Cuando supo que tenía lepra, no huyó ni pidió ser relevado. Dijo que si le ofrecieran la salud a cambio de marcharse, respondería sin dudarlo: me quedo con mis leprosos toda la vida. Murió a los 49 años en Molokai. Gandhi lo llamó héroe. Bélgica entera lo eligió el mayor de todos los tiempos.
San Damián de Molokai (José de Veuster) Tremelo (Bélgica), 3 de enero de 1840 — Molokai (Hawái), 15 de abril de 1889 Sacerdote misionero de la Congregación de los Sagrados Corazones, apóstol de los leprosos Festividad: 15 de abril
El santoral del 15 de abril recuerda a un hombre cuya historia ha trascendido ampliamente los límites de la devoción católica para convertirse en un referente universal de lo que significa servir a los demás sin condiciones. Jozef de Veuster nació en 1840 en Tremelo, una aldea flamenca de Bélgica, hijo de agricultores. Murió en 1889 en Molokai, una isla del archipiélago hawaiano, comido por la lepra, rodeado de los enfermos a quienes había dedicado los últimos dieciséis años de su vida. Entre esos dos extremos hay una historia que Gandhi consideró fuente de inspiración para sus campañas sociales, que Tolstói citó como ejemplo de coherencia cristiana frente a la hipocresía del mundo ilustrado, y que Robert Louis Stevenson defendió con una carta pública encendida cuando alguien intentó difamar su memoria. En 2005, cuando una televisión belga preguntó a sus espectadores quién había sido el belga más grande de todos los tiempos, el padre Damián superó a Rubens, a Merckx y a Vesalio.
Lo que hace su historia especialmente difícil de reducir a un cliché devocional es su concreción brutal. Molokai no era una misión difícil en el sentido romántico del término: era una colonia de condenados. El gobierno hawaiano había deportado allí a todos los afectados de lepra, una enfermedad entonces incurable y estigmatizada, en un promontorio rodeado de acantilados que hacía imposible la fuga. Los sociólogos que estudiaron la colonia para el proceso de canonización la describieron como una «colonia de la muerte» donde la gente se veía forzada a pelear entre sí para sobrevivir, sin ley, sin higiene, sin esperanza. Eso fue lo que encontró Damián cuando llegó el 10 de mayo de 1873. Y eso fue lo que eligió no abandonar.
Canonizado por Benedicto XVI el 11 de octubre de 2009, es patrono de los leprosos, de los marginados y del Estado de Hawái.
Jozef de Veuster era el séptimo de ocho hermanos en una familia de agricultores y pequeños comerciantes de Tremelo, en la provincia de Amberes. La mitad de los hermanos abrazaría la vida religiosa: dos varones en la Congregación de los Sagrados Corazones y dos mujeres en las ursulinas. El destino que su padre tenía previsto para Jozef era otro: aprender a manejar el negocio familiar y heredar la granja. Con ese objetivo lo envió a los dieciocho años a estudiar francés a Braine-le-Comte, lengua indispensable para el comercio en la Bélgica de la época.
En Braine-le-Comte, Jozef asistió a las misiones que unos padres redentoristas predicaban en la ciudad. Algo en aquellas jornadas lo movió de una manera que no supo ignorar. Le escribió a sus padres con la claridad que solo tienen quienes han tomado una decisión de la que no piensan moverse: «Seguramente no me impediréis abrazarla; pues si Dios me llama, yo debo obedecer. Como sabéis, queridos padres, la elección del estado de vida al que Dios nos llama es decisiva para nuestra felicidad más allá de esta vida. No os entristezcáis, pues, por mí.» Era la Navidad de 1858.
El 2 de febrero de 1859 ingresó como novicio de los Sagrados Corazones en Lovaina, siguiendo los pasos de su hermano mayor Augusto, que había tomado en la congregación el nombre de Pánfilo. Su formación académica era insuficiente para acceder directamente al sacerdocio, así que fue admitido como hermano corista. Su hermano Augusto le enseñó latín a marchas forzadas, y la confianza que eso generó en sus superiores le abrió las puertas de la formación sacerdotal. En 1860 fue trasladado a París para continuar el noviciado, y pronunció sus primeros votos en la capilla de la casa madre de la rue de Picpus.
En 1863, Augusto fue destinado a las misiones de las islas Hawái. Todo estaba preparado para el viaje cuando cayó enfermo de tifus y no pudo embarcar. Damián, que llevaba cuatro años en la congregación y aún no estaba ordenado sacerdote, pidió permiso al superior general para reemplazar a su hermano. El permiso le fue concedido. En noviembre de 1863 zarpó desde Bremen a bordo del buque R. M. Wood con destino al Pacífico.
Llegó a Honolulú el 19 de marzo de 1864 y fue ordenado sacerdote el 24 de ese mismo mes en la catedral de Nuestra Señora de la Paz. Sin demoras, se incorporó al trabajo misionero en las parroquias de la isla de Oahu, en un archipiélago que atravesaba una crisis sanitaria sin precedentes. Las enfermedades introducidas por comerciantes europeos y americanos y por los trabajadores chinos de las plantaciones habían diezmado a la población nativa hawaiana, que carecía de inmunidad ante ellas. Entre esas enfermedades estaba la lepra.
