Era canónigo, heredero y doctor en teología. Lo tenía todo para una carrera eclesiástica brillante. Lo abandonó todo, incluida su fortuna, para enseñar a leer a los hijos de los artesanos. Y cambió la historia de la educación.
San Juan Bautista de La Salle Reims (Francia), 30 de abril de 1651 — Ruan (Francia), 7 de abril de 1719 Sacerdote, pedagogo y fundador Festividad: 7 de abril
El santoral católico del 7 de abril recuerda a un hombre que, a primera vista, no tenía ningún motivo para revolucionar la historia de la educación. Juan Bautista de La Salle era canónigo de la catedral de Reims, doctor en teología por la Sorbona, primogénito de una familia acomodada de juristas. El camino que tenía trazado era el de una vida eclesiástica cómoda y distinguida, respetada por todos. Sin embargo, a sus treinta años, comenzó a desprenderse metódicamente de todo: primero la canonjía, después la herencia, después la casa, después el rango. Al final de su vida, extenuado por las austeridades y los pleitos, murió en una habitación austera de Saint-Yon, cerca de Ruan, el mismo Viernes Santo de 1719. Sus últimas palabras, transmitidas por quienes lo acompañaban, fueron: «Adoro en todo la voluntad de Dios para conmigo.»
Lo que hace singular a De La Salle no es únicamente su generosidad, que fue enorme, sino la naturaleza de lo que construyó. En un tiempo en que la educación de los pobres era, en el mejor de los casos, una obra de beneficencia improvisada, él concibió un sistema: escuelas organizadas, maestros formados, métodos pedagógicos escritos y transmisibles, enseñanza en lengua vernácula en lugar del latín, agrupación de los alumnos por niveles. Lo hizo sin el amparo de ninguna orden religiosa preexistente, enfrentándose a la oposición de los gremios de maestros, de algunas autoridades eclesiásticas y, ocasionalmente, de las civiles. Lo hizo, además, con la convicción de que educar a los más pobres no era filantropía sino apostolado.
Canonizado por León XIII en 1900 y declarado patrono universal de los educadores por Pío XII en 1950, su figura excede con mucho los límites de una devoción escolar. Es el retrato de alguien que tomó en serio la pregunta sobre qué hacer con los talentos recibidos, y respondió con una coherencia que le costó cuanto tenía.
Juan Bautista nació el 30 de abril de 1651 en Reims, ciudad coronaria y sede arzobispal, en el seno de una familia de juristas con suficiente posición como para garantizar a sus hijos las mejores opciones. Desde muy joven mostró inclinación hacia la vida sacerdotal, y su familia, pese a los planes del padre, terminó por apoyarlo. A los once años recibió la tonsura; a los quince fue nombrado canónigo de la propia catedral de Reims, ocupando el sitial que seis siglos atrás había pertenecido a san Bruno.
La muerte prematura de sus padres, primero la madre en 1671 y luego el padre en 1672, lo obligó a interrumpir sus estudios de teología para hacerse cargo de sus hermanos menores. Fueron cuatro años de vida doble: canónigo y cabeza de familia, alumno y tutor. Esta experiencia, que pudo haberlo encerrado en una existencia puramente administrativa, parece haber abierto en él algo distinto: la conciencia de lo que significa depender de otro para aprender a vivir.
Ordenado sacerdote el 9 de abril de 1678, obtuvo el doctorado en teología dos años después. Todo indicaba que su trayectoria sería la de un eclesiástico cultivado e influyente. Pero en 1679 se produjo el encuentro que torció ese camino: frente al convento de las Hermanas del Niño Jesús en Reims, conoció a Adrián Nyel, un maestro itinerante que buscaba apoyo para abrir escuelas gratuitas para los niños pobres de la ciudad.
De La Salle no buscaba fundar nada. Al principio se limitó a prestar ayuda puntual a Nyel, por encargo de una prima suya. Pero el contacto con aquellos maestros, hombres sin formación adecuada que intentaban enseñar lo que apenas sabían, lo fue comprometiendo de una manera que él mismo describió más tarde como algo que Dios había dispuesto sin que él lo previera ni lo buscara.
