"El mártir no necesita que su historia sea verdadera en todos sus detalles para que su testimonio lo sea."
El santoral católico del 23 de abril reúne al mártir más universal del calendario, al obispo rechazado en vida y venerado en muerte, a la joven sarda que ofreció su tuberculosis por la unidad de los cristianos, y al compañero de Francisco que mantuvo la sencillez durante cuarenta años después de que todo se hubiera complicado. Lo que estas vidas tienen en común es la fidelidad a algo que las circunstancias pusieron a prueba sin resultado. Jorge no cedió ante el tribunal. Adalberto no cedió ante el rechazo de su grey. María Gabriela no cedió ante la enfermedad. Egidio no cedió ante la nostalgia de los tiempos más simples. El calendario cristiano los recuerda juntos porque sabe que esa constancia, en formas tan distintas, es siempre la misma cosa.
San Jorge es uno de los santos más venerados de la historia cristiana y, paradójicamente, uno de los que menos sabemos con certeza histórica. El Martirologio es preciso en lo que puede ser preciso: murió en Dióspolis, que es la antigua Lida, en Palestina, probablemente durante las persecuciones del siglo IV, y su culto se extendió desde muy antiguo por todas las iglesias, de Oriente a Occidente. No da más detalles porque no los hay con base documental sólida.
Lo que sí existe, y existe desde muy pronto, es la memoria de un mártir cuyo testimonio la Iglesia consideró suficientemente firme como para incluirlo en su calendario universal. El Concilio de Nicea, en 325, ya lo menciona entre los mártires venerados. Eusebio de Cesarea, contemporáneo de las últimas persecuciones, hace referencia a un mártir de Capadocia o Palestina que encaja con lo poco que se sabe de Jorge. La figura histórica está ahí, aunque sepultada bajo capas de leyenda que comenzaron a acumularse muy pronto.
El dragón llegó más tarde. La Leyenda Dorada de Jacobo de la Vorágine, en el siglo XIII, fijó la imagen que la cultura occidental conoce: el caballero que mata al dragón para liberar a la princesa. La alegoría es transparente y la tradición cristiana la ha leído sin dificultad: el dragón es el mal, la princesa es la Iglesia o el alma, el caballero es el mártir que interpone su cuerpo entre la víctima y el agresor. Pero reducir a Jorge a esa imagen es perder lo que el Martirologio señala: un hombre que murió en Palestina en el siglo IV por negarse a apostatar, cuyo nombre y cuya memoria cruzaron fronteras culturales, lingüísticas y confesionales de una manera que pocos santos han conseguido.
Jorge es patrón de Inglaterra, Cataluña, Georgia, Portugal, Etiopía, Lituania y varios países más. Es venerado en las Iglesias ortodoxa, copta, armenia y católica con igual intensidad. Ese alcance ecuménico no se explica solo por la leyenda del dragón: hay en la figura del mártir que no cede algo que todas las tradiciones cristianas reconocen como propio, independientemente de los detalles que cada una haya añadido a su historia.
Lo que incomoda a cierta sensibilidad moderna en san Jorge no es la leyenda sino el hecho desnudo que la leyenda envuelve: un hombre murió por su fe, y la Iglesia lleva dieciséis siglos recordándolo. Que no sepamos exactamente cómo ni exactamente cuándo no cambia lo esencial de ese hecho.
San Adalberto, cuyo nombre en checo es Vojtech, nació hacia 956 en Bohemia, en una familia de la nobleza eslava. Fue educado en Magdeburgo, ordenado sacerdote y elegido obispo de Praga en 983, con veintisiete años, en un momento en que el cristianismo en Bohemia era relativamente reciente y su implantación en las costumbres populares, superficial.
Lo que el Martirologio describe con la frase aguantó dificultades en bien de aquella iglesia es en realidad una historia de incomprensión mutua sostenida durante años. Adalberto intentó imponer una disciplina eclesiástica que la nobleza bohemia consideraba excesiva: defendió a los esclavos, se opuso a la poligamia entre los nobles, condenó el comercio de esclavos cristianos con los judíos. El clero local lo resistió, la nobleza lo hostilizó, y Adalberto abandonó la diócesis en dos ocasiones para retirarse a Roma y hacerse monje, en dos intentos de dejar definitivamente una sede que lo rechazaba.