El rey Kamehameha IV, aterrado ante la propagación de la enfermedad, tomó la decisión que los gobiernos de la época tomaban ante la lepra: segregar a los enfermos. En 1866 comenzó la deportación de los afectados a una colonia establecida en el norte de la isla de Molokai, en el promontorio de Kalaupapa, rodeado de acantilados de más de mil metros que lo aislaban del resto de la isla. El gobierno les enviaba suministros y comida, pero no tenía los medios ni la voluntad de atenderlos médicamente. En 1873, cuando Damián llegó, había seiscientos leprosos viviendo allí.
El vicario apostólico de Hawái, monseñor Louis Maigret, era consciente de que los leprosos de Kalaupapa necesitaban asistencia espiritual y humana, pero sabía también que enviar allí a un sacerdote equivalía, en la práctica, a una condena a muerte. No quería imponerlo por obediencia. Cuatro misioneros se ofrecieron voluntariamente para ir por turno. Damián fue el primero. Llegó el 10 de mayo de 1873. A petición suya y de los propios enfermos, no volvió.
Lo que encontró en Kalaupapa era una comunidad al borde de la disolución. Sin ley, sin higiene, sin esperanza, los enfermos sobrevivían como podían en medio del caos y la desesperación. Las crónicas de la época lo describen como un lugar donde prevalecían el egoísmo y la inmoralidad, donde la proximidad de la muerte había destruido los vínculos sociales más elementales. Damián no llegó con recursos médicos ni con apoyos institucionales significativos. Llegó con su presencia y con su voluntad de quedarse.
Lo que construyó en los años siguientes fue una comunidad real. Organizó la vida de la colonia con el pragmatismo de alguien que había crecido en una granja: reparó casas, levantó una iglesia, construyó un orfanato, abrió caminos, tendió una conducción de agua, amplió el hospital, acondicionó el desembarcadero. Alentó a los enfermos a cultivar la tierra y plantar flores. Organizó incluso una banda de música. Conocía a cada uno de sus enfermos por su nombre. Los curó, los vendó, los confesó y los enterró, miles de ellos, en los dieciséis años que vivió allí.
La biografía vaticana recoge una de sus frases que condensa mejor que ningún argumento su manera de entender lo que estaba haciendo: «Hago lo imposible por mostrarme siempre alegre, para levantar el ánimo de mis enfermos.»
En diciembre de 1884, mientras preparaba su baño, Damián introdujo los pies en agua hirviendo y no sintió nada. La insensibilidad al calor es uno de los signos más tempranos de la lepra: el bacilo ataca los nervios periféricos antes de desfigurar la piel. Damián supo en ese momento lo que significaba. No lo comunicó de inmediato a sus superiores, pero tampoco lo ignoró: comenzó a tomar precauciones para no contagiar a sus enfermos y siguió trabajando con la misma intensidad de siempre.
Cuando la noticia de su contagio se hizo pública en 1885, la reacción fue extraordinaria. Los protestantes americanos reunieron fondos para la misión. La Iglesia de Inglaterra envió suministros. El rey David Kalākaua de Hawái le otorgó la Orden Real de Kalākaua I, Caballero Comandante, que le fue entregada personalmente por la princesa Liliuokalani, quien quedó tan conmovida que fue incapaz de leer su discurso. Se dice que Damián nunca se puso la medalla, aunque la colocaron a su derecha en su lecho de muerte.
La lepra avanzó durante cuatro años. Damián los pasó construyendo todo lo que pudo antes de que el cuerpo le fallara del todo, organizando la continuación del programa que había creado, formando a colaboradores que siguieran su obra. Cuando alguien le preguntó si no hubiera preferido salir de Molokai a cambio de recuperar la salud, respondió con una claridad que no dejaba margen de interpretación: «Estoy feliz y contento, y si me dieran a escoger la salida de este lugar a cambio de la salud, respondería sin dudarlo: Me quedo con mis leprosos toda mi vida.»
Murió el 15 de abril de 1889. Tenía cuarenta y nueve años. El apoyo de la Iglesia durante sus últimos años incluyó la llegada de tres hermanas de san Francisco y de un hermano laico, James Sinnott, que continuaron su obra después de su muerte.
Pocos meses después de su muerte, el reverendo presbiteriano C. M. Hyde de Honolulú publicó unas declaraciones que desacreditaban la vida y el carácter de Damián. Robert Louis Stevenson, que había visitado Molokai y conocido de primera mano la obra del padre Damián, respondió con una carta abierta publicada en Sydney en febrero de 1890: una defensa apasionada y documentada que se considera uno de los escritos más contundentes del autor escocés y que asentó la fama de Damián en el mundo anglófono.
