"El destierro por defender lo justo es también un camino hacia Dios — aunque uno no lo elija."
El 3 de abril abre con uno de los primeros papas de la historia: San Sixto I, el sexto sucesor de Pedro, que gobernó la Iglesia durante el reinado del emperador Adriano, en la primera mitad del siglo II.
De Sixto I sabemos poco — como de la mayoría de los papas de los dos primeros siglos, la documentación es escasa y a veces contradictoria. Lo que la tradición le atribuye son decisiones litúrgicas que dan forma al culto: restringir el manejo de los vasos sagrados a los sacerdotes, exigir cartas apostólicas a los obispos que se presentaban a Roma, e introducir el Sanctus en la Misa. Si las atribuciones son exactas, Sixto I fue uno de los primeros ordenadores de la liturgia eucarística — alguien que entendió que la fe necesita formas estables para transmitirse.
Gobernó la Iglesia en un tiempo en que ser cristiano en Roma era todavía peligroso, aunque Adriano fue relativamente tolerante comparado con sus predecesores. Murió hacia el año 128. El Martirologio lo incluye entre los mártires, aunque los historiadores modernos lo ponen en duda.
El 3 de abril tiene uno de los martirios más singulares del santoral. San Ulpiano era un adolescente de Tiro, en Fenicia, que fue ejecutado en el año 306 durante la persecución de Maximino Daza con un método que los verdugos debieron considerar especialmente inventivo: lo encerraron en un odre de cuero junto con un áspid y un perro, y lo sumergieron en el mar.
El Martirologio lo narra con la misma sequedad que narra todos los martirios. No hay dramatismo añadido — el hecho ya lo tiene. Lo que vale la pena señalar es la edad: aún adolescente, dice el texto. Dieciséis, diecisiete años. En la persecución de Diocleciano y Maximino murieron muchos jóvenes que habían recibido una fe que alguien se había tomado la molestia de transmitirles. El resultado de esa transmisión se comprobó precisamente cuando llegó el momento de pagarla.
San José Himnógrafo es uno de los grandes poetas litúrgicos de la Iglesia oriental y uno de los menos conocidos en Occidente. Monje del siglo IX, vivió los años más duros de la controversia iconoclasta — la persecución imperial contra quienes defendían las imágenes sagradas.
Fue enviado a Roma a pedir la protección de la Sede Apostólica para los perseguidos — un viaje que terminó con su captura por los piratas árabes y años de esclavitud. Liberado, volvió a Constantinopla y siguió componiendo himnos. Se le atribuyen más de mil cánticos litúrgicos que la Iglesia oriental sigue cantando hoy, mil doscientos años después. Recibió finalmente la custodia de los vasos sagrados de Santa Sofía — el puesto más alto al que podía aspirar un monje sin ser obispo.
Su historia combina el sufrimiento, la fidelidad y la belleza de una forma que resulta difícil de separar. Como si los años de esclavitud y la persecución hubieran afinado algo en él que después se expresó en canto.
San Ricardo de Chichester nació hacia 1197 en Worcestershire, en una familia que pasó momentos económicos difíciles. Estudió en Oxford y París, rechazó ofertas de matrimonio ventajoso y de cargos lucrativos, y terminó siendo elegido obispo de Chichester en 1244 — una elección que el rey Enrique III se negó a reconocer porque había propuesto a otro candidato.
Durante dos años Ricardo fue obispo sin sede — literalmente, sin palacio, sin rentas, sin residencia fija. Vivió de la hospitalidad del clero de su diócesis y siguió ejerciendo su ministerio sin los recursos materiales que se suponía necesarios. Cuando el Papa presionó al rey y este cedió, Ricardo volvió a su diócesis y comenzó a reparar el daño que la disputa había causado.
Lo que lo caracterizó durante el resto de su episcopado fue la misma sencillez que había practicado por necesidad: generosidad con los pobres, austeridad personal, atención directa a su clero. Murió en 1253. Fue canonizado en 1262, nueve años después de su muerte — una velocidad inusual para la época, que refleja la fuerza de la devoción que había generado.
San Luis Scrosoppi, sacerdote de la Congregación del Oratorio en Udine, dedicó su vida a un problema específico y concreto del siglo XIX: la educación de las jóvenes pobres en una ciudad que crecía y en la que esas jóvenes no tenían acceso a ninguna formación seria.
Fundó la Congregación de Hermanas de la Divina Providencia para dar estructura permanente a esa obra. No inventó nada radicalmente nuevo — siguió el modelo que Luisa de Marillac, Teresa de Calcuta antes que ella, y docenas de fundadoras habían usado: congregar mujeres con vocación de servicio, darles una forma de vida, y apuntar hacia un problema real. Murió en 1884. Juan Pablo II lo canonizó en 2001.
Cerrando el día, el Beato Pedro Eduardo Dankowski, sacerdote polaco detenido por los nazis cuando ocuparon Polonia y torturado hasta la muerte en Auschwitz en 1942.
El Martirologio dice que fue detenido por su confesión cristiana — una formulación que en el contexto de Auschwitz tiene un peso específico. No todos los sacerdotes fueron deportados por ser sacerdotes: muchos fueron arrestados por actividades concretas de resistencia o asistencia. Dankowski cayó por lo que era y por lo que hacía. Juan Pablo II lo beatificó en 1999, en la gran beatificación de los mártires polacos del siglo XX.