Tiempo de Pascua
21 ABRIL

Santoral Católico del 21 de Abril

"La fe busca comprender: no para creer más, sino para ver mejor lo que ya cree."

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El santoral católico del 21 de abril reúne al teólogo más agudo del siglo XI, al filósofo que defendió la fe ante el Senado romano, al portero campesino que abrió una puerta durante cuarenta años y al sacerdote mexicano ejecutado en 1927. Lo que estas vidas tienen en común no es el estilo ni la formación ni la visibilidad. Es que cada uno de ellos hizo lo que le correspondía hacer con la totalidad de lo que era, sin reservarse nada para cuando las circunstancias fueran más favorables. Anselmo escribió en el destierro. Apolonio argumentó ante sus jueces. Conrado abrió la puerta el día en que no tenía ganas igual que el día en que sí las tenía. Román Adame dijo misa cuando decirla era un delito. El calendario cristiano registra esas vidas juntas porque sabe que todas ellas dicen lo mismo, aunque lo digan de maneras que no se parecen en nada.

San Anselmo de Canterbury

Anselmo nació en Aosta hacia 1033, en una familia noble del norte de Italia, y a los veintisiete años cruzó los Alpes para instalarse en el monasterio de Bec, en Normandía, atraído por la reputación de Lanfranco, el maestro que dirigía su escuela. Lo que encontró allí no fue solo un maestro sino una forma de vida que lo absorbió por completo. Cuando Lanfranco se marchó a Caen, Anselmo fue elegido prior, y cuando el fundador murió, abad. Pasó más de treinta años en Bec, enseñando, escribiendo y formando a una generación de monjes que llevarían su influencia por toda Europa.

Lo que Anselmo hizo en Bec no era solo dirección espiritual. Era teología en el sentido más exigente: un intento sistemático de comprender desde la razón lo que la fe propone. Su fórmula, fides quaerens intellectum, la fe que busca comprender, no es un eslogan sino un programa filosófico que atraviesa toda su obra. En el Monologion y el Proslogion desarrolló lo que la tradición filosófica posterior llamaría el argumento ontológico para la existencia de Dios: si Dios es aquello mayor que lo cual nada puede pensarse, entonces existe necesariamente, porque la existencia solo en el pensamiento sería menor que la existencia en la realidad. El argumento ha sido debatido, refutado y rehabilitado durante nueve siglos, lo que ya dice algo sobre su fecundidad.

En 1093 fue nombrado arzobispo de Canterbury, cargo que no buscaba y que aceptó con resistencia documentada: lloró durante la ceremonia, según las crónicas, no por emoción sino por lo que sabía que venía. Lo que vino fueron dos destierros. El primero, bajo el rey Guillermo II el Rojo, por defender la primacía de la autoridad papal sobre los nombramientos eclesiásticos en el contexto de la querella de las investiduras. El segundo, bajo Enrique I, por la misma causa. Anselmo pasó años en el continente, en Roma y en Lyon, sin rendirse y sin romper la comunión con ninguna de las partes en conflicto, buscando una salida que finalmente llegó en 1107, dos años antes de su muerte, con un acuerdo que sentó las bases de la distinción entre investidura espiritual e investidura temporal.

Murió en 1109, en Canterbury, rodeado de sus monjes. Fue declarado Doctor de la Iglesia en 1720. Lo que su figura dice a la modernidad no es obvio pero es real: Anselmo no separó la inteligencia de la fe ni la fe de la política eclesiástica ni ninguna de las dos de la vida monástica que fue siempre su centro. En una época que tiende a compartimentar, su vida entera es un argumento contra esa tendencia.

Apolonio el filósofo: la fe defendida en el Senado romano

San Apolonio murió en Roma hacia el año 185, durante el reinado de Cómodo, en circunstancias que Eusebio de Cesarea describió con más detalle que la mayoría de los martirios del siglo II. Era un hombre de formación filosófica reconocida, posiblemente de familia senatorial, y su caso llegó ante el prefecto Perenio y ante el propio Senado por denuncia de un esclavo que lo había identificado como cristiano.