Tolstói lo citó en El reino de Dios está en vosotros como ejemplo de coherencia entre fe y acción. Gandhi declaró que Damián fue una inspiración para sus campañas sociales en la India. En 1959, cuando Hawái se convirtió en el estado número cincuenta de los Estados Unidos, sus representantes eligieron la estatua del padre Damián para que los representara en el Capitolio de Washington. En 2005, el resultado de la encuesta televisiva belga no dejó dudas: por encima de Rubens, de Eddy Merckx, de Andreas Vesalio, el mayor belga de todos los tiempos era un fraile de Tremelo que había muerto leproso en una isla del Pacífico.
Fue beatificado por Juan Pablo II en Bruselas el 4 de junio de 1995 y canonizado por Benedicto XVI el 11 de octubre de 2009. Sus restos reposan en la cripta de la iglesia de la Congregación de los Sagrados Corazones en Lovaina.
La vida de Damián de Molokai pone en crisis una de las evasiones más habituales de la conciencia contemporánea: la que separa la compasión del contacto. La cultura del bienestar ha perfeccionado los mecanismos para sentirse solidario a distancia: donaciones, hashtags, campañas de concienciación. Todo eso puede ser bueno, y a menudo lo es. Pero Damián propone algo radicalmente distinto: que hay formas de sufrimiento que solo se alivian con presencia, y que esa presencia tiene un coste que no se puede subcontratar.
No fue a Molokai como voluntario de temporada. Fue, se quedó y murió allí. No huyó cuando supo que estaba contagiado. No pidió ser relevado cuando la enfermedad avanzaba. Esa fidelidad sin salida de emergencia es lo que convierte su historia en algo más que una anécdota edificante: es un argumento sobre lo que significa amar de verdad, sin la cláusula implícita que reserva el derecho a marcharse cuando el precio se vuelve demasiado alto.
La razón de esa fidelidad la explicó él mismo con una precisión que excluye toda interpretación psicológica o heroica: «Sin la presencia de nuestro divino Maestro en mi pobre capilla, jamás habría podido mantener unida mi suerte a la de los leprosos de Molokai.» El centro de su vida no era el altruismo ni la voluntad de hierro sino la Eucaristía, la presencia de Cristo en la capilla de Kalaupapa. Desde allí todo lo demás tenía sentido. Sin eso, nada.
Esa declaración es una de las más honestas y más teológicamente precisas que ha dejado la historia de los santos modernos. Y es también una interpelación directa a quienes practican la caridad desde el vacío espiritual: la que se apoya solo en la buena voluntad se agota antes o después. La que se apoya en la certeza de que en el rostro del leproso está el rostro de Cristo puede sostenerse hasta la muerte.
La caridad que no acepta el contacto no llega al fondo del sufrimiento. Damián vendó heridas hediondas, enterró a sus muertos con sus manos, durmió entre ellos, comió con ellos, y al final murió de lo mismo que ellos. No lo hizo por insensatez sino porque comprendió que la distancia higiénica, aunque razonable, podía convertirse en una forma de no ver a la persona que había detrás de la enfermedad. Para quien trabaja en ámbitos de sufrimiento extremo, su figura no exige la imprudencia sino la honestidad sobre hasta dónde llega el propio compromiso.
La presencia eucarística fue el único sostén que él mismo reconoció. Damián no explicó su perseverancia por su carácter flamenco ni por su formación misionera ni por ninguna cualidad personal. La explicó por la Eucaristía. Esa confesión, que podría sonar a fórmula devocional, tiene en su caso un peso específico: fue dicha por alguien que había tenido dieciséis años de razones sobradas para rendirse y no lo hizo. Para el cristiano que frecuenta los sacramentos sin acabar de creer que son la fuente de energía que la Iglesia dice que son, el testimonio de Damián es un desafío directo.
Elegir quedarse, cuando marcharse sería razonable, es la forma más alta de fidelidad. Damián podría haberse ido cuando supo que tenía lepra. Nadie se lo hubiera reprochado. Los dieciséis años que llevaba en Molokai habrían sido suficientes para justificar un retiro honroso. Eligió no hacerlo. Esa elección, hecha con plena conciencia de sus consecuencias, es lo que separa su historia de la de un misionero generoso y la convierte en martirio, aunque no llevara martillo ni espada de por medio.
San Damián, padre de los leprosos de Molokai, tú que elegiste quedarte cuando marcharte hubiera sido razonable, y que encontraste en los rostros desfigurados de tus enfermos el rostro del mismo Cristo, pide para nosotros la gracia de no mirar el sufrimiento ajeno desde lejos por miedo a que nos cueste demasiado acercarnos. Intercede por todos los que hoy viven como vivían tus leprosos: excluidos, estigmatizados, olvidados por un mundo que prefiere no verlos. Obtennos la fortaleza que tú mismo confesaste no tener por ti mismo, sino solo por la presencia de tu Señor en la capilla de Kalaupapa. Y cuando sintamos que el precio de quedarse es demasiado alto, recuérdanos que dijiste que te quedarías aunque te ofrecieran la salud. Amén.
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