Era arzobispo de Canterbury y estaba en manos de los vikingos. Le pedían tres mil libras de plata por su vida. Se negó: el país era demasiado pobre para pagarlo. Lo mataron a huesos de buey y a hachazo limpio. Sus últimas palabras fueron: "El oro que les doy es la palabra de Dios."
San Elfego de Canterbury (Ælfheah) Weston, cerca de Bath (Inglaterra), 954 — Greenwich (Kent, Inglaterra), 19 de abril de 1012 Monje, obispo de Winchester, arzobispo de Canterbury, mártir · Primer mártir de la sede de Canterbury · Festividad: 19 de abril
El santoral del 19 de abril recuerda a un personaje cuya historia desafía las categorías hagiográficas habituales. Elfego no murió por negarse a abjurar de Cristo, ni por defender un dogma frente a un perseguidor. Murió porque se negó a que se pagara su rescate. Los vikingos que lo tenían prisionero pedían tres mil libras de plata por su vida. Elfego conocía la situación del país, saqueado durante años, empobrecido hasta el límite. Ordenó que no se pagara nada. Los vikingos, borrachos y furiosos, lo mataron a pedradas con huesos de buey en una playa de Greenwich el sábado después de Pascua de 1012. Un vikingo cristiano, apiadado, le dio el golpe de gracia con un hacha.
Su canonización generó un debate que dice mucho sobre la Iglesia de su tiempo. Lanfranc, el arzobispo normando que lo sucedió, era escéptico: Elfego no había muerto por renegar de la fe, sino por una razón política y económica. Fue Anselmo de Canterbury quien resolvió el argumento con una comparación que nadie pudo refutar: Juan Bautista tampoco murió por abjurar de Cristo, sino por haber dicho la verdad al poder, y la Iglesia lo venera como mártir. Elfego murió por hacer lo recto cuando lo recto le costaba la vida. El papa Gregorio VII lo canonizó en 1078.
Lo que hace su historia especialmente significativa no es solo la brutalidad de su muerte sino el arco completo de una vida que comenzó en un monasterio de Bath, pasó por la diplomacia con los reyes vikingos de Noruega, la construcción de catedrales e iglesias, la negociación política en tiempos de invasión, y terminó en una playa de Kent con una frase que la tradición ha grabado literalmente en piedra junto al lugar donde murió: «Aquel que muere por la justicia muere por Dios.»
Elfego nació hacia el año 954 en Weston, un suburbio cercano a Bath, en el condado de Somerset, en el seno de una familia noble. A una edad que las fuentes describen como «muy temprana», tomó la decisión de hacerse monje, a pesar de los lamentos de su madre, que había enviudado y que veía en ese hijo su única perspectiva de apoyo familiar. Entró en el monasterio de Deerhurst, en Gloucestershire, una de las casas benedictinas más antiguas de Inglaterra. No tardó mucho en dar un paso más radical: se trasladó a Bath y se estableció como anacoreta, un ermitaño que vivía bajo disciplina religiosa pero sin la estructura comunitaria del monasterio.
La vida anacorética de Elfego atrajo a muchos que buscaban un maestro: fue seguido por discípulos que querían vivir según el mismo modelo de austeridad y oración. Dunstán, el gran reformador monástico anglosajón y arzobispo de Canterbury, lo vio y lo convenció de que aceptara el gobierno de la abadía de Bath. Elfego resistió, como era el patrón habitual de los santos que no buscaban el cargo, y terminó aceptando. Su reputación de piedad y austeridad se extendió más allá de Bath.
Cuando el obispo de Winchester Aethelwold murió en 984, la influencia de Dunstán aseguró la elección de Elfego para ese cargo. Winchester era entonces una de las sedes más importantes de Inglaterra, y Elfego se entregó a la tarea con la energía de alguien que no concibe el episcopado como una posición sino como un ministerio. Construyó y amplió las iglesias de la ciudad. Mandó instalar en la catedral un gran órgano que se podía escuchar a una milla de distancia y que requería más de veinticuatro hombres para ponerlo en funcionamiento: era, para los estándares del siglo X, una hazaña técnica y estética de primera magnitud.
