión es más grande que el acuerdo, que el amor entre pastores puede sostenerse y expresarse incluso cuando la discusión no tiene solución, y que la Eucaristía es precisamente el lugar donde esa verdad se hace visible.

La modernidad valora la síntesis y la resolución. La tradición cristiana valora la communio. No son la misma cosa.

¿Qué nos enseña san Aniceto?

Gobernar una institución en tiempos de crisis interna requiere más que resolver los problemas: requiere sostener la comunión mientras los problemas persisten. Aniceto afrontó el gnosticismo, la controversia pascual y la amenaza de persecución sin que ninguno de esos frentes se cerrara durante su pontificado. Lo que hizo fue mantener la Iglesia unida y reconocible a sí misma en medio de esas presiones. Para quien ejerce hoy cualquier forma de autoridad en una comunidad o institución, su figura recuerda que la tarea del pastor no es necesariamente resolver todos los conflictos sino sostener la comunión mientras los conflictos se trabajan.

Ceder el protagonismo como gesto de amor es más poderoso que imponerlo como gesto de autoridad. Aniceto era el obispo de Roma. Podría haber presidido la Eucaristía con Policarpo como invitado honorable a su lado. Eligió cederle su lugar. Ese gesto de desplazamiento voluntario del centro, en una cultura donde el protocolo eclesiástico ya era algo serio, tiene un peso que no se mide en términos canónicos sino en términos de caridad. Para quien tiene autoridad y puede elegir entre ejercerla y cederla, su ejemplo ofrece una forma concreta de lo que significa servir.

La unidad cristiana no exige uniformidad: exige comunión. El desacuerdo sobre la Pascua duró ciento cincuenta años después del encuentro de Aniceto y Policarpo. Durante ese tiempo, las iglesias de Oriente y las de Occidente continuaron celebrando la Pascua en fechas distintas, y continuaron siendo una sola Iglesia. Esa posibilidad, hoy olvidada por una mentalidad que tiende a confundir la unidad con la uniformidad, es uno de los tesoros más vivos que la historia de los primeros siglos ofrece a la Iglesia contemporánea.

Oración a san Aniceto

San Aniceto, papa de Roma y mártir, tú que recibiste al anciano Policarpo, escuchaste su argumento sin ceder el tuyo, y le ofreciste tu lugar en la Eucaristía como señal de que la comunión es más grande que el desacuerdo, pide para nosotros la sabiduría de quien sabe distinguir entre lo que se puede ceder y lo que no, y la generosidad de quien cede lo primero con alegría. Intercede por quienes gobiernan comunidades en tiempos de división, para que aprendan de ti que mantener la comunión visible es ya una forma de servicio que no todos los que tienen autoridad saben dar. Obtennos la fortaleza tranquila de los pastores que no buscan el acuerdo a cualquier precio pero tampoco rompen el amor cuando el acuerdo no llega. Amén.

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