16 ABRIL
Santa Bernardita Soubirous

Santa Bernardita Soubirous

Vivía en una antigua celda de la cárcel de Lourdes cuando la Virgen se le apareció dieciocho veces en la gruta de Massabielle. Nunca pidió nada para sí. Nunca se bañó en el agua que ella misma descubrió. Pasó sus últimos trece años en un convento enfermando en silencio, ofreciendo el dolor por los pecadores.

Santa Bernardita Soubirous (María Bernarda Soubirous) Lourdes (Francia), 7 de enero de 1844 — Nevers (Francia), 16 de abril de 1879 Virgen, religiosa de las Hermanas de la Caridad de Nevers Festividad: 16 de abril

¿Quién fue Bernardita Soubirous?

El santoral del 16 de abril recuerda a la vidente de Lourdes, pero sería un error detenerse ahí. Bernardita Soubirous es conocida en todo el mundo por las dieciocho apariciones de la Virgen María que afirmó recibir en la gruta de Massabielle entre febrero y julio de 1858. Lo que se conoce menos, y que es quizás lo más valioso de su historia, es lo que vino después: trece años de vida conventual en Nevers, lejos de Lourdes, en un anonimato deliberadamente buscado, consumida por la tuberculosis y un tumor en la rodilla, sin pedir jamás para sí misma la curación milagrosa que millones de enfermos iban a buscar al manantial que ella misma había descubierto.

Bernardita nació en 1844 en Lourdes, en el seno de una familia que la pobreza había llevado a vivir en una antigua celda de la cárcel municipal desafectada, el llamado cachot: cuatro metros por cuatro metros húmedos y oscuros en la rue des Petits Fossés, cedido por un primo del padre porque no tenían adónde ir. Era la mayor de nueve hermanos, enferma de asma crónica desde los diez años, analfabeta a los catorce, hija de un molinero sin molino que por entonces trabajaba recogiendo basura del hospital. Cuando la Virgen eligió a quién confiarle el mensaje de Lourdes, eligió a alguien a quien el mundo tenía absolutamente olvidada.

La Iglesia la canonizó el 8 de diciembre de 1933, fiesta de la Inmaculada Concepción, la advocación con que la Señora de las apariciones había revelado su nombre. Su cuerpo permanece incorrupto en el convento de Nevers, expuesto en un relicario de cristal. Fue elegida como la persona a quien la Virgen se apareció. No como la persona a quien premiaron por ello.

El cachot, el asma y la niña que no sabía el catecismo

La infancia de Bernardita estuvo marcada por una acumulación de desgracias que cualquier novelista consideraría excesiva. Su padre, François Soubirous, había sido molinero, pero la irrupción de los molinos de vapor arruinó el negocio tradicional y cerró el molino de Boly donde vivían y trabajaban. Sucesivas sequías destruyeron las cosechas de la región. François perdió un ojo en un accidente de trabajo. El panadero del pueblo lo acusó de robo de sacos de harina: pasó una semana en la cárcel. La familia terminó instalada en el cachot, la antigua celda desafectada que un primo del padre les cedió por caridad.

Bernardita contrajo cólera de pequeña y la enfermedad le dejó un asma crónica que la acompañaría toda la vida, comprimiéndole los bronquios y dificultándole la respiración en los momentos de mayor esfuerzo o frío. Su salud era tan frágil que no asistió regularmente a la escuela: cuidaba a sus hermanos menores o guardaba ovejas ajenas en el monte. A los catorce años no sabía leer ni escribir y aún no había recibido la primera comunión porque no conseguía aprenderse el catecismo. El maestro decía de ella a sus padres: «Le cuesta retener de memoria el catecismo, porque no sabe leer; pero pone mucho empeño: es muy atenta y piadosa.»

Dos virtudes sí poseía Bernardita en grado notable: rezaba el rosario con una constancia que sorprendía a quienes la conocían, y nunca decía una mentira. Esta segunda cualidad la documentan varias anécdotas de su infancia con una nitidez que ilumina su carácter. Cuando alguien le preguntaba algo que no sabía, decía que no lo sabía. Cuando le pedían que recordara cosas que no recordaba, decía que no las recordaba. Esa transparencia absoluta sería la misma que mostró durante todos los interrogatorios que siguieron a las apariciones.

Once de febrero de 1858: el viento sin viento

El 11 de febrero de 1858 Bernardita fue con su hermana Toinette y una amiga llamada Juana Abadie a recoger leña a la orilla del torrente Gave, cerca de la gruta de Massabielle. Mientras sus compañeras cruzaban el agua, ella se detuvo a quitarse los zuecos. Entonces oyó un ruido como de viento fuerte. Se volvió: los árboles estaban quietos. Segunda vez el mismo sonido. En la abertura de la roca, en el interior de la gruta, vio a una joven vestida de blanco con un velo que le llegaba hasta los pies, ceñidor azul y una rosa amarilla sobre cada uno. Tenía en las manos un rosario de cuentas del color de las rosas.

