12 ABRIL
Santa Teresa de los Andes (1900 – 1920)

Santa Teresa de los Andes (1900 – 1920)

Tenía diecinueve años, once meses en el convento y una vida interior que sus confesores describieron como la de una mística consumada. Dios le había revelado que moriría joven. Ella lo aceptó con alegría y esperó, sin perder un solo día.

Santa Teresa de Los Andes Santiago de Chile, 13 de julio de 1900 — Los Andes (Chile), 12 de abril de 1920 Virgen, novicia carmelita descalza Festividad: 12 de abril (en el calendario universal; el 13 de julio en Chile)

¿Quién fue Teresa de Los Andes?

El santoral del 12 de abril recuerda a alguien que vivió apenas veinte años, de los cuales solo once meses transcurrieron dentro de un convento. Si se mide su vida en términos de lo producido, de lo construido, de lo dejado detrás, el balance parece casi vacío. No fundó ninguna congregación, no escribió ningún tratado, no dirigió ninguna obra. Fue novicia carmelita descalza en un pequeño monasterio de los Andes chilenos, enfermó de tifus y murió antes de poder hacer votos canónicos. Y sin embargo, el papa Juan Pablo II la beatificó en Santiago de Chile en 1987, ante una multitud que desbordó el parque O’Higgins, y la canonizó en la basílica de San Pedro en 1993, convirtiéndola en la primera santa chilena, la primera carmelita descalza americana y la cuarta Teresa del Carmelo, tras las de Ávila, Florencia y Lisieux.

Lo que la hace extraordinaria no está en lo externo sino exactamente donde ella decía que estaba: dentro. Juana Fernández Solar, que todos en su familia llamaban Juanita, llevó una vida de niña de buena familia santiaguina, estudiante del Sagrado Corazón, deportista, alegre, comunicativa, con amigas y vacaciones en la hacienda familiar de Chacabuco. Lo que sus contemporáneos descubrieron con el tiempo era que esa joven vivaz y normal ocultaba una vida interior que sus confesores y directores espirituales describieron como la de una mística de grado alto. A los catorce años había recibido interiormente lo que ella interpretó como una revelación de Cristo llamándola al Carmelo. A los quince hizo el voto de virginidad. Sabía desde meses antes de morir que su vida sería corta. Y lo aceptó con una serenidad que desconcertaba a quienes la rodeaban.

La niña que el terremoto orientó hacia Dios

Juanita nació el 13 de julio de 1900 en Santiago, hija de Miguel Fernández Jaraquemada y de Lucía Solar Armstrong, familia de buena posición económica y de fe cristiana vivida con sinceridad y constancia. Era la tercera de seis hermanos. Su infancia transcurrió con normalidad en el seno familiar, con la formación escolar en el colegio de las monjas francesas del Sagrado Corazón y con los veranos en la hacienda de Chacabuco, en el valle del Aconcagua.

Ella misma señaló en su diario el momento en que algo cambió en su orientación interior: el terremoto de 1906, cuando tenía seis años. No fue el miedo al desastre lo que la marcó, sino algo que percibió después, en el silencio que siguió: la atracción hacia Dios comenzó a volcar hacia Él toda su capacidad afectiva. Era una niña de seis años, y ya describía ese movimiento interior con una precisión que sorprende. A los diez años, en la preparación a la primera comunión, trabajó con una determinación poco habitual en transformar los defectos de carácter que ella misma reconocía con honestidad: el orgullo, el egoísmo, la terquedad. Recibió por primera vez la Eucaristía y, desde entonces, las locuciones interiores que ella relataría con precisión años después se convirtieron en una constante de su vida de oración.

La adolescente que sus amigas sabían distinta

Juanita fue, durante toda su adolescencia, una joven completamente integrada en su mundo. Deportista, jovial, simpática, atractiva. Tenía amigas, le gustaba el teatro y la música, participaba en la vida familiar y social con una naturalidad que no dejaba traslucir nada extraordinario desde fuera. Sus amigas del colegio la tomaban por modelo, consejera y apoyo, sin que ninguna pudiera definir con exactitud por qué. La sabían distinta, como ella misma recoge en su diario, aunque no hubieran podido explicarlo.

