"El pastor que se entrega al enemigo para salvar a su grey no ha perdido nada que no fuera ya de los suyos."
El santoral católico del 19 de abril reúne un arzobispo destrozado a huesos de oveja por negarse a empobrecer a sus fieles, un mártir africano que murió intercediendo por los que habían fallado, un papa que recorrió Europa a pie para reformar la Iglesia, una joven persa ejecutada el día de Pascua, y un librero londinense que convirtió a su delator antes de ser ahorcado. Lo que estas vidas tienen en común no es visible a primera vista, pero existe: en cada una de ellas, la muerte llegó como consecuencia de una fidelidad que el entorno pedía que se moderara o que se silenciara. Ninguno de ellos moderó. Ninguno silenció. El calendario cristiano lleva siglos registrando esa constancia porque sabe que es más rara de lo que parece y más necesaria de lo que se admite.
Elfego de Canterbury nació hacia 954 en el oeste de Inglaterra y fue monje benedictino antes de ser elegido obispo de Winchester y, en el año 1006, arzobispo de Canterbury. Su episcopado coincidió con las últimas y más violentas incursiones danesas en Inglaterra, en el período en que el rey Sweyn Barba de Horquilla y sus sucesores estaban conquistando sistemáticamente el país.
En septiembre de 1011, los daneses tomaron Canterbury tras un asedio de veinte días. Elfego se había negado a huir. El Martirologio anota que se presentó ante ellos con la intención de salvar a su grey, lo que significa que intentó negociar, interponerse, ser él el punto de fricción en lugar de la población de la ciudad. Fue capturado y mantenido prisionero durante meses mientras sus captores exigían un rescate de tres mil libras de plata, una suma que Elfego se negó a pagar o a permitir que se recaudara entre una población ya empobrecida por el saqueo.
El sábado después de Pascua de 1012, durante un banquete en el que los caudillos daneses habían bebido abundantemente, la situación se salió de control. Fueron arrojando contra Elfego los huesos del festín, y uno de ellos, según la crónica anglosajona, le dio un golpe definitivo en la cabeza. El jefe Thrum le dio el golpe de gracia con un hacha.
La muerte de Elfego tuvo una resonancia inmediata que las fuentes registran con detalle. Canuto, el rey danés que acabó gobernando Inglaterra, ordenó años después trasladar sus restos a Canterbury con todos los honores, reconociendo implícitamente que lo que había ocurrido era un martirio. Anselmo de Canterbury, que fue su sucesor en la sede un siglo después, defendió contra quienes lo dudaban que Elfego era mártir: no había muerto en el acto de confesar la fe, sino por negarse a exprimir a sus fieles para pagar su rescate, y esa negativa era, en su raíz, pastoral y evangélica.
El argumento de Anselmo es teológicamente preciso y vale la pena retenerlo: hay formas de morir por la fe que no pasan por el tribunal ni por la apostasía exigida. Elfego murió porque eligió la pobreza de sus fieles por encima de su propia vida. Eso, dice Anselmo, es suficiente.
San Mapálico murió en Cartago hacia el año 250, durante la persecución del emperador Decio, y su historia la conocemos con una precisión inusual porque Cipriano de Cartago, que era obispo de la ciudad en ese momento, la refirió en sus cartas con detalle y con una admiración que no intenta disimular.
Mapálico era un cristiano ordinario, no un clérigo, que había sido arrestado junto con muchos otros. Lo que lo hace singular en el Martirologio es el motivo que precipitó su comparecencia final ante el tribunal: su madre y su hermana habían abjurado de la fe bajo presión, y Mapálico, desde la cárcel, pidió para ellas la reconciliación eclesiástica, la readmisión en la comunidad que la abjuración les había cerrado. Fue esa intervención la que lo llevó ante el juez y al martirio.