Pero la Inglaterra de Elfego no era un lugar tranquilo. Los ataques vikingos asolaban las costas e iban penetrando hacia el interior. El rey Etelredo II, que la historia recordaría con el apodo de «el Indeciso», alternaba entre el pago de tributos y la impotencia militar. En 994, la flota de Olaf I de Noruega atacó Londres, fue rechazada y se instaló en Southampton para el invierno. Etelredo envió a Elfego como negociador. El obispo consiguió algo que el dinero solo no habría logrado: convenció a Olaf, que era cristiano pero no había recibido la confirmación, de entrar en una tregua de paz a cambio de ser confirmado en la fe y de ser adoptado como hijo simbólico por el rey inglés. Olaf prometió no invadir Inglaterra de nuevo. Y cumplió su promesa.
En 1006 Elfego fue elevado a la sede de Canterbury, la más alta de la Iglesia inglesa. Allí alentó el culto a su predecesor y mentor Dunstán, introdujo nuevas prácticas litúrgicas y promovió la educación en los monasterios. Pero el tiempo de paz no duró. En 1011, una nueva flota vikinga asedió Canterbury durante semanas. La ciudad cayó el 29 de septiembre, no por asalto directo sino por traición: un hombre llamado Alfmaer, abad de la abadía de san Agustín a quien el propio Elfego había salvado la vida en una ocasión anterior, facilitó a los invasores la información que necesitaban para entrar.
El saqueo fue sistemático y brutal. La catedral fue incendiada. Se tomaron prisioneros en masa para venderlos como esclavos. Entre los capturados estaba Elfego. Los vikingos lo mantuvieron cautivo durante siete meses, esperando el pago de un rescate de tres mil libras de plata, una cantidad que en la época era considerada exorbitante.
Lo que sucedió a continuación es el corazón de su historia y la razón de su santidad. En abril de 1012, los líderes del Witenagemot, la asamblea de los grandes del reino, se reunieron en Londres y acordaron pagar a los daneses ochenta y cuatro mil libras en danegeld para que se retiraran del país. El rescate de Elfego iba incluido en ese acuerdo global. Pero Elfego se negó.
Su argumento era directo: el país llevaba años siendo drenado por las exigencias vikingas. La población estaba empobrecida. Pagar tres mil libras más por su persona, siendo él uno solo, era un lujo que Inglaterra no podía permitirse. No valía tanto. Ordenó que no se pagara su rescate.
La Crónica Anglosajona recoge lo que ocurrió después con una sobriedad que hace aún más impactante la escena. Los vikingos, borrachos y furiosos por su desafío, lo aplastaron con huesos y cuernos de buey lanzados en una especie de lapidación salvaje. Un hombre llamado Thrum, cristiano, le dio el golpe final con un hacha en la cabeza, en un gesto que las fuentes interpretan como un acto de piedad para acortar el sufrimiento. Era el sábado después de Pascua de 1012. La Crónica recoge sus últimas palabras: «El oro que les doy es la palabra de Dios.»
La muerte de Elfego no fue inmediatamente aceptada como martirio por todos. Cuando en 1070 Lanfranc, un italiano formado en la tradición normanda, asumió el arzobispado de Canterbury, cuestionó abiertamente la santidad de muchos de los santos anglosajones venerados en la sede, entre ellos Elfego. Su argumento era teológicamente respetable: Elfego no había muerto por negarse a renunciar a la fe cristiana. Había muerto por negarse a que se pagara un rescate. Eso no era, en sentido estricto, la causa por la que la tradición reconocía el martirio.
Fue Anselmo de Canterbury quien respondió con el argumento que zanjó la cuestión: Juan Bautista no murió por abjurar de Cristo. Murió por haber dicho la verdad al poder, por haber denunciado el adulterio de Herodes. Y la Iglesia lo venera como mártir. Del mismo modo, Elfego murió por hacer lo que la justicia le dictaba, por no cargar sobre el pueblo empobrecido el coste de su rescate, aunque esa decisión le costara la vida. La causa de su muerte era una causa justa, y morir por una causa justa, cuando hubiera podido salvar la vida cediendo, era forma suficiente de martirio.
Lanfranc quedó convencido. Elfego fue canonizado por el papa Gregorio VII en 1078. Su altar fue expandido por Anselmo a principios del siglo XII, y después del incendio de la catedral de Canterbury en 1174, sus restos fueron colocados junto a los de Dunstán, cerca del altar mayor. La historia añadiría un último detalle significativo: el 29 de diciembre de 1170, Tomás Becket fue asesinado en ese mismo altar, en el mismo edificio, mientras rezaba a su predecesor san Elfego.