Lo que hizo Apolonio ante ese tribunal fue inusual: no se limitó a confesar su fe sino que la defendió con una argumentación filosófica extensa. Su discurso, del que Eusebio conserva resúmenes, comparaba el cristianismo con las grandes tradiciones filosóficas de la antigüedad, señalaba las contradicciones internas del politeísmo romano y argumentaba que la vida cristiana era más coherente con la razón que las alternativas que el Imperio ofrecía. El Senado lo escuchó y lo condenó a muerte de todas formas: la ley en ese momento no permitía absolver a quien había sido denunciado como cristiano, aunque el denunciante fue también ejecutado por haber hecho la denuncia.

La figura de Apolonio conecta directamente con la de Anselmo: los dos son defensores de la racionalidad de la fe, separados por nueve siglos, en contextos radicalmente distintos. Que el Martirologio los sitúe en el mismo día no es una coincidencia administrada, pero tiene su lógica interna. La fe que busca comprender y la fe que se defiende con argumentos ante el poder son dos expresiones de la misma convicción: que la verdad cristiana no teme el escrutinio de la razón.

Conrado de Parzham: cuarenta años en la puerta del convento

San Conrado de Parzham nació en 1818 en una familia campesina bávara, ingresó en los capuchinos como hermano lego y fue destinado al convento de Altötting, el gran santuario mariano de Baviera, donde ejerció el oficio de portero durante cuarenta y un años, hasta su muerte en 1891.

El oficio de portero en un convento de peregrinación no es una tarea menor. Altötting recibía cada año decenas de miles de peregrinos, mendigos, enfermos y personas de toda condición que llamaban a la puerta del convento buscando comida, ayuda o simplemente alguien que les escuchara. Conrado era ese alguien durante cuatro décadas. El Martirologio anota que nunca dejaba marchar a un menesteroso sin haberle ofrecido una ayuda cristiana con sus amables palabras, frase que en su aparente sencillez describe una práctica sostenida durante miles de días.

No hay en la historia de Conrado de Parzham nada que la cultura contemporánea reconozca como grandeza: no escribió, no fundó, no viajó, no ocupó ninguna posición de influencia. Abrió y cerró una puerta durante cuarenta años, y lo hizo de una manera que sus contemporáneos reconocieron como algo distinto de la mera rutina. Fue beatificado en 1930 y canonizado en 1934 por Pío XI, que veía en él un modelo de santidad laical accesible a cualquier estado de vida.

En el mismo día en que se recuerda a Anselmo, uno de los intelectos más agudos de la historia de la Iglesia, el Martirologio sitúa a un portero campesino sin formación académica. La yuxtaposición no es irónica sino teológicamente precisa: la santidad no tiene un nivel de entrada intelectual.

Román Adame y los mártires mexicanos: la Cristiada continúa

San Román Adame fue sacerdote en el estado de Jalisco durante la persecución religiosa de la Cristiada, el mismo conflicto que ha poblado el santoral de este mes de abril con varios mártires mexicanos. Murió en Nochistlán en 1927, ejecutado por confesar a Cristo Rey, la expresión que concentraba la resistencia católica frente a las leyes Calles.

El Martirologio lo menciona con la misma sobriedad con que registra a los demás mártires de aquel período: un nombre, un lugar, una fecha, una causa. Esa sobriedad no es indiferencia sino respeto: la historia de estos sacerdotes mexicanos que siguieron ejerciendo el ministerio en la clandestinidad hasta ser detenidos y ejecutados no necesita adornos para ser lo que es.

Román Adame fue beatificado en 1992 y canonizado en el año 2000 junto a otros veinticuatro mártires mexicanos. Su figura cierra el santoral de este 21 de abril recordando que la persecución religiosa no es solo un fenómeno de la antigüedad cristiana sino una realidad que el siglo XX produjo en proporciones que todavía no han sido completamente asimiladas por la memoria colectiva de la Iglesia.

Todos los santos del 21 de Abril

  • San Anselmo de Canterbury
  • San Apolonio filósofo y mártir
  • San Aristo de Alejandría
  • San Anastasio del Sinaí
  • San Maelrubo de Applecroos
  • Beato Juan Saziari
  • Beato Bartolomé Cerveri
  • San Conrado de Parzham
  • San Román Adame