"El que muere el último, muere viendo morir a todos los suyos."
El santoral católico del 17 de abril reúne el martirio masivo en la Persia del siglo IV, la fundación silenciosa del Císter, los mártires de la Córdoba islámica, una joven mohawk que encontró el Evangelio al otro lado del Atlántico, y una viuda pisana que perdonó lo imperdonable. Lo que estas vidas tienen en común no es la época ni la geografía ni el estilo de santidad. Es que en cada una de ellas la fe produjo algo que el mundo que las rodeaba no pedía y no esperaba: una resistencia, una fundación, una conversión, un perdón. El calendario cristiano lleva siglos registrando esos gestos porque sabe que son los que cambian las cosas, aunque rara vez lo parezca en el momento en que ocurren.
Simeón bar Sabas era obispo de Seleucia y Ctesifonte, la capital del Imperio sasánida, en un momento en que el cristinismo había pasado de ser religión perseguida en el Imperio Romano a ser, tras el Edicto de Milán, la fe favorecida por el poder. Eso tuvo consecuencias inesperadas en Persia: el rey Sapor II comenzó a ver a los cristianos persas como potenciales aliados del enemigo romano, y la persecución que desencadenó fue una de las más largas y sistemáticas de la historia antigua de la Iglesia.
Simeón fue arrestado en 339 o 340 por negarse a pagar un impuesto especial que Sapor impuso a los cristianos y, sobre todo, por rechazar la adoración del sol, el culto solar que era parte central de la religión zoroastriana oficial del Imperio. El Martirologio anota que proclamó a Jesucristo libre y valientemente, expresión que resume el contenido de una actitud sostenida durante meses de cárcel y tortura.
Lo que ocurrió el Viernes Santo del año 341 supera en dramatismo casi cualquier otro relato de martirio de la antigüedad. Simeón fue conducido ante sus verdugos junto con más de cien compañeros, obispos, presbíteros y diáconos que habían sido arrestados con él. Ante sus ojos, uno por uno, fueron degollados mientras él los exhortaba. El Martirologio es preciso: Simeón murió el último, después de haber presenciado la muerte de todos los suyos. Que ese día fuera el Viernes Santo no era, para quienes lo registraron, una coincidencia irrelevante.
La elección de ejecutarlo el último no era casual ni misericordiosa: era una forma de tortura que el poder conoce bien en todas las épocas. Ver morir a los que uno ha liderado y amado, sabiendo que el propio turno llegará, es un sufrimiento que no tiene nombre preciso pero que los textos hagiográficos de la persecución persa describen con una sobriedad que hace más elocuente lo que cuentan.
La persecución de Sapor II se prolongó durante cuarenta años y produjo miles de mártires, de los cuales el Martirologio menciona a Ustazades, eunuco del palacio real que había sido padrino del propio rey y que fue de los primeros en morir. El detalle de que el padrino del rey fuera uno de los mártires dice algo sobre el alcance de la persecución y sobre la profundidad con que el cristianismo había penetrado en la corte sasánida.
El 17 de abril recuerda a dos abades llamados Roberto, casi contemporáneos, cuyas historias el Martirologio sitúa en entradas consecutivas. El más significativo para la historia de la Iglesia es Roberto de Molesmes, cuya figura está en el origen de uno de los movimientos monásticos más influyentes de la Edad Media.
Roberto nació hacia 1028 y pasó décadas buscando una forma de vida monástica que correspondiera a lo que la Regla de san Benito exigía, sin las concesiones que los grandes monasterios de la época, empezando por Cluny, habían ido acumulando a lo largo de los siglos. No buscaba más austeridad por principio rigorista sino más coherencia: quería que la vida del monje correspondiera a lo que la Regla decía, sin los añadidos que el prestigio y la riqueza institucional habían ido incorporando.
En 1098, con un grupo de monjes igualmente insatisfechos, fundó el monasterio de Cîteaux, en Borgoña, en un paraje pantanoso e inhóspito. Ese monasterio, del que Roberto fue el primer abad, es el origen de la Orden del Císter, que bajo sus sucesores Alberico y Esteban Harding, y sobre todo con Bernardo de Claraval, se convirtió en una de las fuerzas espirituales más poderosas de la Europa medieval.
