29 MARZO
San Marcos de Aretusa (s. IV – c. 362)

San Marcos de Aretusa (s. IV – c. 362)

Obispo anciano que había destruido un templo pagano y se negó a pagar la multa que Juliano el Apóstata le exigió. Torturado durante días ante toda la ciudad, su resistencia fue tan impresionante que sus propios verdugos acabaron avergonzándose. Y muchos de sus torturadores pidieron el bautismo.

¿Quién fue San Marcos de Aretusa?

Hay martirios que terminan con la muerte del mártir. El de Marcos de Aretusa terminó con la conversión de sus verdugos.

El santoral católico del 29 de marzo rindre homenaje a Marcos de Aretusa, obispo de Aretusa, una ciudad de Siria, en el siglo IV — el siglo de las grandes batallas teológicas sobre la naturaleza de Cristo. Marcos participó en el Sínodo de Sirmio del año 351, donde fue acusado de simpatías arrianas por sus formulaciones doctrinales, lo que le costó la exclusión temporal del Martirologio Romano. Fue rehabilitado siglos después por los Bolandistas — los grandes críticos hagiográficos de los siglos XVII y XVIII — que concluyeron que la acusación no estaba justificada. El hecho de que Gregorio Nacianceno, uno de los teólogos más rigurosos del siglo IV, lo llamara «varón eximio y anciano santísimo» es un testimonio que pesa más que cualquier acusación de sínodo.

Pero lo que hace memorable a Marcos no es la polémica teológica de Sirmio. Es lo que ocurrió en Aretusa bajo el emperador Juliano.

El templo destruido

Durante el reinado del emperador Constantino — el primer emperador cristiano — Marcos había demolido un templo pagano en Aretusa y construido en su lugar una iglesia. Era una práctica común en aquella época de conversión del Imperio: los lugares de culto pagano se christianizaban, a veces gradualmente, a veces de forma más abrupta.

Los paganos de Aretusa lo resintieron profundamente. Pero mientras el emperador fuera cristiano, no podían hacer nada. Esperaron.

Su oportunidad llegó cuando Juliano el Apóstata — sobrino de Constantino, criado como cristiano y convertido en secreto al paganismo antes de asumir el trono — promulgó en el año 361 un edicto que obligaba a todos los que hubieran destruido templos paganos a reconstruirlos o a pagar una compensación económica sustancial.

La fuga y el regreso

Marcos, ya anciano, no podía ni quería obedecer. No tenía los recursos para reconstruir el templo ni la disposición para legitimar con dinero la exigencia del emperador apóstata. Cuando la furia de sus enemigos paganos se hizo evidente, huyó de la ciudad.

Y entonces supo que algunos de sus feligreses habían sido detenidos como represalia. No podía quedarse escondido mientras otros pagaban por su causa. Volvió.

Lo que siguió fue uno de los episodios de tortura más prolongados y documentados del siglo IV. Los paganos de Aretusa — con la anuencia implícita del poder imperial — sometieron al anciano obispo a una serie de tormentos que los historiadores contemporáneos describen con una precisión que resulta difícil de leer: lo pasearon por la ciudad en carreta, haciéndolo objeto de escarnio público; lo pellizcaron y pincharon con estiletes; lo untaron con miel y lo dejaron expuesto a las avispas en pleno verano.

El historiador Sócrates de Constantinopla y Gregorio Nacianceno —que escribió sobre él de primera mano— coinciden en el detalle más extraordinario: durante todo el proceso, Marcos no se quejó. No gritó. No cedió. Mostró una calma que sus propios verdugos encontraban cada vez más desconcertante.

La vergüenza que convirtió

A medida que pasaban los días, algo empezó a cambiar en la ciudad. La crueldad que había comenzado como venganza religiosa empezó a parecer lo que era: la humillación sistemática de un anciano que se negaba a doblegarse. Y esa negativa, sostenida sin dramatismo y sin heroísmo aparente, fue más persuasiva que cualquier sermón.

