Obispo de Jerusalén expulsado tres veces por defender la fe ortodoxa frente al arrianismo. Sus Catequesis siguen siendo uno de los tesoros más vivos de la tradición cristiana. Doctor de la Iglesia desde 1883.
Obispo · Doctor de la Iglesia · 18 de marzo
Hay una pregunta que la Iglesia ha tenido que responder en cada siglo: ¿quién es Jesucristo exactamente? No como ejercicio académico sino como cuestión de vida o muerte espiritual, con consecuencias políticas, sociales y personales inmediatas. San Cirilo de Jerusalén vivió en el siglo en que esa pregunta estalló con más violencia, y pagó por responderla correctamente con tres exilios y décadas de persecución.
Nació hacia el año 315, probablemente en Cesarea Marítima, en la Palestina romana. Fue ordenado diácono hacia el 335 y sacerdote una década después. Hacia el 350 fue consagrado obispo de Jerusalén — la sede más antigua y simbólicamente más cargada de toda la Iglesia, la ciudad donde Cristo había muerto y resucitado.
El siglo IV fue el siglo del arrianismo. Arrio, un presbítero alejandrino, había propuesto una cristología que negaba la plena divinidad de Cristo: el Hijo sería una criatura excelsa, la primera y más perfecta de las criaturas, pero criatura al fin — hubo un tiempo en que el Hijo no era. El Concilio de Nicea (325) lo había condenado y proclamado que el Hijo es consubstancial al Padre — de la misma naturaleza, no inferior. Pero la condena conciliar no zanjó el debate: durante décadas el arrianismo contó con el apoyo de sucesivos emperadores y con obispos influyentes dispuestos a usarlo como herramienta política.
Cirilo se encontró en medio de ese torbellino. Su posición era incómoda: era sufragáneo de Acacio de Cesarea, un obispo de clara tendencia arriana, y al mismo tiempo obispo de la sede más prestigiosa de Palestina. El conflicto era inevitable.
Fue depuesto y exiliado en el 358 por orden de un concilio controlado por Acacio. Volvió. Fue exiliado de nuevo en el 360. Volvió. El emperador arriano Valente lo deportó por tercera vez en el 367. Estuvo fuera once años. Cuando finalmente pudo regresar a Jerusalén, el Concilio de Constantinopla (381) confirmó su jurisdicción y él, que durante décadas había evitado el término técnico homoousios por considerarlo innecesariamente conflictivo, acabó votando por su aceptación al convencerse de que no había alternativa mejor para expresar la verdad.
Tres exilios. Más de treinta años de episcopado accidentado. Y al final, en el bando correcto.
Pero la grandeza de Cirilo no está solo en su resistencia política. Está en lo que escribió siendo todavía presbítero, hacia el 347-348: veintitrés lecturas catequéticas destinadas a los que iban a ser bautizados en la Vigilia Pascual.
Son algo extraordinario. Dieciocho lecciones para los catecúmenos — los que se preparan para el bautismo — y cinco mistagógicas para los recién bautizados, que los introducen en el sentido profundo de los sacramentos que acaban de recibir. Cada lección parte de un texto de la Escritura. El tono es cálido, pastoral, directo — no el de un académico que expone teorías sino el de un pastor que quiere que su gente entienda lo que cree y por qué lo cree.
Cirilo les explica el Credo artículo por artículo. Les habla del bautismo, de la unción, de la Eucaristía. Y sobre la Eucaristía dice algo que la modernidad liberal querría poder ignorar: el pan y el vino no son meros elementos ni símbolos. Son el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Con una claridad que no deja espacio a la interpretación metafórica.
El contraste que Cirilo ofrece con la mentalidad contemporánea es múltiple y preciso.
Primero, la cuestión de la verdad objetiva. El arrianismo no era solo una herejía teológica abstracta — era una forma de hacer la fe más cómoda para el poder político del momento. Un Cristo que no es Dios es un Cristo que no exige adoración, que no juzga a los emperadores, que puede ser instrumentalizado sin consecuencias últimas. Cirilo sufrió el exilio precisamente porque se negó a ese acomodo. La modernidad ha reinventado el arrianismo en versiones culturales: Jesús como maestro de sabiduría, como activista social, como símbolo de amor universal — todo menos lo que la tradición siempre confesó: Dios verdadero de Dios verdadero.
Segundo, el método catequético. Cirilo no improvisa ni adapta el mensaje al gusto del catecúmeno. Transmite lo que recibió, con amor pero sin concesiones en lo esencial. Sus Catequesis son el modelo opuesto a la catequesis light que desde los años setenta ha vaciado de contenido la formación cristiana en Occidente — esa que evita el Credo, la moral, los sacramentos y el pecado para quedarse con el amor fraterno como único artículo de fe. El resultado de ese vaciamiento lo estamos viendo: generaciones de bautizados que no saben lo que creen ni por qué.
Tercero, la perseverancia en la verdad frente a la presión social. Tres exilios. Podría haber cedido en cualquier momento — firmar un documento ambiguo, callar en el momento oportuno, buscar la fórmula que contentara a todos. Lo que le impidió hacerlo no era cabezonería sino la convicción de que en las palabras de la fe había algo en juego que no era negociable: la identidad de Cristo, y con ella la posibilidad real de la salvación.
La modernidad llama a esa postura intransigencia. La tradición la llama fidelidad.
Doctor de la Iglesia
En 1883, el papa León XIII lo proclamó Doctor de la Iglesia. El título reconoce que sus escritos tienen valor permanente para la comprensión de la fe — no como curiosidad histórica sino como fuente viva. Las Catequesis de Cirilo siguen siendo texto de referencia en la formación teológica y en la preparación bautismal de adultos. Hay parroquias que las usan hoy, dieciséis siglos después, para enseñar a los catecúmenos lo mismo que Cirilo enseñó a los suyos en Jerusalén.
Esa es la definición más precisa de tradición: no lo que se conserva en un museo sino lo que sigue dando vida cuando se transmite.
Señor, Dios nuestro, que has permitido a tu Iglesia
penetrar con mayor profundidad en los sacramentos de la salvación,
por la predicación de san Cirilo, obispo de Jerusalén, concédenos,
por su intercesión, llegar a conocer de tal modo a tu Hijo que podamos
participar con mayor abundancia de su vida divina.
Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del
Espíritu Santo y es Dios, por los siglos de los siglos.
Amén
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