Lo que encontró en aquellas aulas improvisadas lo conmovió de modo decisivo. Los niños que las frecuentaban eran hijos de artesanos y jornaleros, criaturas que crecerían sin saber leer ni escribir, sin catecismo, sin más horizonte que el mismo taller donde habían nacido. Y los hombres encargados de enseñarles no tenían método, ni vocación clara, ni formación espiritual que sustentara su trabajo.
La respuesta de De La Salle fue gradual pero irreversible. Invitó a los maestros a vivir en su propia casa para formarlos mejor. Luego, para poder acompañarlos de cerca, él mismo se fue a vivir con ellos, abandonando la canonjía y el hogar familiar. En 1683 renunció formalmente a su puesto en el cabildo. Al año siguiente distribuyó la mitad de su herencia entre sus propios hermanos y donó el resto a los pobres durante una hambruna. El gesto no fue teatral: fue la consecuencia lógica de alguien que había comprendido que no podía pedir a sus maestros que vivieran de la pobreza si él conservaba sus rentas.
El 25 de mayo de 1684, en Reims, De La Salle y doce de sus maestros pronunciaron juntos los votos que daban nacimiento formal a la Congregación de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Era una institución sin precedentes en la Iglesia: un instituto religioso masculino, de carácter completamente laico, en el que no se admitían sacerdotes ni se permitía a ninguno de sus miembros acceder a la ordenación. La razón era pedagógica y eclesiológica a la vez: De La Salle quería que sus Hermanos fueran maestros por entero, sin las cargas y distinciones del estado clerical.
La novedad desconcertó a muchos. Las autoridades eclesiásticas miraron con recelo aquella forma de vida religiosa no encuadrada en los cánones tradicionales. Los gremios de maestros calígrafos y de escuelas menores vieron amenazados sus intereses económicos por unas escuelas que enseñaban gratis a todos, sin verificar si las familias podían pagar. Hubo pleitos, acusaciones falsas, documentos fraguados que pretendían vincular a De La Salle con el jansenismo. Algunas de sus escuelas fueron clausuradas temporalmente.
Nada de esto detuvo el crecimiento. En 1688 abrió las primeras escuelas en París. Fundó lo que muchos consideran la primera escuela normal de Europa, destinada a la formación de maestros laicos. Abrió centros para jóvenes con condenas judiciales, escuelas técnicas, clases dominicales para trabajadores. Cuando murió, en 1719, funcionaban cuarenta y dos escuelas en veintidós localidades de Francia.
Entre los aportes pedagógicos de De La Salle, dos merecen ser comprendidos en su contexto para calibrar su alcance real. El primero: la enseñanza en grupo, con todos los alumnos en el aula al mismo tiempo, ordenados por niveles de conocimiento. En su época, la instrucción se impartía individualmente: el maestro atendía a un niño mientras los demás esperaban. La clase como la conocemos hoy no existía. De La Salle la inventó, o la sistematizó por primera vez, y dejó por escrito en su Guía de las Escuelas Cristianas el método completo, incluyendo la gestión del tiempo, el orden en el aula y la forma de corregir a los alumnos.
El segundo: enseñar a leer en francés, no en latín. En el siglo XVII, la instrucción elemental comenzaba por el latín, lengua que los niños pobres nunca usarían y que convertía el aprendizaje en un ejercicio de memorización sin comprensión. De La Salle decidió que la lengua del aula debía ser la lengua de la vida. La decisión parece obvia desde hoy; en su tiempo fue una ruptura.
A estas innovaciones añadió otras: la cortesía entendida como forma de caridad, recogida en sus Reglas de Urbanidad Cristiana; las meditaciones espirituales para maestros, que constituyen una teología propia del ministerio educativo; y una pedagogía del ejemplo que insistía en que el maestro no solo transmite conocimientos sino que encarna, con su presencia, una manera de ser en el mundo.
Los años finales de De La Salle no fueron serenos. Enfrentó disensiones internas en la congregación que él había fundado, intentos de algunos Hermanos de reformar las constituciones en una dirección que él consideraba equivocada, y una salud cada vez más deteriorada por décadas de austeridades. En 1717 renunció al gobierno de la congregación, que quedó en manos de sus Hermanos. Se retiró a Saint-Yon, en las afueras de Ruan, donde pasó los dos últimos años de su vida en oración y penitencia.
