"El que teme a Dios no teme a nada más."
El santoral católico del 8 de abril reúne vidas que tienen poco en común en la superficie: una profeta del Nuevo Testamento, un obispo erudito del siglo III, una paralítica francesa del XVIII, un franciscano tomado por loco. Lo que comparten es más difícil de nombrar que de reconocer: ninguno de ellos organizó su vida en torno a lo que los demás esperaban de él. Agabo habló cuando no se lo pedían. Dionisio escribió y resistió cuando lo más prudente habría sido callar. Julia Billiart construyó cuando todo a su alrededor se había derrumbado. Julián continuó cuando le decían que parase. El calendario cristiano tiene la costumbre de juntar en un mismo día vidas que solo se parecen en eso: en que no se detuvieron.
Julia Billiart nació en 1751 en Cuvilly, una aldea de Picardía, en el seno de una familia campesina. Desde niña mostró una inteligencia poco común y una inclinación religiosa que los vecinos notaban con respeto. A los treinta años, un trauma violento, probablemente el impacto del disparo de un arma dirigido contra su padre y presenciado por ella, la dejó paralítica. Durante más de veinte años vivió postrada, incapaz de caminar, dependiente de quienes la cuidaban.
La Revolución Francesa la encontró en ese estado. Tuvo que ser trasladada varias veces de escondite en escondite mientras los sacerdotes refrctarios buscaban cobijo y los conventos eran disueltos. No es un detalle menor: Julia Billiart, que no podía moverse por sus propios medios, fue una pieza activa en la red de apoyo a la Iglesia perseguida. Acogía sacerdotes, organizaba desde su lecho, mantenía la fe en su entorno cuando las estructuras institucionales habían sido arrasadas.
En 1804, en Amiens, recuperó repentinamente el uso de las piernas durante una novena. Tenía cincuenta y tres años. Lo que vino después no fue un retiro tranquilo sino el trabajo más intenso de su vida. Junto a Françoise Blin de Bourdon, una noble que había renunciado a su posición para acompañarla, fundó el Instituto de Nuestra Señora, dedicado a la educación de jóvenes, con especial atención a las pobres. El carisma era reconocible: instruir a las niñas que la revolución y sus secuelas habían dejado sin referentes, sin fe transmitida, sin formación.
No faltaron los conflictos. El vicario general de Amiens, Joseph Leblanc de Beaulieu, se convirtió en un adversario tenaz que llegó a prohibirle los sacramentos durante un tiempo. Julia obedeció sin amargura aparente y trasladó la casa madre a Namur, donde la congregación encontró terreno más favorable. Murió allí en 1816, habiendo extendido el Instituto a varias ciudades. Fue canonizada en 1969.
Su historia tiene una coherencia interior que no necesita adornos: una mujer que pasó décadas sin poder moverse y que, cuando pudo, no se detuvo. La parálisis no la había convertido en pasiva. La movilidad no la convirtió en impaciente.
El 8 de abril abre con la conmemoración de san Agabo, una figura menor en extensión pero no en significado. Los Hechos de los Apóstoles lo mencionan en dos momentos precisos. En el primero, anuncia una gran hambre que afectará a toda la tierra, lo que lleva a la comunidad de Antioquía a organizar una colecta para los hermanos de Judea. En el segundo, coge el cinturón de Pablo, se ata con él los pies y las manos, y declara que así lo atarán los judíos de Jerusalén y lo entregarán a los gentiles.
Agabo no es un teólogo ni un organizador. Es un profeta en el sentido técnico que Pablo reconoce en sus cartas: alguien que habla a la comunidad para edificarla, con un don que no es propiedad personal sino servicio. Su presencia en el Martirologio recuerda que la Iglesia primitiva tenía una pluralidad de ministerios que el tiempo fue reorganizando sin necesariamente abolir. Lo que Agabo representa sigue siendo reconocible: la voz que señala lo que viene, que incomoda precisamente porque no inventa sino que ve.
El mismo día el Martirologio recuerda a Herodión, Asíncrito y Flegón, tres nombres que Pablo saluda en el capítulo dieciséis de la Carta a los Romanos. Son sombras con nombre: no sabemos casi nada de ellos salvo que existieron, que formaban parte de la comunidad cristiana de Roma en el primer siglo, y que Pablo los consideró suficientemente importantes como para mencionarlos por su nombre en una carta destinada a ser leída en público. Eso, en sí mismo, es una forma de canonización.
Entre los santos del 8 de abril destaca, por su peso histórico, Dionisio de Alejandría, obispo de esa ciudad durante una de las épocas más turbulentas del siglo III. Discípulo de Orígenes, dirigió la escuela catequética alejandrina antes de ser elegido obispo, y su episcopado coincidió con las persecuciones de Decio y Valeriano y con la plaga antoniniana que diezmó el Imperio.
Sus cartas, de las que Eusebio conserva fragmentos extensos, son documentos de primera mano sobre cómo vivió la Iglesia de Alejandría aquellos años. Escribió sobre la Pascua, sobre el bautismo de los herejes, sobre el Apocalipsis, y lo hizo con una precisión teológica que le valió el título, poco frecuente en la antigüedad, de el Grande. Fue desterrado varias veces, compareció ante los magistrados imperiales y respondió con una calma que los propios funcionarios registraron con cierta perplejidad. Murió anciano, confesor de la fe sin haber llegado al martirio, lo que en su época no era una distinción menor.
Su figura conecta dos mundos que la modernidad tiende a separar: el del intelectual riguroso y el del pastor que acompaña a su comunidad en el miedo y la enfermedad. Para Dionisio no eran mundos distintos.
El beato Julián de San Agustín, conmemorado también este día, murió en Alcalá de Henares en 1606. Era franciscano descalzo y su vida fue, según todas las fuentes, una provocación constante al sentido común de sus contemporáneos. Su penitencia era considerada excesiva incluso en un contexto en que la mortificación era práctica habitual. Fue rechazado repetidas veces de la vida religiosa. Sus superiores dudaban. Los que lo rodeaban oscilaban entre la veneración y la sospecha.
El Martirologio anota que predicaba a Cristo más con el ejemplo que con palabras, y que fue tomado por loco. No es una crítica sino un dato. La tradición cristiana ha albergado siempre esta figura incómoda: el que lleva las cosas demasiado lejos, el que no sabe dosificar, el que resulta difícil de clasificar. Julián no encaja bien en la categoría del santo edificante y moderado. Encaja mejor en la de los que, vistos desde fuera, parecen haber perdido el juicio y que, vistos desde dentro de su propia lógica, son perfectamente coherentes.