El retórico pagano Libanio — uno de los intelectuales más influyentes del siglo IV, nada sospechoso de simpatías cristianas — escribió a los perseguidores de Marcos pidiéndoles que desistieran. No porque hubiera abrazado el cristianismo sino porque entendía que la crueldad que estaban ejerciendo solo fortalecía la causa que querían destruir.

La propia población de Aretusa, según cuenta Sócrates, quedó tan impresionada con la fortaleza del obispo que muchos pidieron instrucción cristiana. Querían conocer una religión capaz de producir ese tipo de resistencia. Marcos, desde el improvisado potro de tortura, se convirtió en el mejor argumento a favor de lo que predicaba.

El gobernador fue a Juliano a pedir el perdón. El emperador lo concedió — con una frase que revela que incluso él entendía lo que estaba ocurriendo: no quería dar mártires a los cristianos. Marcos fue liberado. Vivió hasta el final de su vida sin más persecuciones y murió durante los reinados de Joviano y Valente, en paz.

Reflexión del santo del 29 de marzo

La historia de Marcos de Aretusa tiene una paradoja en su núcleo que merece ser nombrada: el testimonio más poderoso que dio no fue un discurso, no fue una obra escrita, no fue una decisión pastoral de gran alcance. Fue su silencio bajo la tortura. Su calma. Su negativa a reaccionar con la violencia o la desesperación que sus torturadores esperaban.

La modernidad tiende a valorar el testimonio que se puede articular, comunicar, viralizar. El testimonio que transforma es a veces exactamente el contrario: el que no busca ser visto, el que no tiene palabras, el que consiste simplemente en no derrumbarse cuando todo empuja a derrumbarse.

Libanio lo vio con los ojos del intelectual pagano: que esa resistencia solo fortalecía al cristianismo. Tenía razón. Y la razón por la que la tenía es que hay algo en la dignidad sostenida bajo el sufrimiento que resuena en lo más profundo de la experiencia humana — en el reconocimiento de que hay personas que tienen acceso a una fuente de fortaleza que las circunstancias no pueden agotar.

Eso es lo que vio la gente de Aretusa. Y eso es lo que pidieron cuando pidieron el bautismo.

¿Qué nos enseña San Marcos de Aretusa?

Volver cuando otros están pagando por tu causa. Marcos huyó — lo cual era razonable — y luego volvió cuando supo que sus feligreses habían sido detenidos. No por heroísmo impulsivo sino por la convicción de que no podía permanecer a salvo mientras otros cargaban con las consecuencias de sus actos. Hay una responsabilidad hacia los que dependen de uno que la modernidad individualista tiende a diluir. Marcos la tomó en serio hasta sus consecuencias más incómodas.

La calma como argumento. Marcos no argumentó contra sus torturadores. No pronunció discursos. Su respuesta fue la ausencia de respuesta esperada. En un mundo que premia la reacción inmediata y la expresión vehemente, la calma que nace de la fe profunda tiene un poder que el ruido no puede alcanzar. No es insensibilidad — es la fortaleza del que ha encontrado algo más sólido que el dolor.

El testimonio que no busca ser visto es el que más se ve. Marcos no planeó convertir a nadie con su resistencia. Solo se negó a ceder. El resultado fue una conversión en cadena que ningún sermón había logrado en Aretusa. La fe que se vive sin calculada estrategia de impacto tiene a veces más impacto que la que se construye con ese objetivo.

Oración a San Marcos de Aretusa

San Marcos, anciano que volviste a la ciudad que te iba a torturar porque no podías dejar a los tuyos solos, y que aguantaste sin quejarte lo que nadie debería aguantar, intercede por los que soportan el sufrimiento sin espectadores y por los que tienen que volver cuando sería más fácil quedarse a salvo. Enséñanos que la calma que viene de Dios es más poderosa que cualquier argumento. Amén.

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