La razón de esa diferencia estaba en la intensidad de su vida interior, que ella mantenía paralela a su vida cotidiana sin aspavientos ni gestos de penitencia visible. Practicaba la caridad con los campesinos e inquilinos de la hacienda de Chacabuco, a quienes catequizaba durante las temporadas de verano con un celo que sus propios padres observaban con mezcla de admiración y cierta perplejidad. A los catorce años, después de un tiempo de discernimiento que describió con detalle en su diario, tomó la decisión definitiva: sería carmelita descalza. A los quince hizo el voto de virginidad por nueve días, que renovó continuamente desde entonces.

No era una vocación que hubiera buscado ni imaginado antes de esa edad. Fue, en sus propias palabras, algo que Cristo le dijo. La concreción de esa afirmación, que podría sonar a lenguaje piadoso convencional, está respaldada por el conjunto de su diario y de sus cartas, documentos de una densidad espiritual y una claridad psicológica que han llamado la atención de estudiosos que no son necesariamente devotos.

Cinco años de espera, once meses de Carmelo

Entre la decisión tomada a los catorce años y el ingreso en el convento de Los Andes transcurrieron cinco años. Cinco años en que Juanita continuó viviendo en Santiago, estudiando, participando en la vida familiar, madurando la vocación sin la posibilidad de ejecutarla todavía. En ese periodo escribió su diario y la mayor parte de las cartas que han llegado hasta nosotros, textos que son la fuente principal para conocer su vida interior y que la Iglesia ha considerado suficientemente documentados para sostener su causa.

El 7 de mayo de 1919, con dieciocho años, ingresó en el pequeño monasterio del Espíritu Santo de las Carmelitas Descalzas de Los Andes, a unos noventa kilómetros de Santiago. El 14 de octubre de ese mismo año recibió el hábito y comenzó el noviciado con el nombre de Teresa de Jesús. La comunidad descubrió muy pronto que tenía entre ellas a alguien fuera de lo ordinario: su adaptación al ritmo carmelitano fue inmediata, como si hubiera vivido siempre así, y su presencia en la comunidad irradiaba algo que las hermanas percibían sin poder nombrarlo bien.

Llevaba once meses en el convento cuando contrajo el tifus. Sabía que moriría: el Señor se lo había comunicado interiormente, y ella misma lo había dicho a su confesor un mes antes. El 7 de abril de 1920, cinco días antes de morir, hizo la profesión religiosa en el artículo de la muerte, un permiso extraordinario concedido dadas las circunstancias. Murió el 12 de abril de 1920, al atardecer, recitando con las hermanas que la rodeaban. Tenía diecinueve años y nueve meses.

La primera santa de Chile, la cuarta Teresa del Carmelo

La veneración popular comenzó de inmediato en la región de Los Andes, con la espontaneidad que la Iglesia siempre ha considerado como uno de los signos más fiables del reconocimiento de la santidad. El proceso de canonización fue largo, como corresponde, pero el resultado no sorprendió a nadie que hubiera leído sus escritos. Juan Pablo II la beatificó el 3 de abril de 1987 en Santiago, en uno de los momentos más emocionantes de su visita pastoral a Chile. La canonizó el 21 de marzo de 1993 en la basílica de San Pedro, ante una delegación oficial del Estado chileno y cinco mil peregrinos llegados desde el otro lado del mundo.

Era la primera santa chilena. Era también la primera carmelita descalza canonizada fuera de Europa, lo que la situaba en una tradición que hasta entonces había tenido todas sus santas en el Viejo Continente. Y era la cuarta Teresa del Carmelo en ser elevada a los altares, después de Teresa de Ávila, Teresa de Florencia y Teresa de Lisieux. La coincidencia no era solo nominal: Juan Pablo II vio en ella un eco de la pequeña vía de Lisieux adaptado a la geografía espiritual de América Latina, una confirmación de que la santidad no tiene latitud.

Sus restos descansan hoy en el santuario de Auco, en la comuna de Rinconada, cerca de Los Andes, que es uno de los principales lugares de peregrinación de Chile. Cada tercer sábado de octubre, miles de jóvenes recorren a pie los veintisiete kilómetros desde la hacienda de Chacabuco hasta el santuario.