Roberto, sin embargo, no permaneció en Cîteaux. Fue llamado de nuevo a Molesmes por sus monjes y por la autoridad eclesiástica, y regresó. Murió allí en 1111. La historia del Císter continuó sin él, pero su impulso inicial, la convicción de que era posible y necesario volver a la fuente, siguió siendo el principio organizador de todo lo que vino después. Hay fundadores que no ven el edificio que han puesto en marcha. Roberto es uno de ellos, y eso no disminuye su lugar en la historia.
El 17 de abril recuerda también a tres mártires de la Córdoba del siglo IX: Elías, un presbítero anciano, y Pablo e Isidoro, dos monjes jóvenes. Murieron en 856 durante la persecución que el emir de Córdoba desencadenó contra los cristianos que confessaban públicamente su fe en un contexto islámico.
El fenómeno de los mártires de Córdoba del siglo IX es uno de los más debatidos de la historia del cristianismo hispano. En aquella Córdoba convivían con tensión creciente una comunidad cristiana que intentaba mantener su identidad, una administración islámica que toleraba a los dimmíes siempre que no provocaran, y un grupo de cristianos que consideraban que esa tolerancia tenía un precio inaceptable. Los mártires de Córdoba, entre los que Elías, Pablo e Isidoro son tres de los más de cincuenta que las fuentes documentan en ese período, eligieron la provocación pública, la confesión explícita de la fe ante las autoridades, sabiendo que eso equivalía a una condena a muerte.
El debate histórico sobre si buscaban activamente el martirio o lo aceptaban como consecuencia de su testimonio no afecta a lo que el Martirologio registra: murieron por causa de la fe cristiana, y lo hicieron en una ciudad cuya complejidad religiosa del siglo IX no tiene traducción directa al presente, aunque la tentación de buscarla sea comprensible.
La beata Catalina Tekawitha nació en 1656 en el territorio que hoy es el estado de Nueva York, hija de un jefe mohawk y de una mujer algonquina cristiana que murió cuando Catalina era niña. La viruela que mató a su madre dejó a Catalina con la vista dañada y el rostro marcado. Fue criada por su tío, jefe de su clan, en un ambiente hostil a la presencia misionera.
Los jesuitas llegaron a su territorio cuando Catalina era adolescente. Su interés por el cristianismo encontró resistencia en la familia y en la comunidad: convertirse era visto como una traición cultural y una ruptura social. Se bautizó en 1676, el día de Pascua, y los años que siguieron fueron de presión constante: amenazas, vejaciones, aislamiento. Huyó finalmente a la reducción jesuita de Sault Saint Louis, cerca de Montreal, donde encontró una comunidad cristiana indígena y donde vivió hasta su muerte en 1680, a los veinticuatro años.
Los testimonios de los misioneros que la conocieron describen una vida de oración intensa y penitencia voluntaria que sus directores espirituales moderaban con dificultad. Ofreció a Dios la virginidad que, según los mismos testimonios, había conservado antes de su conversión, en un gesto que tiene una coherencia interior más allá de los términos en que la hagiografía de la época lo expresaba.
Fue beatificada por Juan Pablo II en 1980 y canonizada por Benedicto XVI en 2012, convirtiéndose en la primera santa indígena del continente americano. Su figura tiene un significado que va más allá de la devoción particular: es el reconocimiento de que el Evangelio no tiene una cultura propietaria, y que la santidad puede surgir en cualquier suelo en que la fe arraiga.
Entre las figuras del 17 de abril merece detenerse un momento la beata Clara Gambacorti, pisana del siglo XIV cuya historia condensa en poco espacio varios de los temas mayores de la espiritualidad cristiana. Quedó viuda muy joven, y en ese momento buscó el consejo de Catalina de Siena, que le recomendó la vida religiosa. Fundó en Pisa un monasterio dominico de clausura y lo dirigió durante décadas.
Lo que hace singular su figura en el Martirologio es el dato que cierra su entrada: distinguiéndose por haber perdonado al asesino de su padre y de sus hermanos. No es un detalle menor. El perdón que la tradición cristiana predica en abstracto tiene aquí un nombre y una circunstancia concreta: un hombre que mató a las personas que Clara más amaba, y una mujer que eligió no convertir ese crimen en el eje organizador del resto de su vida. El Martirologio lo registra como rasgo definitorio, no como anécdota. Tiene razón en hacerlo.