Bernardita lo narraría centenares de veces a lo largo de su vida, con una consistencia que desconcertaba a quienes la interrogaban: autoridades civiles, eclesiásticas, médicos, gendarmes. No cambiaba un solo detalle. No añadía nada cuando la presionaban. No se contradecía. Las autoridades la amenazaron con la cárcel, su madre le prohibió volver a la gruta, el comisario de policía la interrogó durante horas. Ella sostuvo su historia con la serenidad de alguien que simplemente dice lo que vio.

Las apariciones se repitieron dieciocho veces entre el 11 de febrero y el 16 de julio de 1858. La «joven», a quien Bernardita llamaba en occitano Aquerò, «aquella», le fue revelando su identidad poco a poco. El 25 de febrero le pidió que escarbara en el suelo del interior de la gruta: Bernardita cavó con las manos desnudas en el fango ante la incredulidad de los trescientos cincuenta testigos presentes, embarrándose el rostro. Poco después brotó el manantial cuyas aguas han sido asociadas desde entonces a curaciones inexplicables. El 25 de marzo, en la decimosexta aparición, la joven reveló finalmente su nombre: «Que soi era Immaculada Concepcion», «Yo soy la Inmaculada Concepción.»

Bernardita no comprendió del todo las palabras. Fue repitiéndolas para sí mientras corría a casa del párroco, como quien teme olvidarlas. El propio párroco, el padre Peyramale, hombre poco dado a entusiasmos piadosos, quedó desconcertado: Bernardita no sabía qué significaba «Inmaculada Concepción». El dogma había sido proclamado por Pío IX apenas cuatro años antes, en 1854, y era una formulación teológica que una niña analfabeta de Lourdes no tenía manera de haber conocido ni inventado.

Lo que la Virgen le prometió, y lo que no

La Señora de Massabielle le dijo a Bernardita cosas que la hagiografía popular suele omitir por incómodas. Entre ellas, que no la haría feliz en esta vida. La promesa era para la otra. Bernardita lo aceptó sin drama y sin desmentirlo nunca. Y la promesa se cumplió con una precisión que impresiona.

Bernardita nunca se bañó en las aguas de Lourdes. Nunca pidió para sí la curación que la Virgen, a través de ese manantial, concedería a miles de enfermos. Cuando las peregrinaciones comenzaron y la fama de Lourdes se extendió por Europa, Bernardita se encontró en el centro de una atención que le resultaba insoportable. La gente quería verla, tocarla, hacerse fotos con ella. Los visitantes llegaban al convento donde vivía temporalmente como un personaje de feria que había que conocer. Ella lo toleraba con paciencia pero sin disimular que lo sufría.

En 1866, a los veintidós años, ingresó en la congregación de las Hermanas de la Caridad de Nevers. Las superioras tardaron en admitirla por su precaria salud. Cuando al fin lo hicieron, pusieron sobre la mesa con claridad lo que la esperaba: en Nevers no recibiría ningún trato especial por haber sido la vidente de Lourdes. Bernardita lo aceptó. Tomó el nombre de sor María Bernarda y comenzó su noviciado.

Trece años en Nevers: el privilegio del sufrimiento

Los trece años de vida conventual de Bernardita en Nevers son la parte de su historia que más merece ser conocida y que menos se cuenta. Trabajó como enfermera y como sacristana mientras pudo. Luego la enfermedad la fue reduciendo: la tuberculosis pulmonar y ósea, el tumor en la rodilla, las crisis de asma que la dejaban sin respiración. Desde 1875 estuvo enferma de manera permanente. Desde 1878 fue casi incapaz de levantarse de la cama.

Las fuentes recogen que la maestra de novicias no la trató con particular benevolencia: al contrario, la sometió a las mismas exigencias que al resto, y a veces con más dureza, quizás precisamente para no darle privilegios por su pasado. Bernardita lo aceptó también. Cuando alguien le preguntaba cómo soportaba el dolor, respondía con una frase que resume toda su teología del sufrimiento: «Lo que le pido a Nuestro Señor no es que me conceda la salud, sino que me conceda valor y fortaleza para soportar con paciencia mi enfermedad. Para cumplir lo que recomendó la Virgen, ofrezco mis sufrimientos como penitencia por la conversión de los pecadores.»

A quien la animaba en los momentos de mayor padecimiento le respondía con lo que recordaba de la Señora: «María es tan bella que quienes la ven querrían morir para volver a verla.»

Murió el 16 de abril de 1879, miércoles de la octava de Pascua. Tenía treinta y cinco años y hacía meses que no podía tomar parte activa en la vida del convento. Murió rezando el rosario. Sus últimas palabras fueron la conclusión del avemaría: «Santa María, Madre de Dios, ruega por mí pobre pecadora.» Apretó el crucifijo contra el pecho y murió.

El cuerpo que no se corrompió

Treinta años después de su muerte, en 1909, el cuerpo de Bernardita fue exhumado para el proceso de beatificación. Estaba incorrupto. Lo mismo ocurrió en la segunda exhumación de 1919 y en la tercera de 1925. Las monjas ancianas que habían vivido con ella y asistieron a esa última apertura declararon que la muerte la había transformado: el cuerpo consumido por la enfermedad hasta parecer de más de setenta años se había vuelto bello. Dos de ellas se desmayaron de emoción. Vittorio Messori, uno de los estudiosos más rigurosos de Lourdes, lo recogió con su precisión habitual: en vida había parecido envejecida prematuramente por la enfermedad; en la tumba, la muerte la había rejuvenecido.