Canuto el Grande, el rey danés que en 1016 se convirtió en rey de Inglaterra, adoptó una política de reconciliación con la iglesia anglosajona y en 1023 organizó el traslado de los restos de Elfego a Canterbury con gran ceremonia. Cuando fueron exhumados para ese traslado, el cuerpo fue encontrado incorrupto.
La historia de Elfego contiene una pregunta que la teología del martirio ha tenido que responder en distintas épocas: ¿se puede morir por una razón que no es estrictamente religiosa y que ese martirio sea reconocido como tal? La respuesta de Anselmo, que Lanfranc no pudo refutar, es que sí: morir por la justicia es morir por Dios, porque la justicia pertenece a Dios, y quien la defiende a costa de la propia vida participa de algo que trasciende el interés personal.
Para la mentalidad contemporánea, acostumbrada a separar lo religioso de lo político y lo ético de lo teológico, la canonización de Elfego puede parecer una decisión discutible. Pero esa separación es exactamente lo que la tradición católica rechaza: no hay ámbito de la vida humana que sea indiferente a Dios. Quien muere por no cargar sobre el pueblo el coste de su propia supervivencia está haciendo algo que tiene un nombre en el Evangelio, aunque ese nombre no aparezca en los manuales de hagiografía clásica.
Hay también en su historia una lección sobre la forma en que el poder, incluso el poder hostil, puede reconocer la grandeza de quien no cede. Thorkell el Alto, el líder vikingo que mandó a sus hombres matar a Elfego, quedó tan horrorizado por la brutalidad de lo que había ocurrido que poco después desertó y se puso al servicio del rey inglés Etelredo. No fue convertido ni convencido: fue avergonzado. Y esa vergüenza fue el fruto del martirio de Elfego, aunque ninguno de los dos lo hubiera previsto.
Morir por la justicia es morir por Dios. Elfego no murió proclamando un dogma: murió negándose a cargar sobre un pueblo empobrecido el coste de su propia vida. Esa decisión, que el mundo podría llamar testarudez o imprudencia, tiene una lógica evangélica precisa: la vida del pastor no vale más que el bienestar del rebaño. Para quien ejerce cualquier forma de autoridad o responsabilidad sobre otros, su figura plantea una pregunta incómoda: ¿cuánto estoy dispuesto a costarle a los que dependen de mí para salvar mi propia situación?
La santidad no requiere que la causa de la muerte sea explícitamente religiosa. El debate entre Lanfranc y Anselmo sobre el martirio de Elfego es uno de los más interesantes de la teología medieval, y su conclusión sigue siendo válida: hay formas de fidelidad al bien que cuestan la vida sin que nadie haya preguntado si se cree en Cristo. La conciencia cristiana opera en todos los ámbitos de la vida, y cuando alguien muere por no traicionarla, aunque la razón inmediata sea económica o política, esa muerte tiene una dimensión que la fe reconoce como sagrada.
La grandeza del testigo puede avergonzar al perseguidor. Thorkell el Alto no fue convencido por argumentos: fue avergonzado por la conducta de Elfego. El vigor moral de quien actúa con coherencia tiene efectos que van más allá de lo que sus contemporáneos pueden prever. La historia de Elfego sugiere que el testimonio de la fe no opera solo sobre quien lo recibe favorablemente, sino que puede mover incluso a quienes se opusieron a él, con consecuencias que solo el tiempo hace visibles.
San Elfego, arzobispo y mártir, tú que dijiste que el oro que dabas era la palabra de Dios y moriste por no cargar sobre el pueblo el precio de tu propia vida, pide para nosotros la generosidad de quienes saben que no valen más que aquellos a quienes sirven. Intercede por todos los que ejercen autoridad, para que no confundan el cargo con el privilegio ni el poder con la seguridad. Obtennos la claridad de Anselmo, que supo ver en tu muerte lo que Lanfranc no veía: que hay formas de fidelidad a la justicia que son también formas de fidelidad a Dios. Y cuando nos llegue la tentación de salvarnos a costa de los demás, recuérdanos que dijiste otra cosa y que esa otra cosa te costó la vida. Amén.
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