Campesino que estudió con hambre y frío en Oxford, Paris y Bolonia, rechazó dos matrimonios ventajosos y acabó siendo obispo sin palacio ni rentas durante dos años porque el rey le cerró las puertas. Su lema lo dice todo: austeridad, caridad y energía.
Obispo · 3 de abril
Nació hacia 1197 en Wyche — la actual Droitwich, en Worcestershire — en una familia de campesinos con tierras que, tras la muerte temprana de sus padres, quedaron en manos de tutores negligentes. Ricardo era el menor de los hijos. En lugar de aceptar la situación, tomó el arado y se puso a trabajar como cualquier labrador hasta que con su propio esfuerzo logró recuperar el patrimonio familiar. Su memoria se celebra en el santoral católico del 3 de abril.
No quedó en eso. Cuando las tierras estuvieron en orden, dejó todo — incluyendo el ventajoso matrimonio que sus amigos habían gestionado para él con una noble heredera — y marchó a estudiar. Oxford, París, Bolonia. Siete años de Derecho Canónico en Bolonia, viviendo con tan poco que compartía con sus compañeros una sola túnica para salir a la calle. Cuando uno estudiaba el otro esperaba en casa. Aprendió lo que la pobreza enseña y que los ricos raramente aprenden: que lo esencial no es lo que se tiene sino lo que se es.
De vuelta a Oxford, Ricardo fue nombrado Canciller de la Universidad — uno de los cargos académicos más prestigiosos de Inglaterra. Luego Canciller del arzobispado de Canterbury, trabajando junto a San Edmundo Rich, arzobispo y también santo, que lo consideraba su brazo derecho. Cuando el conflicto entre Edmundo y el rey Enrique III forzó al arzobispo al exilio en Francia, Ricardo lo acompañó. Cuando Edmundo murió en Pontigny en 1240, Ricardo lo cuidó hasta el final y lloró su muerte como se llora la de un padre.
Y entonces hizo algo que desconcertó a sus contemporáneos: en lugar de aprovechar su posición para ascender en la jerarquía eclesiástica, se fue al convento dominico de Orleáns a estudiar Teología y ser ordenado sacerdote. Tenía cuarenta y tres años. Ninguna carrera eclesiástica sensata se planifica así.
Volvió a Inglaterra como párroco. Sin más pretensiones.
En 1244 el arzobispo de Canterbury, Bonifacio de Saboya, lo nombró obispo de Chichester. El rey Enrique III había propuesto a otro candidato — un hombre sin méritos pero con la flexibilidad política conveniente. El papa Inocencio IV, consultado el caso en Lyon, anuló la elección del candidato regio y confirmó a Ricardo.
Enrique III montó en cólera.
Lo que siguió durante casi dos años es uno de los episodios más extraordinarios del episcopado medieval inglés. El rey cerró físicamente las puertas del palacio episcopal a Ricardo, confiscó todas las rentas de la diócesis y prohibió que nadie lo alojara bajo amenaza de represalias reales. En una época en que los obispos eran tratados como señores feudales, Ricardo era un obispo que no tenía dónde dormir en su propia diócesis.
Casi nadie se atrevió a ayudarlo. El miedo al rey era real. Solo un sacerdote, Simón de Tarring, le abrió su casa y compartió con él lo poco que tenía. Un sacerdote de parroquia que arriesgó la ira del rey por dar techo a su obispo.
Desde esa casa prestada, Ricardo gobernó su diócesis durante dos años. Viajaba a pie — los obispos del siglo XIII no viajaban a pie, eso era cosa de frailes mendigos — visitando a los pescadores y los campesinos de su diócesis, reuniendo sínodos en condiciones que nadie entendía cómo era posible, dictando las Constituciones de Chichester que regularían la vida del clero con una precisión y una exigencia que sus sucesores tardarían siglos en superar.
Era un escándalo andante. Un obispo sin séquito, sin rentas, sin palacio, visitando casas de pescadores. En el contexto de un episcopado inglés acostumbrado al lujo feudal, la imagen era casi subversiva.
El papa Inocencio IV amenazó finalmente a Enrique III con la excomunión si no reconocía a Ricardo. En 1246 el rey cedió y devolvió los bienes de la diócesis. Las rentas de los dos años de confiscación — nunca las devolvió.