Fue beatificada por Pío XI el 14 de junio de 1925 y canonizada el 8 de diciembre de 1933, en la fiesta de la Inmaculada Concepción. Su cuerpo reposa hoy en un relicario de cristal en la capilla del convento de Saint-Gildard en Nevers, visible para quienes peregrinan a visitarla.

Reflexión del santo del 16 de abril

Hay una paradoja en el centro de la historia de Bernardita que resulta incómoda para la mentalidad contemporánea: la mujer a través de la cual Dios hizo brotar un manantial de curaciones para el mundo murió consumida por la enfermedad sin pedir jamás ser curada. No por masoquismo ni por desdén hacia el cuerpo: por una comprensión de su papel que ella misma articuló con una claridad que no admite reinterpretación. Ella no era el destino de la gracia de Lourdes. Era el canal. Y los canales no se reservan el agua.

Esto choca con la lógica del mundo, que tiende a suponer que quien hace un bien debería ser el primero en beneficiarse de él. Bernardita no razonó así. Ofreció su sufrimiento por los pecadores, cumpliendo el mensaje de penitencia que la Señora le había encomendado, y no desvió ni una gota de esa ofrenda hacia su propio alivio. El papa Francisco, en su mensaje para la Jornada Mundial del Enfermo de 2017, la citó precisamente en este sentido: Bernardita transformó su fragilidad para apoyar a los demás, y gracias al amor se volvió capaz de enriquecer a su prójimo ofreciendo su vida por la salvación de la humanidad.

Hay también en su figura una lección sobre la elección de Dios que sigue siendo desconcertante. La Virgen no eligió a una teóloga, ni a una religiosa de reconocida virtud, ni a una persona de influencia social. Eligió a una niña que no sabía el catecismo, que vivía en una celda de prisión, que no sabía leer ni escribir. La Enciclopedia Católica observa que Bernardita era exactamente la persona que san Pablo describe en su primera carta a los Corintios: lo necio del mundo para confundir a los sabios, lo débil del mundo para confundir a los fuertes. El criterio divino de elección no es el mérito humano convencional, y Lourdes es uno de los argumentos más vivos de la historia moderna contra ese malentendido.

¿Qué nos enseña Bernardita Soubirous?

La transparencia total es más poderosa que cualquier argumento. Bernardita fue sometida a centenares de interrogatorios por parte de autoridades civiles y eclesiásticas, médicos, comisarios y teólogos, durante años. No cambió un solo detalle de su relato. No añadió nada bajo presión. No retiró nada ante la amenaza. Su consistencia no era la del fanático que repite lo que le han enseñado sino la del testigo que dice lo que vio. Para quien hoy se siente presionado a suavizar, matizar o adornar su testimonio de fe para hacerlo más aceptable, su figura recuerda que la sencillez honesta tiene más fuerza que la retórica elaborada.

Ser canal de la gracia no garantiza recibirla uno mismo. Bernardita no se bañó en Lourdes. No pidió su curación. Entendió que su papel no era ser el destinatario de lo que transmitía sino transmitirlo sin quedarse con nada. Para quien trabaja en ámbitos eclesiales o pastorales y corre el riesgo de confundir el ministerio con el privilegio, su actitud es una corrección silenciosa: lo que se pone en las manos para servir a otros no está ahí para servirse a uno mismo.

El sufrimiento ofrecido tiene una fecundidad que el mundo no mide. Bernardita pasó sus últimos años enferma en Nevers sin ninguna visibilidad, sin ningún rol activo en el crecimiento de Lourdes, sin ninguna influencia reconocida. Desde la perspectiva del mundo, fue descartada por la enfermedad. Desde la perspectiva en que ella misma se situaba, estaba cumpliendo la parte más exigente de su misión: «Ofrezco mis sufrimientos como penitencia por la conversión de los pecadores.» Para quien vive una situación de enfermedad, limitación o aparente inutilidad, su ejemplo no propone la resignación pasiva sino la orientación activa del sufrimiento hacia algo que trasciende la propia situación.

Oración a santa Bernardita Soubirous

Santa Bernardita, pastorcita del cachot de Lourdes, tú que viste lo que los sabios no vieron y dijiste la verdad cuando todos dudaban, pide para nosotros la sencillez que no adorna ni exagera y la transparencia que no teme al interrogatorio. Intercede por los enfermos que van a Lourdes buscando lo que tú nunca pediste para ti, para que encuentren no solo curación del cuerpo sino la paz que tú tenías en la cama del convento. Obtennos la gracia de entender que servir no nos convierte en los destinatarios del servicio, y que lo que Dios pone en nuestras manos para los demás no es nuestro. Y cuando el sufrimiento nos visite, enséñanos a ofrecerlo como tú: no como un peso que se soporta sino como una moneda que se gasta por quienes más la necesitan. Amén.

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