4 ABRIL
San Isidoro de Sevilla (c. 560–636)

San Isidoro de Sevilla (c. 560–636)

Arzobispo de Sevilla durante treinta y cuatro años, presidió los concilios que dieron forma a la Iglesia visigoda y escribió la enciclopedia más copiada de la Edad Media. San Isidoro salvó el conocimiento clásico cuando el mundo se derrumbaba.

¿Quién fue San Isidoro de Sevilla?

Hay figuras en la historia que solo se entienden si se comprende primero el mundo que les tocó vivir. San Isidoro de Sevilla es una de ellas. Para entender lo que hizo hay que entender lo que estaba ocurriendo cuando lo hizo. Su memoria se conmemora en el santoral católico del 4 de abril.

Nació hacia el año 560 en Sevilla, aunque algunos historiadores sitúan su nacimiento en Cartagena y su infancia temprana en Sevilla. Era el menor de cuatro hermanos todos ellos santos: Leandro, que sería obispo de Sevilla antes que él; Fulgencio, obispo de Écija; y Florentina, monja. Cuando murió su padre, fue su hermano mayor Leandro quien se hizo cargo de su educación. Isidoro aprendió en la biblioteca episcopal de Sevilla, una de las mejor dotadas de la Hispania visigoda, y allí pasó los años de formación que determinarían el resto de su vida.

El mundo en que creció era el de la disolución. El Imperio Romano occidental había desaparecido hacía un siglo. Los visigodos, que habían sido arrianos, es decir, herejes, desde su conversión al cristianismo, se convertían al catolicismo niceno solo cuando Isidoro tenía unos veintisiete años, bajo el rey Recaredo. El latín clásico se fragmentaba. Las bibliotecas ardían o se dispersaban. Los grandes maestros del mundo antiguo habían muerto sin dejar sucesores. El conocimiento acumulado durante siglos estaba en riesgo real de desaparecer en una o dos generaciones.

Isidoro lo vio. Y respondió.

El arzobispo que organizó una Iglesia

Hacia el año 600 sucedió a su hermano Leandro como arzobispo de Sevilla, la sede eclesiástica más importante de la Hispania visigoda. Gobernaría esa sede durante treinta y cuatro años, hasta su muerte en 636.

Como arzobispo, su primera gran tarea fue institucional: la Iglesia visigoda necesitaba estructura, normas, cohesión. La conversión de Recaredo había sido políticamente brillante pero teológicamente apresurada, había cientos de clérigos que habían sido arrianos hasta ayer y que ahora celebraban la liturgia católica sin la formación necesaria. Había diócesis sin disciplina, obispos sin formación, comunidades sin catequesis sólida.

Isidoro convocó sínodos y los presidió con una claridad doctrinal y una eficacia práctica que sus contemporáneos recordaron durante siglos. El II Concilio de Sevilla, en 619, y sobre todo el IV Concilio de Toledo, en 633, el más importante de la historia de la Iglesia visigoda, establecieron las normas que darían coherencia a la Iglesia hispana durante generaciones. En Toledo se acordó, entre otras cosas, que en todas las diócesis debía haber escuelas donde los clérigos aprendieran las materias del Trivium y el Quadrivium, gramática, retórica, dialéctica, aritmética, geometría, música y astronomía. Era la primera vez que la Iglesia occidental establecía un programa de estudios universal para el clero.

Las Etimologías: salvando el conocimiento

Pero la obra que haría inmortal a Isidoro no fue su labor conciliar sino su labor enciclopédica. Las Etymologiae, también llamadas Origines, son veinte libros que cubren prácticamente todo el conocimiento humano de la época: gramática, retórica, dialéctica, matemáticas, música, astronomía, medicina, derecho, teología, historia natural, geografía, arquitectura, agricultura, guerra, navegación, cocina y decenas de disciplinas más.

El método de Isidoro era etimológico, de ahí el título. Para cada concepto, buscaba el origen de la palabra que lo designaba, porque creía que entender de dónde venía una palabra era entender la esencia de la cosa que nombraba. Era un método discutible filosóficamente, pero extraordinariamente eficaz pedagógicamente: ordenaba el conocimiento de forma que podía ser transmitido, recordado y enseñado.

Las Etymologiae no eran una obra de creación original. Isidoro lo sabía y no pretendía otra cosa. Era una obra de compilación sistemática y generosa: recogía lo que estaba disperso en centenares de textos que corrían el riesgo de perderse, lo organizaba, lo sintetizaba y lo ponía al alcance de quien necesitara aprender. En un mundo donde las bibliotecas se quemaban y los maestros morían sin dejar copias de sus obras, ese gesto de preservación deliberada era de un valor incalculable.

Durante toda la Edad Media, las Etymologiae fueron el libro más copiado después de la Biblia. Cualquier monje europeo que quisiera saber algo sobre cualquier materia, medicina, derecho, astronomía, historia natural, abría a Isidoro. El conocimiento clásico que llegó al Renacimiento europeo lo hizo en gran medida a través de sus páginas.