Repuesto en su sede, Ricardo gobernó la diócesis de Chichester durante ocho años con el mismo lema que había practicado antes del palacio y durante el destierro: austeridad, caridad y energía. No eran tres virtudes abstraídas de la realidad — eran tres dimensiones de su carácter que cualquiera que lo conocía podía verificar en su conducta diaria.
La austeridad era personal y real: vivía con frugalidad, usaba el cilicio, distribuía como limosna casi toda la renta que por fin llegaba a sus manos. La caridad era práctica y urgente: durante la hambruna de 1247 organizó la distribución de alimentos con una eficacia que los cronistas recordaron durante generaciones. La energía era pastoral e institucional: convocó sínodos, reformó al clero, combatió la simonía y el concubinato clerical con una intransigencia que le ganó enemigos dentro de la propia Iglesia — y que la historia le ha reconocido como uno de los episcopados más fecundos de su tiempo.
Murió el 3 de abril de 1253 en Dover, mientras predicaba la Cruzada para liberar Tierra Santa. Lo encontró la muerte en un asilo para pobres que él mismo había fundado — como si hasta en el modo de morir hubiera algo deliberadamente coherente. Sus últimas palabras fueron dirigidas a la Virgen: «María, madre de Dios y madre de misericordia, defiéndenos del enemigo y recíbenos en el cielo.»
Fue canonizado el 22 de enero de 1262 por el papa Urbano IV — nueve años después de su muerte, una velocidad que dice mucho sobre la intensidad de la devoción que había dejado.
Ricardo de Chichester es uno de los santos más completos del siglo XIII precisamente porque no encaja en ninguno de los arquetipos hagiográficos habituales. No es el monje contemplativo, no es el fundador de una orden, no es el mártir. Es un obispo diocesano — el tipo de santo que la historia suele pasar por alto — que ejerció su ministerio con una coherencia entre el interior y el exterior que resulta difícil de encontrar.
Lo que distingue su historia es la continuidad del carácter a través de circunstancias radicalmente distintas. Era el mismo hombre labrando las tierras de su padre que estudiando con hambre en Oxford, que rechazando matrimonios ventajosos, que siendo el brazo derecho de un arzobispo, que viviendo en casa de un párroco humilde mientras el rey le cerraba las puertas, que gobernando su diócesis desde el palacio recuperado.
La modernidad valora la autenticidad — la coherencia entre lo que uno dice ser y lo que realmente es. Ricardo la practicó durante sesenta años sin que nadie tuviera que recordárselo. Su lema no era una aspiración sino una descripción. Austeridad — no como ideal romántico sino como forma concreta de vivir. Caridad — no como actitud general sino como dinero dado y trabajo hecho. Energía — no como temperamento sino como disposición sostenida frente a la resistencia.
La pobreza como escuela, no como destino. Ricardo estudió con hambre y frío en Oxford y en Bolonia. Esa experiencia no lo amargó — lo formó. Quien sabe lo que es vivir con poco tiene una relación con las cosas materiales que el que nunca ha pasado necesidad raramente alcanza. La austeridad que practicó toda su vida era la continuación coherente de lo que había aprendido de joven sin querer aprenderlo.
Gobernar desde la casa prestada. Dos años de episcopado sin palacio ni rentas, viajando a pie, dependiendo de la hospitalidad de un párroco sin recursos. En ese período dictó las Constituciones más importantes de su episcopado. No esperó a tener las condiciones perfectas para hacer lo que tenía que hacer — hizo lo que tenía que hacer con las condiciones que tenía. Esa actitud es el antídoto exacto al perfeccionismo paralizante que impide actuar mientras no llegan las circunstancias ideales.
La oración de San Ricardo. Se le atribuye una oración que ha sobrevivido siglos y que aparece en muchos devocionarios: «Gracias, Señor mío Jesucristo, por todos los beneficios que me has dado, por todos los dolores y los insultos que has soportado por mí. Oh Amantísimo Redentor, amigo, hermano, que seas conocido por mí, para que te ame más; que te vea más claramente, que te siga más fielmente.» Es la oración de alguien que ha aprendido a ver en el sufrimiento propio el reflejo del sufrimiento de Cristo — no como masoquismo sino como comunión.
Oh amantísimo Redentor, amigo, hermano, que seas conocido por mí, para que te ame más. Que te vea más claramente, que te ame más entrañablemente, que te siga más fielmente, día a día. Amén.
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