El gesto tiene una lógica evangélica que Cipriano captó perfectamente: Mapálico no murió predicando en abstracto sino intercediendo en concreto por las personas de su familia que habían fallado. No las condenó desde su posición de mártir sino que usó esa posición para pedir misericordia para ellas. El Martirologio recoge también los nombres de los muchos que murieron con él o poco después, algunos en el tribunal, otros de hambre en la cárcel: Baso, Fortunio, Pablo, Fortunata, Victorino, Víctor y los demás, una lista que la Iglesia ha conservado durante diecisiete siglos porque considera que ninguno de esos nombres debe perderse.
San León IX, elegido papa en 1049, es una figura que la historia de la Iglesia tiende a situar en el trasfondo de dos grandes acontecimientos: la reforma gregoriana que él anticipó y la Gran Cisma de Oriente de 1054 que ocurrió en su pontificado. Pero su figura merece ser mirada en sí misma, sin reducirla a preludio de lo que vino después.
Antes de ser papa había sido obispo de Tulle durante veinticinco años, y ese episcopado local dejó en él una comprensión de los problemas reales de la Iglesia que muchos papas de su época no tenían: la simonía, la compra y venta de cargos eclesiásticos, era una práctica extendida que corrompía la selección del clero desde la base; el nicolaísmo, el matrimonio o concubinato de los sacerdotes, minaba la credibilidad del ministerio. León IX los atacó no desde Roma sino recorriendo personalmente Francia, Alemania e Italia, convocando sínodos locales, destituyendo obispos simoníacos, imponiendo disciplina con una energía que sus contemporáneos describían como infatigable.
Murió en 1054 en condiciones que tienen algo de martirio indirecto: había conducido personalmente un ejército contra los normandos del sur de Italia, que estaban devastando las tierras de la Iglesia, fue derrotado y capturado, y murió poco después de su liberación, físicamente agotado. El cisma con Constantinopla se consumó mientras él agonizaba, firmado por sus legados sin que él pudiera ya intervenir. Fue canonizado en 1082, veintiocho años después de su muerte.
Santa Marta era hija de Pusicio, el mártir persa recordado el día anterior, el prefecto de los artesanos reales que fue ejecutado el Sábado Santo de 341 por animar a un presbítero vacilante. El Martirologio anota que Marta sufrió el martirio al siguiente día de la muerte de su padre, es decir, el día de Pascua.
El dato cronológico, en el contexto de la persecución de Sapor II y de los relatos que la documentan, no parece casual: la ejecución de la hija de un mártir el día siguiente a la de su padre, en la festividad de la Resurrección, tiene la estructura de un mensaje del poder a la comunidad cristiana. Lo que ese mensaje decía es lo mismo que todos los poderes perseguidores han querido decir en todas las épocas: que la fe no protege a los que uno ama, que el martirio de uno no detiene la persecución de los demás.
Lo que el Martirologio responde al registrar su nombre junto al de su padre es igualmente claro: tampoco eso detiene la memoria.
El beato Jacobo Duckett es una figura del martirio isabelino inglés que el Martirologio describe con una precisión que ningún detalle dramático: era librero, estaba casado, y fue denunciado por vender libros católicos en una Inglaterra donde eso era delito. Pasó nueve años en la cárcel antes de ser ejecutado en Tyburn en 1602.
Lo que hace singular su historia es el detalle final que el Martirologio conserva: fue ahorcado junto con el hombre que lo había denunciado, a quien había convertido a la fe católica durante el tiempo que compartieron antes de la ejecución. El delator se convirtió en mártir junto al delatado. No hay en el texto ninguna nota de triunfalismo sobre esa inversión, solo el dato escueto que la tradición juzgó suficientemente significativo como para preservarlo.
La figura de Duckett representa un tipo de confesor que los relatos de martirio suelen eclipsar: no el sacerdote formado en el extranjero que vuelve a ejercer clandestinamente el ministerio, sino el laico casado, el trabajador con oficio, cuya fe se manifiesta en las elecciones cotidianas de su profesión y que paga por ellas el mismo precio que los clérigos.