Reflexión del santo del 12 de abril

La vida de Teresa de Los Andes plantea un desafío que la mentalidad contemporánea encuentra especialmente difícil de procesar: el de una vida que vale no por lo que produce sino por lo que es. En una cultura que mide el valor de las personas por su impacto, su visibilidad, su legado tangible, una joven que muere a los diecinueve años después de once meses en un convento del que no ha salido parece un desperdicio. Esa reacción, que es comprensible, revela algo sobre los criterios con que juzgamos las vidas: los mismos criterios que el Evangelio lleva dos mil años cuestionando.

La pregunta que Teresa de Los Andes pone sobre la mesa no es si es posible hacer mucho en poco tiempo, sino si es posible ser mucho sin hacer nada que el mundo vea. Su respuesta, que no es una tesis sino una vida, es que sí: que una persona enteramente orientada hacia Dios y desde Dios hacia los demás, aunque muera a los diecinueve años en un convento desconocido, produce algo que los siglos no borran. Juan Pablo II lo formuló así: ella es para la humanidad una prueba de que la llamada de Cristo a ser santos es actual, posible y verdadera.

Hay además en su figura una corrección silenciosa a la tendencia moderna de espiritualizar la santidad hasta hacerla incorpórea, abstracta, sin textura concreta. Juanita era orgullosa, egoísta y terca, según su propio testimonio, y trabajó durante años para vencer esos defectos uno a uno, comenzando en la preparación a la primera comunión. No fue santa por naturaleza sino por esfuerzo perseverante desde una edad en que la mayoría no ha empezado a pensar en estas cosas. Esa concreción es la que hace útil su figura para quien quiera algo más que admirarla desde lejos.

¿Qué nos enseña Teresa de Los Andes?

La santidad no depende del tiempo disponible sino de la intensidad del amor. Teresa de Los Andes vivió menos de veinte años y pasó solo once meses en el convento al que había aspirado durante cinco. Con eso le bastó. Su vida propone que la pregunta relevante no es cuánto tiempo tenemos sino qué hacemos con cada momento del que disponemos. Para quien siente que su vida es demasiado ordinaria, demasiado corta o demasiado limitada para que Dios haga algo con ella, su ejemplo es una respuesta concreta: Dios no necesita décadas, necesita disponibilidad.

La vida interior tiene su propio peso, aunque nadie la vea. Juanita fue una joven normal desde fuera: estudiante, amiga, hija, deportista. Su vida interior, que solo sus confesores y su diario conocían de primera mano, alcanzó una profundidad que la Iglesia ha reconocido como extraordinaria. En un tiempo que tiende a reducir la autenticidad a lo visible y lo compartido públicamente, su figura recuerda que lo más decisivo en una persona ocurre donde nadie mira. La oración, el combate con los propios defectos, la orientación cotidiana del amor: todo eso sucede en silencio y produce sus frutos también en silencio.

Aceptar la propia muerte con paz no es resignación sino fe madura. Teresa supo con meses de antelación que moriría joven, y lo comunicó a su confesor sin dramatismo. Asumió esa certeza con serenidad y confianza, segura de que en la eternidad continuaría su misión de hacer conocer y amar a Dios. Para quien enfrenta una enfermedad grave, la muerte de un ser querido o el simple peso de la propia finitud, su manera de habitar ese conocimiento no es un modelo psicológico de aceptación: es un acto de fe en que hay algo al otro lado que hace que morir joven no sea una derrota.

Oración a santa Teresa de Los Andes

Santa Teresa de Los Andes, Juanita, tú que amaste a Dios con toda la fuerza de tu juventud y no perdiste un solo día de los pocos que te dio, enséñanos a no posponer lo que somos capaces de ser ahora. Pide para nosotros la honradez que tenías para mirarte sin excusas y la determinación para cambiar lo que sabías que debías cambiar. Intercede por los jóvenes que buscan algo que valga la pena y no saben todavía que ya está dentro de ellos. Y obtennos la paz con que aceptaste que tu vida sería breve, para que también nosotros aprendamos a no aferrarnos a lo que Dios nos pide soltar. Amén.

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