Evangelio del día

22 ABRIL
Miércoles de la III Semana de Pascua · Tiempo de Pascua
"Al que venga a mí no lo echaré afuera"
JUAN 6, 37

Hechos de los apóstoles 8, 1b-8

Aquel día, se desató una violenta persecución contra la Iglesia de Jerusalén; todos, menos los apóstoles, se dispersaron por Judea y Samaria.

Unos hombres piadosos enterraron a Esteban e hicieron gran duelo por él.

Saulo, por su parte, se ensañaba con la Iglesia; penetrando en las casas y arrastrando a la cárcel a hombres y mujeres.

Los que habían sido dispersados iban de un lugar a otra anunciando la Buena Nueva de la Palabra. Felipe bajó a la ciudad de Samaria y les predicaba a Cristo. El gentío unánimemente escuchaba con atención lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría.

Salmo 65, 1-3a. 4-5. 6-7a R/.

Aclamad al Señor, tierra entera

Aclamad al Señor, tierra entera;
tocad en honor de su nombre,
cantad himnos a su gloria.
Decid a Dios: «¡Qué terribles son tus obras!» R/.

Que se postre ante ti la tierra entera, que toquen en tu honor,
que toquen para tu nombre. Venid a ver las obras de Dios,
sus temibles proezas en favor de los hombres. R/.

Transformó el mar en tierra firme,
a pie atravesaron el río.
Alegrémonos con él,
que con su poder gobierna enteramente. R/.

Evangelio del día – Juan 6, 35-40

En aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:
«Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás; pero, como os he dicho, me habéis visto y no creéis.

Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré afuera, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado.

Ésta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día.

Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día».

Reflexión del evangelio del 22 de abril

«Al que venga a mí no lo echaré afuera.» Esta frase ha consolado a generaciones de creyentes que sentían no ser suficientemente buenos para acercarse, que cargaban con un pasado que los hacía sentir excluidos de antemano, que dudaban de si merecían la acogida. El texto no habla de mérito: habla de movimiento. El único requisito que aparece es venir. No llegar ya purificado, no llegar con la fe perfecta, no llegar habiendo resuelto las contradicciones interiores: venir.

La cultura contemporánea ha producido, paradójicamente, una forma de espiritualidad muy exigente con uno mismo: hay que estar en el lugar correcto interiormente para poder acercarse a lo sagrado, hay que haber trabajado suficientemente el propio crecimiento personal antes de merecer la presencia de Dios. El evangelio de Juan invierte esa lógica: la acogida no es el premio al trabajo previo sino el punto de partida desde el que el trabajo se hace posible. Se viene primero, y desde la acogida recibida se crece.

La tensión entre la voluntad del Padre que da al Hijo quienes han de venir y la libertad de cada uno que viene o no viene es una de las más fecundas de la teología cristiana, y este texto la plantea sin resolverla artificialmente. La tradición católica ha insistido en ambos polos: la gracia que precede y sostiene, y la libertad que acepta o rechaza. Ninguno de los dos se puede eliminar sin empobrecer el mensaje. El que viene, viene porque el Padre lo ha dado; y el que viene, viene libremente. Ambas afirmaciones son verdaderas al mismo tiempo, y la fe vive en esa tensión sin necesidad de resolverla.

¿Qué nos enseña el evangelio del 22 de abril?

La acogida de Cristo no tiene condiciones previas: solo pide que uno venga. La frase «no lo echaré afuera» está formulada para que nadie pueda invocar su propia indignidad como excusa para no acercarse. La tradición católica ha visto en este versículo el fundamento de la misericordia sacramental: quien se acerca a la confesión, a la Eucaristía, a la oración, no con mérito sino con necesidad, no es rechazado. La pregunta que el texto deja no es si uno merece acercarse, sino si está dispuesto a moverse hacia él.

La voluntad de Dios es que no se pierda ninguno. Esta afirmación tiene consecuencias para la manera de mirar a los que se han alejado, a los que han abandonado la fe, a los que viven situaciones que parecen de exclusión. La voluntad del Padre es que no pierda nada de lo que le fue dado, y esa voluntad no cesa por las decisiones humanas. No es una garantía de salvación automática, pero sí una razón para no dar a nadie por perdido, empezando por uno mismo.

La resurrección en el último día es el horizonte que da sentido al presente. Jesús repite dos veces en este texto que resucitará a los que creen en el último día. Esa promesa no es un consuelo para después: cambia el modo de vivir ahora. Quien espera ser resucitado vive de otra manera que quien cree que la muerte es el final. La esperanza cristiana no es optimismo sobre el futuro inmediato: es certeza sobre el destino último que libera para vivir el presente sin el peso del miedo definitivo.

Oración

Señor, que no echas afuera al que viene, que guardas lo que el Padre te ha dado sin perder nada: danos el valor de venir tal como estamos, sin esperar a estar mejor, sin pretender que no tenemos hambre. Que tu voluntad de no perdernos sea más fuerte que nuestra tendencia a alejarnos, y que la promesa del último día nos libere hoy para vivir sin miedo y volver siempre a ti. Amén.