En ambas ocasiones fue obligado a volver por la autoridad pontificia. En la segunda, ya sin esperanza de resultados en Praga, pidió permiso para marchar en misión a los prusianos, el pueblo pagano que habitaba las costas del Báltico al norte de Polonia. En 997, en la aldea de Tenkitten, cerca del golfo de Gdansk, fue rodeado por un grupo de paganos y asesinado a lanzazos. Tenía cuarenta y un años.
Lo que ocurrió después tiene la amarga ironía que la historia de los mártires repite con frecuencia: el obispo que nadie había querido en vida se convirtió en el santo más venerado de Polonia y de Bohemia en cuanto murió. Boleslao I de Polonia compró su cuerpo por su peso en oro. Fue canonizado en 999, apenas dos años después de su muerte, con una rapidez que refleja la magnitud del impacto que su martirio produjo. Ottón III, el joven emperador que soñaba con una Europa cristiana unificada, peregrinó a su tumba en Gniezno y fundó allí un arzobispado que estructuró la Iglesia polaca durante siglos.
Adalberto es el patrono de Polonia, de Bohemia y de Hungría. Su figura es la del misionero que no cosecha lo que siembra, el pastor rechazado que fructifica en la muerte. No es el modelo más cómodo de santidad episcopal, pero es uno de los más honestos.
La beata María Gabriela Sagheddu nació en Cerdeña en 1914, entró en el monasterio cisterciense de Grottaferrata cerca de Roma y murió en él en 1939, con veinticinco años, de tuberculosis. Su historia no tendría nada de particular entre los muchos jóvenes religiosos que murieron jóvenes de enfermedades en los primeros decenios del siglo XX, si no fuera por la orientación espiritual que dio a su sufrimiento en los últimos años de vida.
María Gabriela descubrió el movimiento ecuménico en su forma católica a través de las iniciativas del padre Paul Couturier, el sacerdote francés que promovía la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, y decidió ofrecer su vida por la unidad de los cristianos divididos. No era un gesto retórico: lo ofreció de manera explícita, a sabiendas de que estaba enferma y de que la enfermedad avanzaba, y mantuvo esa ofrenda hasta la muerte.
Juan Pablo II la beatificó en 1983, en el contexto del impulso ecuménico que el Concilio Vaticano II había generado. El Papa subrayó en la homilía de beatificación que María Gabriela mostraba que la unidad de los cristianos no es solo un problema institucional o teológico sino una causa espiritual que requiere oración e intercesión. Una monja sarda de veinticinco años que ofrece su vida por la unidad de las iglesias es, desde ese punto de vista, un argumento teológico tan serio como cualquier declaración conjunta entre confesiones.
El beato Egidio de Asís fue uno de los primeros compañeros de Francisco, el tercero en unirse al grupo que empezaba a formarse en torno al Poverello en los primeros años del siglo XIII. Su figura ha quedado ensombrecida por la monumentalidad de Francisco, pero los testimonios de la época lo describen con rasgos propios que merecen atención.
Egidio peregrinó a Santiago de Compostela, a Tierra Santa y a otros santuarios. Trabajó con sus manos en distintos oficios: segador, vendimiador, portador de agua. Vivió en varios eremitorios y mantuvo durante décadas la sencillez radical que había abrazado en los primeros tiempos de la fraternidad franciscana, cuando la Orden todavía no era Orden sino un grupo de hombres que seguían a Francisco sin saber muy bien adónde iban.
El Martirologio lo describe con una precisión que captura lo esencial: mostró una fe intrépida y una gran simplicidad en sus peregrinaciones. No es el compañero que escribe ni el que predica ni el que organiza. Es el que camina, el que trabaja, el que permanece fiel al primer impulso cuando todo lo demás se ha vuelto más complicado. Murió en Perusa en 1262, cuarenta años después de la muerte de Francisco, habiendo visto la Orden transformarse en una institución que ya no se parecía mucho al grupo de los primeros días. Siguió siendo Egidio de todas formas.