Otras obras y su dimensión humana

Además de las Etymologiae, Isidoro escribió una historia de los godos, los vándalos y los suevos, la primera historia genuinamente hispana, tratados teológicos, comentarios bíblicos, un libro sobre los varones ilustres de la Iglesia hispana y el Liber Synonymorum, una obra espiritual sobre la condición del alma pecadora y su camino hacia Dios que revela una dimensión interior que las obras enciclopédicas tienden a ocultar.

Porque Isidoro no era solo un erudito. Era un pastor que conocía a sus ovejas, un hombre de oración que distribuía sus bienes entre los pobres, un arzobispo que en sus últimos días reunió a los pobres de Sevilla a su alrededor y les dio todo lo que tenía antes de morir. Los cronistas de la época cuentan que durante los seis meses anteriores a su muerte vivió prácticamente en ayuno continuo y que murió pidiendo perdón a todos los que pudieran haberle ofendido.

Murió el 4 de abril de 636 en Semana Santa, como Ambrosio de Milán, como si la liturgia de la muerte y la Resurrección eligiera a sus testigos con criterio. Fue declarado Doctor de la Iglesia en 1722 por Inocencio XIII.

En 1999, Juan Pablo II lo propuso como patrón de Internet, el enciclopedista que compiló todo el conocimiento disponible de su época como posible patrono de la red que hace disponible todo el conocimiento de la nuestra. La propuesta no ha sido formalizada oficialmente, pero la lógica de la conexión es impecable.

Reflexión del santo del 4 de abril

San Isidoro plantea una pregunta que la modernidad tiende a responder mal: ¿para qué sirve preservar el conocimiento del pasado cuando el presente tiene sus propias urgencias?

La respuesta de Isidoro fue práctica y consecuente: porque sin ese conocimiento el presente queda ciego. La Hispania visigoda del siglo VII no necesitaba filosofía griega ni derecho romano para sobrevivir a corto plazo. Pero sin esas raíces, la cultura que estaba construyendo sobre las ruinas del Imperio no habría tenido con qué alimentar sus instituciones, su teología ni su arte.

La modernidad ha construido su propio presentismo, la idea de que lo antiguo es irrelevante por antiguo, que la innovación es siempre superior a la tradición, que el pasado es un obstáculo que hay que superar en lugar de una fuente a la que hay que volver. El resultado es una cultura que reinventa permanentemente la rueda y que comete los mismos errores que el pasado ya cometió y documentó, porque nadie se ha tomado la molestia de leer lo que está escrito.

Isidoro entendió que la tarea del intelectual cristiano no es solo crear sino también preservar, transmitir lo recibido con fidelidad para que las generaciones siguientes tengan con qué trabajar. Esa tarea no es menos creativa ni menos urgente que la innovación. Es su condición de posibilidad.

¿Qué nos enseña San Isidoro de Sevilla?

La preservación como vocación. Isidoro podría haber elegido escribir teología original o comentarios bíblicos de profundidad filosófica, tenía capacidad para ello. Eligió compilar lo que estaba a punto de perderse. Esa elección requirió humildad intelectual, reconocer que en ese momento lo que más falta hacía no era su propia voz sino la transmisión fiel de otras voces. Hay épocas en que la tarea más urgente no es crear sino cuidar lo que ya existe.

Las escuelas como política eclesiástica. La decisión del IV Concilio de Toledo de establecer escuelas en todas las diócesis no fue un gesto cultural accesorio, fue una decisión estratégica sobre el futuro de la Iglesia. Una Iglesia sin clero formado es una Iglesia vulnerable. Una comunidad sin educación es una comunidad fácilmente manipulable. Isidoro lo entendió con una claridad que muchos obispos de todos los siglos no han tenido.

La erudición al servicio de los demás. Las Etymologiae no eran un monumento a la sabiduría de su autor. Eran un instrumento para que otros pudieran saber lo que necesitaban saber. El conocimiento que se acumula para lucirlo o para protegerlo es conocimiento muerto. El que se pone al servicio de quien lo necesita tiene la fecundidad de lo vivo.

Oración a San Isidoro de Sevilla

San Isidoro, que preservaste el conocimiento cuando el mundo se deshacía y construiste escuelas cuando los otros construían fortalezas, intercede por los maestros, los intelectuales y los que custodian la memoria de lo que hemos sido. Enséñanos que la tradición no es un obstáculo sino una fuente, y que transmitir bien lo recibido es también una forma de crear. Amén.

Otros santos del 4 de Abril

Santos Agatópodo y TeoduloSan Ambrosio de MilánSan Platón de StudiónSan Pedro de PoitiersBeato Guillermo CuffitelliSan Benito el NegroBeato José Benito DusmetBeato Francisco MartoBeato Cayetano Catanoso