Murió el 7 de abril de 1719, Viernes Santo. Tenía sesenta y siete años. Fue enterrado en una capilla de San Severo de Ruan, y sus restos recorrieron, en los siglos siguientes, un largo peregrinaje entre Francia, Bélgica y Roma, en parte por causa de las persecuciones anticlericales que asolaron su país. Hoy descansan en la Casa Madre de la Congregación Lasaliana en Roma.
Vivimos en un tiempo que habla mucho de educación y piensa poco en los educadores. Los sistemas educativos modernos se preocupan por los contenidos, los métodos, las evaluaciones y las brechas de rendimiento. Rara vez se preguntan qué clase de persona debe ser quien enseña, o qué relación existe entre la vida moral del maestro y la calidad de su magisterio. De La Salle partía del supuesto contrario: un maestro que no ora, que no examina su conciencia, que no ordena su vida, no puede transmitir más que técnicas. Y las técnicas solas no forman personas.
Hay también en su figura una corrección silenciosa a la manera en que la modernidad concibe la vocación. Hoy se habla de «pasión por la enseñanza», de «motivación intrínseca», de «realización personal» a través del trabajo educativo. De La Salle no habría negado que la enseñanza puede ser fuente de alegría, pero habría rechazado que esa alegría fuera el fundamento de la vocación. Para él, el maestro enseñaba porque los niños pobres necesitaban ser educados, y porque Dios lo pedía. En los días en que la clase no va bien, en que los alumnos no responden, en que la fatiga es mayor que el entusiasmo, esa diferencia de fundamento es la que separa al que persevera del que abandona.
Finalmente, su gesto de desprendimiento material merece ser leído sin romantizarlo. No regaló sus bienes por impulso generoso ni por deseo de notoriedad. Lo hizo porque comprendió que la credibilidad de lo que enseñaba exigía coherencia en quien lo enseñaba. Era imposible pedir a sus Hermanos que vivieran de la pobreza para poder enseñar gratis a los pobres si él conservaba sus rentas. La lógica es evangélica en su raíz: lo que se predica, se vive primero.
La vocación se descubre sirviéndola, no esperándola. De La Salle no recibió una iluminación súbita que le revelara su misión. Fue dando pasos concretos, comprometiéndose con una realidad que le resultaba incómoda, y descubriendo en ese proceso que Dios le pedía más de lo que había previsto. Para quien busca discernir su propio camino, su ejemplo sugiere que la claridad vocacional suele llegar en movimiento, no en la espera.
Educar es un acto espiritual antes que un acto técnico. De La Salle escribió manuales pedagógicos extraordinariamente prácticos y, al mismo tiempo, meditaciones espirituales para maestros. Para él, ambas cosas formaban un todo indivisible. En una cultura que tiende a reducir la educación a competencias medibles y resultados cuantificables, su insistencia en que el maestro forma personas y no solo las instruye sigue siendo una corrección necesaria. Quien enseña, transmite algo de sí mismo, quiera o no.
El desprendimiento no es un consejo para religiosos sino una condición para ser libre. La renuncia gradual de De La Salle a su canonjía, su herencia y su posición no fue una excentricidad ascética. Fue la condición que le permitió actuar con plena libertad, sin intereses que proteger ni privilegios que defender. Para el cristiano que vive en el mundo ordinario, la pregunta que su vida plantea no es si debe hacerse pobre, sino qué cosas posee en realidad, y cuáles de ellas lo poseen a él.
San Juan Bautista de La Salle, tú que supiste ver en el rostro de los niños pobres de Reims el rostro del mismo Cristo, enséñanos a mirar con tus ojos. Pídenos la valentía de ir desprendiendo lo que nos pesa y nos ata, para poder servir con las manos libres. Intercede por todos los que enseñan, para que no olviden que su trabajo es un ministerio y no una profesión entre otras, y para que en los días de cansancio encuentren en la oración lo que la vocación sola no siempre basta para sostener. Obtennos la gracia de creer que educar es, también, una manera de anunciar el Evangelio. Amén.
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